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Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:

Jonas Tallent, emparentado con los célebres Cynster, es apuesto, rico y de buena familia, y se dedica a disfrutar de la vida. Juega a las cartas hasta el amanecer y coquetea con las damas más deseadas de la sociedad londinense. Cuando empieza a sentirse inquieto y aburrido por tanta frivolidad, se ve obligado a tomar las riendas de la hacienda familiar en el Devon rural. Una de sus primeras decisiones es contratar un nuevo encargado para la posada de su propiedad, pero descubre que hay poca gente dispuesta a vivir en un lugar tan pequeño y tranquilo.
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
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– Tengo que encontrar ese condenado tesoro. -No había nadie alrededor que pudiera oírla mascullar aquellas palabras mientras se ponía en pie y recogía su plato.

Se detuvo ante el fregadero y miró por la ventana el cálido atardecer. Era un día inusualmente caluroso, una soporífera tarde de verane de finales de octubre.

Grange era el lugar donde había más posibilidades de encontrar el tesoro de su familia. Em se había preguntado a menudo si no estaría enterrado en algún lugar apartado en Colyton Manor, pero la rima parecía bastante clara al respecto. De las casas de la zona, Grange era la que mejor encajaba con el verso de «la casa más alta», y no parecía que hubiera otra mansión que se ajustara a tal descripción.

Vislumbró en su mente una imagen de Grange. Caminó mentalmente a su alrededor, pensando en cómo se las arreglaría, en qué excusas inventaría, para lograr entrar en el sótano con la suficiente privacidad y con tiempo de sobra para llevar a cabo una búsqueda exhaustiva.

«Escondido en una caja que sólo un Colyton abriría.»

Ése era el último verso de la rima. Así que lo más probable era que cuando ella viera cualquier recipiente donde pudiera haber escondido un tesoro, lo reconocería de inmediato. Nunca había podido imaginar qué tipo de caja contendría dicho tesoro y hacía mucho tiempo que había dejado de intentarlo. Sólo sabía que la reconocería en cuanto la viera. No podía esperar otra cosa.

Pero antes tenía que colarse en el sótano de Grange. La puerta que conducía a él estaba en la cocina, así que tenía que idear una excusa convincente con la que persuadir a Mortimer para que la dejara estar allí abajo sola durante una hora más o menos.

No se le ocurría nada, pero pensar en el mayordomo trajo algo a su memoria, algo que él había mencionado.

La joven centró la atención en el patio al otro lado de la ventana, y en el trozo de bosque que podía verse más allá. Con el calor que hacía ese día, el personal de Grange intentaría permanecer todo el tiempo posible dentro de la casa, por lo que no era probable que la vieran buscando en los edificios anexos, como por ejemplo la despensa, que según Mortimer estaba conectada al sótano mediante un túnel subterráneo.

En la posada todo estaba tranquilo.

Em se escabulló tras decirle a Edgar que se iba a dar un paseo y que regresaría al cabo de unas horas. Caminó a paso vivo por el sendero que atravesaba el bosque y que conducía a la parte trasera de Grange.

El bosque terminaba justo en el claro donde estaban situados Grange y sus edificios anexos. La joven se detuvo en el límite forestal. Escudriñó el patio trasero desde las sombras de los árboles. Todo estaba como había previsto; fuera de la casa reinaba el silencio, y el calor opresivo hacía que todo el mundo permaneciera dentro.

El camino conducía, a través del huerto, hasta la puerta trasera. Y más allá del huerto, estaban los establos. Em observó y escuchó atentamente, pero por más que aguzó el oído no pudo distinguir si había mozos de cuadra o no en alguna parte de la enorme estructura.

A la izquierda, colindando con la casa, había un pequeño edificio que parecía el lavadero. Algo más alejado de la casa, pero más cerca de donde Em estaba, había otro pequeño edificio cuadrado que compartía un muro de piedra con el lavadero, pero que tenía su propia puerta de madera y dos ventanas con contraventanas, una de ellas situada en el muro de piedra al lado de la puerta.

Ese pequeño edificio cuadrado tenía que ser la despensa.

Para llegar hasta la puerta, podría seguir la línea de los árboles durante un rato, pero en el último tramo tendría que atravesar un espacio abierto, por lo que sería claramente visible desde la casa.

Sopesó el riesgo durante un segundo antes de que su parte Colyton lo descartara como si tal cosa. Estaba preparada para correr cualquier riesgo en su búsqueda del tesoro.

Al menos debía agradecer que, por pura casualidad, esa mañana se hubiera puesto un vestido verde oscuro. Respiró hondo, y luego echó a andar con paso seguro, como si supiera con exactitud a dónde se dirigía y tuviera todo el derecho del mundo a estar allí. Caminó a paso vivo, rodeando el borde del bosque, luego atajó por el último tramo abierto. Al llegar a la puerta de la despensa, asió el picaporte, lo accionó, y literalmente le dio las gracias a Dios cuando se abrió con suavidad. Abrió la puerta de un empujón y se coló dentro con rapidez. Un vistazo a su alrededor bastó para comprobar que no había ninguna criada o lacayo allí dentro; se volvió con rapidez y cerró la puerta en silencio, luego esperó a que los ojos se le acostumbraran a la penumbra.

Por las contraventanas se filtraba un poco de luz, la suficiente como para poder ver lo que había a su alrededor. Debido a los gruesos muros de piedra hacía fresco dentro de la despensa. Después del calor que hacía fuera, Em se estremeció y se frotó los brazos.

Poco a poco sus sentidos se acostumbraron a la oscuridad. La joven examinó la estancia. Había barriles de cerveza y diversos productos alimenticios que al parecer habían preferido almacenar allí dentro que en la profunda, húmeda y fría oscuridad del sótano. El cuarto estaba bien organizado, con ordenadas hileras de sacos con diversos alimentos, situadas perpendicularmente a la puerta. Había estantes en todas las paredes y más sacos de suministros amontonados en el suelo de piedra.

Por lo que podía ver, en las paredes no había ninguna entrada a un túnel que condujera a la casa, y no había otra puerta salvo aquella por la que había entrado. Dado que el suelo de la despensa estaba a un nivel más alto que el sótano, entonces la entrada del túnel tendría que estar en el suelo, lo que sugería la existencia de una trampilla.

Se detuvo un momento para planificar la búsqueda, luego se movió, avanzando lentamente por los pasillos que había entre las hileras de sacos apilados, escrutando las viejas losas y prestando especial atención al mortero que había entre ellas. Mortimer no había sugerido que en la actualidad se estuvieran utilizando los túneles que conducían al sótano; Em incluso dudaba de que estuvieran en uso, pero si era así, lo más probable era que fueran usados en invierno, cuando las pesadas nevadas harían más difícil el acceso a la despensa desde la cocina.

Dado que estaban en otoño, lo más probable es que nadie hubiera abierto la trampilla en nueve meses o más. Sin embargo, debería de haber alguna señal de desgaste alrededor de las losas, alguna irregularidad o marca provocada por el uso prolongado.

Pero de ser así, ella no lo veía. Llegó de nuevo hasta la puerta y respiró hondo. Entonces, negándose a sentirse desanimada sólo porque no había resultado fácil, se dirigió a la primera hilera de sacos y comenzó a apartarlos a un lado para examinar el suelo debajo de ellos.

Estaba inclinada sobre uno de los sacos de comida, rastreando con un dedo la juntura de una losa, cuando se abrió la puerta.

Alarmada, se enderezó y se dio la vuelta con tanta rapidez que trastabilló y tuvo que agitar los brazos para no caer sobre los sacos.

Cuando recuperó el equilibrio, con el corazón acelerado, se encontró mirando directamente a los ojos oscuros de Jonas. Observó que la diversión brillaba en aquellas oscuras profundidades y que sus labios se curvaban en una sonrisa mientras atravesaba el umbral y cerraba la puerta.

Sin dejar de mirarla, a no más de un metro de distancia en aquel pequeño y estrecho espacio, Jonas se apoyó contra la puerta y arqueó una ceja.

– ¿Qué estás buscando?

– Er… -Em parpadeó, intentando pensar en alguna excusa que él pudiera creer con facilidad-. Er… Ah… -Respiró hondo y alzó la barbilla-. Como ya sabes, estoy interesada en las casas antiguas, y Mortimer me dijo que existían túneles que conectaban los establos y la despensa con el sótano. Pasaba por aquí… -echó un vistazo a los sacos que había apartado a un lado- y no pude evitar echar una ojeada para ver qué tipo de túneles eran o qué clase de puertas tenían. -Se encogió de hombros y le sostuvo la mirada-. Ya sabes, ese tipo de cosas.

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