Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
– Eso parece bastante inofensivo -comentó Nate mientras anotaba que debía buscar ese teléfono móvil.
– Ellie no tenía novio. -La señora Kincaid esbozó una fina sonrisa-. Aquí, por lo menos.
– ¿Qué quiere decir?
– Quiero decir que quizá fuera lo bastante estúpida como para liarse con alguno de nuestros huéspedes. Lo cual está prohibido, naturalmente. La habrían despedido en cuanto yo hubiera encontrado pruebas.
– ¿Para eso la vigilaba? ¿Para encontrar pruebas?
– Se habría traicionado tarde o temprano. Todas lo hacen.
Nate arrugó el ceño.
– ¿Han tenido antes problemas de ese tipo? ¿Camareras que se lían con clientes?
– Bueno, los hombres son siempre hombres, ¿no le parece, capitán?
Pensando en el doble rasero de siempre, Nate dijo:
– Entonces, ¿por qué culpar a las camareras?
– Porque no se las paga para que… entretengan a los huéspedes. El Refugio no es esa clase de sitio. -La señora Kincaid se envaró aún más-. Ya le he dicho cuándo fue la última vez que vi a Ellie y lo que le dije. Si tiene más preguntas, capitán, estoy segura de que podrá hacerlas por la mañana. Yo me voy a la cama.
Nate no intentó detenerla. Se quedó mirándola un momento mientras ella se alejaba, paseó luego la mirada por la cocina impecable y escrupulosamente esterilizada, y por alguna razón que no acertó a explicarse sintió un escalofrío.
Sin embargo, no pudo evitar preguntarse si el fantasma de una camarera asesinada no estaría intentando atraer su atención.
– Bobadas -murmuró, pero lo hizo sin mucha energía. Sin ninguna energía en absoluto.
– No era muy corpulenta, ¿verdad?
Quentin se volvió un poco para ver mejor a Diana, sentada al otro lado del sofá. Estaba echada hacia delante, con los codos sobre las rodillas y la mirada fija en la cercana chimenea apagada.
El salón estaba vacío, salvo por ellos dos, y aunque era casi la una de la mañana, ninguno había sugerido que dieran el día por terminado.
– ¿Te refieres a Ellie?
Diana asintió con un gesto, todavía sin mirarle.
– No era nada corpulenta. Y no podía tener más de… ¿cuántos? ¿Veintidós? ¿Veintitrés años?
– Más o menos.
– No hablamos mucho de ella. Me refiero a que estaba allí tendida, muerta. Asesinada. A unos metros de nosotros. Y apenas hablamos de ella.
– Todos estábamos pensando en ella. Ya lo sabes.
– Supongo que sí.
Quentin respiró hondo y dejó escapar el aire lentamente.
– Sin cierto distanciamiento, los policías no podrían hacer su trabajo. Al menos, no por mucho tiempo.
– Pero ¿cuál es mi excusa?
– No es una excusa, Diana, es como son las cosas. La muerte está siempre a nuestro alrededor. Todos aprendemos a tratar con ella de la mejor manera posible, a veces simplemente momento a momento. Pero tú sabes mejor que nadie que no es un final. O, al menos, no un final absoluto.
Ella volvió la cabeza y lo miró arrugando el ceño.
– No lo había pensado… pero eso debería hacerme sentir de manera distinta respecto a la muerte, ¿no crees? El saber que hay una forma de existencia más allá de ella. La certeza de que… no dejamos simplemente de funcionar.
– Quizá sientas de manera distinta algún día.
– ¿Pero hoy no?
Quentin vaciló.
– Han pasado muchas cosas en muy poco tiempo. Seguramente ni siquiera has empezado a asimilarlo todo.
– ¿Tú sí?
La pregunta sorprendió a Quentin al principio; después, no tanto.
– Quieres saber por qué no te he preguntado ningún detalle sobre Missy.
– Has pasado tantos años pensando en ella… Trabajando para resolver su asesinato… Repasando los hechos una y otra vez… Ha sido una obsesión para ti.
– Sí, lo ha sido.
– Así que, sí, supongo que me sorprende que no me hayas preguntado más por ella.
– ¿Qué podría preguntarte? ¿Si tenía el mismo aspecto? Sé que sí. ¿Si es feliz? Sé que no lo es. ¿Si me ayudará a resolver su asesinato? Estoy seguro de que no lo hará.
– Dijo… que no me ayudaría saber quién la había matado. Que no te ayudaría a ti. No sé qué quería decir. Lo siento.
– No importa.
Diana movió la cabeza de un lado a otro.
– Sí, sí que importa. Porque ahora tú estás aquí. Y Missy está aquí. No muy lejos, en cierto modo, estando yo aquí también. Casi tan cerca como para tocarla. Yo la toqué. Toqué su mano, y estaba… sorprendentemente caliente. Y luego abrí los ojos y era tu mano la que estaba tocando.
Quentin no dijo nada. Sólo la miró.
– Estamos conectados, ¿no es cierto? Los tres. Yo estoy unida a Missy por un lazo de sangre y tú estás unido a nosotras por lo que pasó hace veinticinco años.
– Es un poco más complicado que eso -dijo él finalmente.
– ¿Sí? ¿Por qué?
– Porque nosotros estamos vivos y Missy está muerta.
Diana le dio vueltas a aquello.
– No lo entiendo.
– Sé que no. Ésa es otra cosa que no has tenido tiempo, ni ánimos, para asimilar.
Ella volvió a fruncir el ceño.
– ¿Hay algo entre nosotros? ¿Entre tú y yo?
– ¿Tú qué crees? No… ¿qué sientes?
Una leve risa escapó de Diana.
– Me siento… en carne viva. Abrumada. Tan pronto estoy aturdida como increíblemente consciente de todo lo que me rodea. Me siento muy asustada. Y ansiosa. Y confundida. Pero no en el tiempo gris. ¿No es extraño? En el tiempo gris, estoy tranquila y segura de mí misma. Es como ponerse unos vaqueros muy cómodos que hubiera llevado tanto tiempo que casi formaran parte de mí.
Quentin asintió con la cabeza.
– Eso ocurre cuando estás en sintonía, conectada con tus facultades. Cuando estás centrada, equilibrada. Completa.
– ¿Y cuando estoy aquí? ¿En el mundo cotidiano de los vivos? ¿Por qué aquí no puedo centrarme? ¿Por qué no puedo ser equilibrada y completa?
– Puedes serlo. Y lo serás. Pero hace falta tiempo, Diana. Ya podrías haber aprendido a hacerlo, pero con las drogas y las terapias te robaron ese tiempo. Tienes… muchas cosas en las que ponerte al día.
– Conscientemente.
Quentin asintió de nuevo.
– Es obvio que tu subconsciente lleva años aprendiendo. Puede que toda tu vida. En sueños. Y durante esas pérdidas de conciencia.
– Yo pensaba que cuando soñaba o perdía la conciencia estaba… fuera de control -murmuró ella, a medias para sí misma-. Pero entonces era cuando más me dominaba, ¿no es cierto?
Quentin presintió un peligro en aquella pregunta, aunque no habría podido decir por qué.
– Puede ser. Hasta cierto punto. Pero, con un don como el tuyo, ése no es tu estado natural, Diana.
– ¿No lo es?
– No, claro que no. Nosotros existimos en… el mundo cotidiano de los vivos. Física y emocionalmente, éste es nuestro lugar. El mundo que captamos cuando usamos nuestras facultades es un lugar al que vamos de visita, no el lugar donde habitamos.
Ella le miró como si quisiera hacerle otra pregunta, pero dijo:
– Supongo que tienes razón.
Quentin se sintió de nuevo inquieto sin saber por qué. La vocecilla que a veces oía guardaba silencio y, sin embargo, tenía la sensación de que algo se había torcido, incluso de que algo iba mal.
– ¿Estás bien? -preguntó.
– Estoy cansada. -Ella sonrió levemente-. Ha sido… un día muy largo.
– Sí. Mira, hasta que sepamos qué está pasando aquí, me sentiría mejor si no pasaras la noche en tu cabaña. ¿Por qué no te acuestas en mi cama y yo duermo en el sofá del cuarto de estar?
Ella no protestó exactamente, pero dijo:
– Nate tiene agentes patrullando por los terrenos del hotel.
– Lo sé. Pero aun así.