La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
En tal caso, no eran esos hombres quienes lo habían matado. ¿Quién, pues? ¿Era posible que Johnny no estuviese muerto?
* * *
Discutí el futuro con Mellyora. Ella estaba recobrando su alegría; era como si hubiese escapado de un hechizo que había echado sobre ella Justin. Esta era la Mellyora que me había defendido en la feria. Su adoración por Justin la había tornado sumisa; ahora estaba recobrando su propia personalidad.
—Te ves como un dios benévolo que nos gobierna a todos —me dijo—. Nosotros, los demás, somos como reyes a quienes tú has puesto a cargo de nuestros reinos. Si no gobernamos como tú crees que deberíamos hacerlo, quieres hacerte cargo y gobernar por nosotros.
—¡Qué idea fantasiosa!
—No cuando lo piensas. Quisiste manejar la vida de Joe… la de Johnny… la de Carlyon…
Con una punzada de remordimiento pensé: "La tuya también, Mellyora. Aunque no lo sepas, también he gobernado tu vida."
Algún día debía decírselo, pues no estaría totalmente tranquila hasta que lo hiciese.
Decidí que debíamos mudarnos a la Casa Dower. Haggety y las Salt encontraron trabajo en otra parte. Tom Pengaster se casó por fin con Doll, y Daisy fue con nosotros a la Casa Dower. Los procuradores se hicieron cargo de la administración de la propiedad; los Polore y los Trelance se quedaron en sus cabañas y siguieron trabajando, mientras la señora Rolt permanecía en el Abbas como ama de llaves; Florrie Trelance venía de las cabañas para ayudarla.
El Abbas debía quedar amueblado, lo cual podía significar que, con cuidado, tal vez Carlyon, cuando fuese mayor de edad, pudiese vivir también allí. Parecía un arreglo temporal lo más satisfactorio posible. Cada día yo iba al Abbas para asegurarme de que todo se mantuviese en orden.
Carlyon estaba satisfecho con la Casa Dower; juntas Mellyora y yo le enseñábamos. Era un alumno dócil, aunque, brillante; con frecuencia lo veía mirar melancólicamente por una de las ventanas cuando brillaba el sol. Todos los sábados acompañaba a Joe en sus recorridas; esos eran sus días de fiesta.
Sólo habíamos tenido dos posibles inquilinos. A uno el Abbas le había parecido demasiado grande; el otro lo consideró fantasmal. Empecé a pensar que iba a quedar vacío, a la espera de nuestro regreso.
Siempre me había asombrado el modo en que muchos acontecimientos importantes me reventaban encima de pronto. Pensaba que debía haber alguna advertencia, alguna pequeña premonición. Pero casi nunca las hay.
Esa mañana me levanté un poco tarde, pues me había quedado dormida. Cuando me vestí y bajé a desayunar, hallé esperándome una carta de los agentes que se ocupaban de la casa. Esa tarde me enviarían un cliente; esperaban que las tres sería una hora conveniente.
Se lo dije a Mellyora durante el desayuno.
—Quién sabe qué pasará esta vez —comentó ella—. A veces pienso que jamás hallaremos un inquilino.
A las tres me encaminé hacia el Abbas, pensando cuan desdichada sería cuando no pudiera entrar y salir como quisiera. Pero tal vez nos hiciésemos amigas de los nuevos inquilinos. Tal vez recibiésemos invitaciones a cenar. Qué extraño… ir a cenar al Abbas como invitada. Sería como en aquella ocasión, cuando había ido al baile.
La señora Rolt no era dichosa; echaba tristemente de menos los antiguos días y, sin duda, todas las habladurías en torno a la mesa.
—No sé a dónde iremos a parar —solía decir cada vez que yo la veía—. Válgame, el Abbas es ahora un lugar triste y silencioso. Nunca vi nada parecido.
Yo sabía que ansiaba un inquilino, alguien a quien espiar, de quien murmurar.
Poco después de las tres alguien llamó a la puerta. Me quedé en la biblioteca mientras la señora Rolt iba a franquear la entrada al visitante. Me sentía melancólica; no quería que nadie viviera en el Abbas, y sin embargo sabía que alguien debía hacerlo.
Golpearon la puerta y apareció la señora Rolt con una expresión de asombro en la cara. Después oí una voz; la señora Rolt se apartó y yo creí estar soñando, porque era como un sueño… un largo sueño acariciado que se hacía realidad.
Kim venía hacia mí.
* * *
Aquellas fueron, creo, las semanas más felices de mi vida. Ahora es difícil dejar constancia exacta de lo que sucedió. Recuerdo que él me levantó en sus brazos; recuerdo su cara junto a la mía, sus ojos risueños.
—No les permití que mencionaran mi nombre. Quería sorprenderte.
Recuerdo a la señora Rolt de pie en el vano; su distante murmullo: " ¡Válgame!"
Kim no había cambiado mucho; así se lo dije. Me miró antes de responder.
—Tú sí. Yo solía decir que te estabas convirtiendo en una mujer muy fascinante. Ahora ya lo eres.
¿Cómo podré describir a Kim? Estaba alegre, lleno de bríos, burlón, bromista y con todo, al mismo tiempo, tierno. Tenía ingenio, mas nunca lo usaba para hacer daño a otros; creo que eso era lo que lo convertía en una persona muy especial. Se reía con la gente, nunca de ella. Hacía sentir a una que era importante para él… tan importante como lo era él para una. Quizá yo lo viese en un rosado resplandor porque estaba enamorada de él; tan pronto como volvió supe que estaba enamorada de él y que lo había estado ya desde esa noche en que él había salvado a Joe.
Me dijo que su padre había muerto; cuando se retiró como marino, ambos se habían establecido en Australia, donde compraron una granja. La habían comprado barata y obtuvieron dinero criando ganado; después, repentinamente, él había decidido que tenía dinero suficiente; la vendió por una cifra elevada y volvió a su país con una fortuna. ¿Qué opinaba yo de esa historia de triunfos?
Yo pensé que era maravilloso. Pensé que todo era maravilloso… la vida, todo… porque él había regresado.
Tanto hablamos, que el tiempo pasó volando. Le conté todo lo ocurrido desde su partida; cómo Mellyora y yo habíamos trabajado en el Abbas, cómo yo me había casado con
Johnny. Kim me tomó las manos y me miró con suma atención.
—¿Así que te casaste, Kerensa?
Le hablé de la desaparición de Johnny, del alejamiento de Justin al morir Judith, de cómo habían empezado tiempos difíciles para nosotros y por eso se alquilaba el Abbas.
—¡Cuántas cosas sucedieron aquí! —exclamó él—. ¡Y yo sin saberlo!
—Pero debes de haber pensado en nosotros. De lo contrario, no habrías querido volver.
—He pensado en ustedes continuamente. Con frecuencia decía: "Quién sabe lo que está pasando allá, en mi patria. Un día iré a ver…" Y allí estaba Kerensa casándose con Johnny, y Mellyora… Mellyora, como yo, nunca se casó. Debo ver a Mellyora. Y tu hijo, debo verlo. ¡Kerensa con un hijo! ¡Y lo llamaste Carlyon! Oh, recuerdo a la señorita Carlyon… Vaya, Kerensa, eso es propio de ti.
Lo llevé a la Casa Dower. Mellyora, que acababa de regresar de un paseo con Carlyon, miró a Kim con fijeza, como si fuese una visión. Luego, riendo —y casi llorando, creo— se echó en sus brazos.
Los observé. Se saludaban como amigos que eran. Pero ya mi amor por Kim empezaba a tomar posesión de mí. No me gustaba que su atención se apartase ni por un momento de mí.
* * *
Visitaba todos los días a abuelita Be porque algo me decía que no podría hacerlo durante mucho tiempo más. Solía sentarme allí, junto a su lecho; entonces ella me hablaba del pasado, que era lo que le encantaba hacer. Había ocasiones en que parecía perderse en el pasado, como quien vaga en una niebla; en otras solía estar lúcida y muy perspicaz. Un día me dijo: