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Enfriar El Miedo

Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:

Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
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– Sí, ahora estoy bien. Ha funcionado. La energía de todos los que estaban dispuestos a cruzar ha bastado para sacar a ese demonio del recipiente que lo contenía y para que atravesara el tiempo gris, hasta el otro lado. Ya nunca podrá hacerle daño a nadie.

Quentin miró a Diana.

– Una ley fundamental de la física. La energía no se destruye, sólo se transforma.

– Sí, todo es cuestión de física -dijo Missy solemnemente.

Diana sintió de nuevo ganas de reír. Pero dijo:

– ¿Os dais cuenta de que, cuando salga el sol, voy a creer que todo esto lo he soñado?

Missy miró sus manos unidas y sonrió de nuevo.

– No creo. Me parece que, a partir de ahora, no te costará ningún esfuerzo distinguir lo real de lo que no lo es. -Pasó junto a ellos y abrió la puerta verde. Hubo un instante extrañamente borroso y luego pudieron ver allí dentro lo que parecía ser un dormitorio bonito y anticuado.

– Missy…

Ella miró a Quentin.

– Gracias. Por preocuparte y seguir volviendo todos estos años. Eso me dio fuerzas para hacer lo que tenía que hacer. Y no fue culpa tuya, ¿sabes? Nunca fue culpa tuya. Algo tan antiguo… tan malvado… Tú no podías saberlo, y no podrías haberlo impedido. Y algunas cosas están destinadas a suceder como suceden.

Diana le habría dicho adiós, quería hacerlo, pero Missy le quitó la ocasión al sonreírles dulcemente y entrar en la linda habitación. Y cerrar la puerta a su espalda.

Quentin y Diana se miraron y apenas tuvieron un instante para recobrarse antes de que Nate doblara corriendo la esquina, pistola en mano.

– Dios mío -exclamó el policía-, ¿estáis bien? Cullen dice que esa tal Kincaid se volvió loca e intentó matarle. Está sangrando como un cerdo. ¿Dónde está ella?

Diana vaciló; luego alargó la mano y abrió lentamente la puerta. Dentro, vieron las estanterías ordenadas de un armario ropero, llenas hasta los topes de sábanas y toallas. Y en medio del cuartito, junto a un carro de ropa vacío, yacía el cuerpo extendido de Virginia Kincaid, con el cuchillo ensangrentado aún en la mano.

Nate entró con cautela y apartó el cuchillo de un puntapié antes de inclinarse para tomarle el pulso.

– Todavía está viva -dijo.

– Respira, en todo caso -murmuró Quentin.

– Los médicos dicen que sufrió una hemorragia cerebral -les dijo Nate mucho después, esa mañana-. Está en coma y no saben si saldrá de él.

– Tengo la sensación de que no -dijo Diana. También tenía la sensación de que el espíritu de Virginia Kincaid había ido erosionándose con los años, y de que la liberación final había sido justamente eso: la liberación de la maldad y de un infierno implacable.

Nate permanecía ajeno a aquellas insinuaciones soterradas, o simulaba estarlo.

– Cullen Ruppe está fuera de peligro gracias a que consiguieron detener la hemorragia -añadió-. Asegura no saber por qué Kincaid fue de pronto tras él. Si queréis saber mi opinión, esa mujer se volvió loca, simplemente. Creo que el aire de este sitio tiene algo nocivo.

– Ya no -repuso Quentin.

El policía los miró, sentados uno junto al otro en el sofá, delante de su silla.

– Estáis muy frescos, teniendo en cuenta que la noche ha sido muy larga y que no habéis pegado ojo.

– Hemos tomado mucho café -contestó Diana.

Nate se puso a mascullar.

– Yo he tomado montones de café y aun así estoy hecho polvo. Parece mentira que sea sábado, con todo lo que tengo que hacer. Dado que esa tal Kincaid os confesó que mató a Ellie… Los registros de su teléfono móvil demuestran, por cierto, que Ellie llamó a un número de fuera del estado perteneciente a un huésped que se alojó aquí hace un par de meses, y el forense ha confirmado que estaba embarazada… ¿Qué estaba diciendo?

– Dado que la señora Kincaid confesó -dijo Quentin.

– Ah, sí. Dado que confesó, eso resuelve el asesinato. El equipo de espeleólogos del que me hablaste va a venir a inspeccionar las cuevas, pero seguramente no llegará hasta la semana que viene. Mientras tanto, el equipo de antropología forense llegará mañana a primera hora, y durante una temporada voy a dejar a alguien de guardia en el cuarto de arreos veinticuatro horas al día, siete días a la semana. El equipo le echará también un vistazo al esqueleto que encontramos en el jardín, aunque el análisis del ADN ha confirmado que son los restos de Jeremy Grant. Gracias por acelerar las cosas, por cierto.

– No hay de qué -dijo Quentin-. Alguien me debía un favor.

– Pues debía de ser un favor muy gordo. En los laboratorios del estado, pueden tardarse meses en conseguir los resultados de un análisis de ADN.

Sin responder a aquello, Quentin se limitó a decir:

– ¿La madre del chico ya ha sido informada?

– Sí. Por fin ha podido ponerle un final a esta historia.

– A veces -dijo Quentin-, eso es lo que necesitamos para ser capaces de dejar algo atrás. Y de mirar hacia delante en vez de hacia el pasado.

– ¿El fin de una obsesión? -preguntó Nate con curiosidad.

– Podría decirse así.

Stephanie entró en la habitación en ese instante.

– Todavía no puedo creer que mi gobernanta fuera una asesina -dijo-. Aunque en parte sí puedo creerlo, lo cual da miedo. -Ella también tenía los ojos brillantes, a pesar de haber pasado la noche en vela.

– Considérala enferma -sugirió Diana-. Muy, muy enferma.

– Enferma con furor asesino, sí. -Stephanie se estremeció-. Quiero contratar otra gobernanta. Enseguida.

Quentin la miró.

– ¿Una que no anote los secretos de los huéspedes?

– Exacto. Porque estoy segura de que lo hacía. Pero por su cuenta, no porque le pagaran por ello.

– Esa lista que nos enseñaste de los directores a los que pagaban por anotar todos los secretos que conocían del hotel… ¿acababa con el director que estuvo aquí hará unos cinco años?

Ella asintió con un gesto.

– Ninguno de los dos directores que me precedieron estaba en la lista. Ni yo tampoco, obviamente. Ni siquiera conocía su existencia hasta que la encontré. Y no la habría tomado por algo sospechoso si no hubiera estado buscando eso precisamente. A primera vista, era sólo una lista de bonificaciones pagadas a los gerentes. Nada raro, en apariencia. Sólo cuando indagué en distintos archivos de nóminas comprendí que esas bonificaciones estaban fuera de lugar. Además, busqué el primer libro de cuentas para cotejarlo, y de momento al menos un par de esas supuestas bonificaciones se pagaron en metálico y sin que quedaran registradas en los libros.

– Yo llamaría a eso sospechoso -dijo Nate.

– Y yo me pregunto por qué acabó hace cinco años -dijo Quentin-. Stephanie, ¿alguna idea de quién llevaba la lista?

Ella asintió enseguida.

– Si tuviera que aventurar una hipótesis… y eso hago… yo diría que fue probablemente Douglas Wallace. Creo que fue él quien sugirió la presunta organización de los archivos del sótano hará unos cinco años, probablemente porque es un obseso del orden. Luego encontró ciertas cosas que no quería encontrar y empezó a compilar esa lista. He comprobado algunas fechas y por la época en que Doug estaba revisando los archivos viejos del sótano, el último descendiente de uno de los propietarios originales del hotel acababa de morir.

– ¿Insinúas que esa costumbre de anotar los secretos murió con él? -preguntó Nate.

– Bueno, al menos oficialmente. Y es lógico. Lo que posiblemente empezó siendo una forma bastante despiadada de ejercer presión cuando era necesario, en tiempos de los grandes magnates de la industria, se convirtió poco a poco en una práctica que nadie cuestionaba y, finalmente, como muchas tradiciones antiguas, se volvió innecesaria.

– No hemos encontrado ninguna fecha reciente -comentó Diana-. Aunque, como tú, yo apostaría a que encontraremos un diario entre las pertenencias de la señora Kincaid. Apuesto a que en los últimos años fue ella la guardiana de los secretos.

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