Nadie Es Inocente
- Автор: Abasolo Jose Javier
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:
Aquella noche todo el mundo fue extremadamente puntual, incluso los terroristas. A las nueve y diez un comando irrumpía en el local y tras conseguir fácilmente que todos los asistentes se paralizaran llenos de pánico, se acercaron a la mesa en la que estaban tranquilamente sentados el industrial y sus contertulios, esperando al último invitado, un comisario de policía llamado Emilio Vázquez, y les ametrallaron brutalmente. No fueron necesarias muchas ráfagas para acabar con las vidas de los cinco comensales, que se desplomaron como muñecos de guiñol a los que se les hubiesen cortado las cuerdas. En el fondo eso es lo que eran, ni más ni menos.
Tan sólo una cosa había cambiado con respecto al plan de los terroristas. Aquella noche, cuando salieron del restaurante, un contingente policial que se encontraba bajo mis órdenes les estaba esperando. Sin perder el tiempo en darles una absurda voz de alto disparamos contra ellos, matándolos a todos en menos tiempo que el que ellos habían utilizado para hacer lo mismo con el empresario y sus invitados. La operación apenas duró unos segundos pero según declaraciones a la televisión de los testigos presenciales, parecía que había sido eterna.
Minutos después el juez de guardia ordenaba el levantamiento de los cadáveres, nueve en total, y yo me dirigí al Gobierno Civil para preparar, junto al gobernador, el borrador de un comunicado así como la posterior rueda de prensa que tendría lugar. A la opinión pública se le informó de que el objetivo del comando terrorista era tan sólo el señor Blanco Rodríguez y que, por una desgraciada casualidad, se encontraban comiendo con aquél dos importantes miembros de la Guardia Civil a los que se les concedió, a título postumo, la medalla al mérito militar. Casualmente, un contingente policial se hallaba en las cercanías del lugar del atentado, dedicado a menesteres muy diferentes, cuando al tener rápida noticia de lo sucedido se desplazó hasta el restaurante llegando tarde para evitar el atentado pero consiguiendo localizar a los terroristas. Por desgracia, en el tiroteo que se produjo al verse descubiertos los asesinos, murieron todos, no quedando vivo ninguno de ellos. La actuación policial se había ajustado en todo momento a la legalidad y así lo corroboraban las primeras diligencias judiciales y forenses.
La versión que recibió el gobernador y que con buen criterio decidió no hacer pública era diferente. El comando asesino había sido detectado hacía tiempo por efectivos de la policía a mi mando pero el coronel Garrido me quitó el caso de las manos alegando que él y sus hombres estaban más capacitados y preparados para culminarlo felizmente. Ciertos documentos que aparecieron en su despacho y que había introducido en unas carpetas preparadas al efecto el teniente Daniel Arroyo, un antiguo hombre de confianza de Garrido postergado tras la ascensión del teniente Rica y que, por dicho motivo, no puso objeción alguna a colaborar conmigo, avalaba esa versión. Mis hombres y yo habíamos sido, según la misma, marginados del caso y tan sólo por un golpe de suerte pudimos llegar, desgraciadamente tarde, a la escena del crimen. Fue ésta la que se impuso entre las altas esferas, aceptándose sin duda alguna, acrecentando de rebote mi prestigio y consolidando el apoyo que tenía por parte de los mandos del Cuerpo Nacional de Policía dedicados a la lucha contra el terrorismo.
La auténtica versión, la que nunca se publicó ni llegó a oídos de los jerarcas del ministerio sólo la conocía yo, porque todo había transcurrido de acuerdo a lo por mí planeado, como homenaje a las enseñanzas que había recibido en su momento del bueno de Julián Sánchez. La verdad es que yo sabía que el atentado estaba previsto para ese día, a esa hora y en ese lugar, y que envié al coronel Garrido y a su teniente al matadero. La muerte de la esposa del coronel no estaba prevista pero, como solía decirme Julián en los buenos tiempos, novato, las cosas son como son y no hay que darle más vueltas o se nos reblandecerá la sesera. Sin embargo, pese a los sabios consejos de mi añorado compañero, la sesera se me reblandecía por momentos.
No se trataba de que cual Pablo de Tarso camino de Damasco en su caballo viera repentinamente la luz, no. Yo llevaba muchos años haciendo un tipo de vida y un trabajo a los que me había acostumbrado y que, en cierto modo, me satisfacían pero era igualmente cierto que de vez en cuando algunas experiencias me hacían rememorar hechos del pasado que me inquietaban, incluyendo la lucha interior entre los dos destinos que me ofrecía mi padre, la milicia y el sacerdocio.
Los dos se habían truncado por la intervención traidora y ruin de Garrido y a causa de ello había encaminado mis pasos hacia la labor policial, con los resultados conocidos. No todo era culpa de Garrido, eso es cierto, hay muchos policías totalmente honrados y muy pocos que hayan seguido mi camino, pero incluso aceptando esa premisa Garrido seguiría estando en mi punto de mira. Quizá si no hubiera conocido gracias a él la maldad y la traición no las habría tomado como mis más constantes compañeras.
Con la muerte -o el asesinato, las palabras no importan- de Garrido había cerrado impensadamente un ciclo. Conocer a Garrido había cambiado mi vida, parecía lógico que su muerte, producida en gran parte gracias a mi intervención, significara algo en mi existencia. El círculo se había cerrado pero después de los años transcurridos ya no estaba en el mismo punto de partida. A veces había pensado qué habría ocurrido si no hubiera conocido a Garrido pero en seguida me olvidaba de ese pensamiento, recordando lo que solía decirme Julián cuando me entregaba a ese tipo de elucubraciones.
– Si esto, si lo otro y si lo de más allá -parodiaba con un falso tono de irritación mis palabras-. Y si mi abuela tuviera cojones hubiera sido mi abuelo, pero como no los tenía se limitó a parir ocho hijos y a alimentarlos lo mejor que pudo y supo.
La muerte de Garrido, sintiendo mucho las demás que había originado, supuso una auténtica liberación y al liberarme de quien, sin yo percibirlo muchas veces, era el auténtico fantasma de mi pasado pude, por fin, encauzar nuevamente mi vida. Abandoné la policía y al cabo de un tiempo, no inmediatamente sino tras mucho reflexionar, di una satisfacción a mi padre a título postumo y me ordené como sacerdote olvidándome, o al menos eso creía, de todo un pasado de muerte o violencia, en la confianza de que esa parte de mi vida nunca resucitaría.
Capítulo treinta y cuatro
Sabes que todo va a terminar. Esta vez no es un mero presentimiento, esta vez lo puedes oler en el ambiente, lo puedes percibir en la propia María Luisa, a la que notas extremadamente nerviosa. Las personas nunca acaban de sorprendernos, piensas con cierta ternura. Ella, la mujer de nervios templados, la compañera que te ha estado tranquilizando permanentemente desde que empezó toda la historia, está hecha un manojo de nervios, inquieta e intranquila, y no hay modo humano ni divino de calmarla o, si lo hay, tú lo desconoces.
Has intentado consolarla, con caricias y arrumacos, pero te ha rechazado de un modo destemplado, con insólita brusquedad. Luego se ha arrepentido y te ha dicho que lo siente, que lo siente muchísimo, pero que no puede evitarlo, que sabe que todo va a finalizar en breve y que eso le hace perder un poco la serenidad, pero muy pronto todo volverá a ser como antes, te ha dicho esforzándose en ser cariñosa, aunque tú has adivinado ese esfuerzo, has comprendido que sus palabras eran forzadas, pero aun así le has dicho que no tiene importancia, que eso nos pasa a todos a menudo, es lógico que ella, que es una persona fuerte y decidida, flaquee cuando todo está a punto de acabar, y descargue la tensión vivida antes de que el plan trazado llegue a su culminación.
Le has dicho todo eso porque crees en ello o quizá porque quieres creer en ello ya que de nuevo han vuelto las dudas que te han acongojado sempiternamente. Además, y eso sí que es intuición, algo te dice que las cosas no van a ser tan simples como creías, que al final algo saldrá mal y todo se irá al infierno, a ese infierno en el que no crees del todo porque sabes por experiencia que el infierno no está más allá de la muerte sino aquí, entre todos nosotros.