Nadie Es Inocente
- Автор: Abasolo Jose Javier
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:
– Veo que estás casado -dije sonriente, mientras señalaba las fotografías-. ¿Tienes hijos?
– No, no los tengo -barbotó.
– Lo suponía -volví a decir sonriendo.
– No hay nada que suponer -gritó irritado el coronel-. Mi mujer tuvo un aborto y a consecuencia de eso no pudimos tener más hijo.
– Vaya, se ve que estaba equivocado, yo pensaba que no tenías hijos por la misma razón que te impidió tener relaciones con una prostituta y te llevó a los brazos, y otras partes del cuerpo, del compañero al que asesinaste.
Tal vez esa fuera la razón de su convocatoria, tal vez el auténtico motivo fuera averiguar hasta qué punto yo estaba al tanto de lo ocurrido con Fernandito. El caso es que enrojeció hasta el punto de que temí -o más bien deseé- que le diera una apoplejía y, como si le hubiera picado una víbora se levantó de su asiento y sacando su arma reglamentaria me puso el cañón en la frente. Mientras sentía el frío contacto del metal contra mi piel, mi antiguo compañero dijo lo que posiblemente había estado deseando decirme todo el rato, el mensaje que yo debía asimilar y acatar.
– ¡Hijo de puta! -chilló-. Como vayas hablando por ahí de ciertas historias completamente falsas te juro que no encontrarás ningún lugar en el mundo capaz de esconderte. Vete de la lengua y te arrancaré con mis propias manos tu mezquino corazón. Así que ya sabes, aléjate de mi vista y de mi camino, y mucho cuidado con lo que dices o sabrás quién es el coronel Garrido.
– Hace tiempo que lo sé -dije aprovechando que Garrido acababa de enfundar nuevamente su arma- pero no te preocupes. Tengo aún menos ganas que tú de que se crucen nuestros caminos.
Cuando salí de su despacho nadie se acercó para decirme que me veía raro pero yo me sentía totalmente descompuesto. Acababa de enfrentarme brutalmente con mi destino y sabía que por mucho que los dos quisiéramos evitarlo antes o después volveríamos a vernos. Lo que había empezado con la injusta delación y posterior asesinato de un sacerdote vasco iba a terminar en la tierra de aquel sacerdote. Ironías del destino o, tal vez, designios del propio Dios.
Los meses siguientes a aquella desagradable entrevista transcurrieron sin nada significativo que mencionar, con el trabajo rutinario de todos los días, peligroso muchas veces y movido siempre pero para quienes llevábamos años metidos en ese negocio claramente rutinarios.
Fue precisamente en un control normal de la policía cuando detuvimos a un ciudadano que llevaba varios meses en busca y captura. Esta vez no había error posible, era un conocido miembro del comando que había efectuado los últimos atentados en la margen izquierda del Nervión y su captura fue uno de nuestros más grandes éxitos. Nada más enterarse de la misma el coronel Garrido quiso apropiarse del detenido y posiblemente lo habría conseguido, ya que entre los asesores del ministro del Interior Garrido era un dios, si no hubiera habido en esos momentos cierto rifirrafe político entre los altos cargos del propio ministerio que, de rebote, me favorecieron.
El etarra detenido no era ningún blando pero fuimos lo suficientemente persuasivos como para obligarle a cantar. Además, y eso era mucho más importante, había sido un auténtico inconsciente que llevaba encima suyo una cantidad de documentación totalmente valiosa para nuestros intereses. Gracias a ello pudimos localizar a otros dos miembros del comando e intervenir sus teléfonos.
La intervención la efectuamos sin la previa autorización judicial. Estábamos convencidos de que, en caso de haberla solicitado, se nos hubiera contestado afirmativamente, tal era el cúmulo de datos concluyentes que poseíamos, pero nos temíamos que si alguien sospechara de la importancia del caso acabarían por quitárnoslo de las manos, sobre todo si tenemos en cuenta que al final los vencedores en el combate por el predominio ministerial habían sido los valedores de mi antiguo compañero de escuela. Fue una buena decisión ya que pudimos trabajar sin agobios ni ansiedades y finalmente, casi un año después, recogimos los frutos. Se avecinaba un atentado que pretendía conmocionar a toda la sociedad y yo era el único que tenía todos los datos en la mano.
Siete días antes de la fecha para la que estaba previsto el atentado me reuní con el teniente Rica, uno de los acólitos de Garrido al que la prensa había implicado en un oscuro asunto de tráfico de drogas. La reunión, a indicaciones mías, fue en un lugar secreto inmunizado contra todo tipo de escuchas ilegales. José Rica acudió vestido de civil, siguiendo mis instrucciones, y una vez que estuvimos los dos perfectamente instalados le conté a grandes rasgos lo que habíamos descubierto, guardándome los datos imprescindibles para poder seguir controlando toda la madeja. Cuando, después de revisar personalmente los documentos y datos que le había permitido ver, el teniente comprobó la veracidad de mis asertaciones, le hice una propuesta.
– Convendría -añadí- que nos reuniéramos con la víctima algunos días antes para prevenirle y, si es posible, contar con su colaboración en la caza de los terroristas. Aún no conozco la identidad del objetivo etarra pero en cuanto la descubra, que será muy pronto si mis informantes no me han engañado, se la comunicaré. Eso sí, debe quedar muy claro que no deseo que nadie más que nosotros dos y el coronel Garrido estén al tanto de la operación y se entrevisten con la víctima.
– ¿A qué viene eso? -preguntó suspicaz el teniente.
– No quiero que haya mucha gente metida en el ajo para que no se desbarate la operación. No es que tenga miedo a las infiltraciones pero el que evita el peligro evita la tentación, o como se diga. Además, hay un tema personal. No sé hasta qué punto goza usted de la intimidad del coronel pero debo confesarle que nuestras relaciones no son muy buenas debido a historias pasadas. He estado reflexionando sobre ello y aunque nunca podré considerarle un buen amigo creo que él tuvo razón la última vez que nos vimos cuando me dijo que estábamos embarcados en la misma nave y que debíamos colaborar. Sería absurdo que teniendo ambos importantes responsabilidades en la lucha contraterrorista por mezquindades personales y lejanos malentendidos perjudicáramos los intereses superiores de la patria.
– ¿Puedo repetir eso a mi coronel? -me preguntó el teniente, un tanto emocionado al oír ese discurso.
– Por supuesto que sí -le dije, indicándole que era el momento de despedirnos, no fuera a salirme con la frasecita de que ése quizá fuera el comienzo de una hermosa amistad.
Unos días después llamé por teléfono a Julio Blanco Rodríguez, un empresario bilbaíno desconocido para el gran público pero cuyos tentáculos abarcaban gran parte de las finanzas no ya vascas sino españolas y europeas engeneral. Sin necesidad de entrar en pormenores le expliqué que estaba en una lista que se había encontrado a un activista de ETA detenido y que aunque no parecía que fuera a sufrir un atentado de modo inminente le rogaba que accediera a tener una entrevista conmigo. Así mismo le pedí que la mantuviera totalmente en secreto.
– Por esta conversación no se inquiete -le dije-, ya que me he preocupado previamente de que no se pueda intervenir, pero le ruego que no se vaya de la lengua, por su bien y por el nuestro.
Esa misma noche, sin darles tiempo para que me prepararan ninguna jugarreta, avisé al teniente Rica y, a través suyo, al coronel Garrido de los términos de nuestra entrevista. Para que todo pareciera natural la posible víctima no debía cambiar en nada sus hábitos. Todos los jueves iba a cenar con su mujer a un conocido restaurante bilbaíno. Era al parecer una costumbre que mantenían desde la época de su noviazgo y que muy pocas veces, por viaje o enfermedades, habían roto. Aunque la mayoría de las veces cenaban solos no era extraño que de vez en cuando se sentaran a su mesa, siempre la misma, algunos amigos a los que previamente habían invitado a compartir con ellos cuchillo y mantel. El teniente Rica estuvo de acuerdo conmigo en que el local era discreto y que, aun en el caso de que otras personas les vieran, nadie tendría por qué extrañarse de la cita. Los invitados serían diferentes pero la situación reproduciría la de cualquier jueves.
La cena solía empezar a las nueve de la noche y a las nueve menos cinco de un poco ostentoso Mercedes salían don Julio Blanco Rodríguez y señora que, mientras el vehículo conducido por su chófer particular se alejaba, entraban como todos los jueves en el local. Muy poco después, a las nueve menos tres minutos, otro vehículo se detenía frente a la puerta del restaurante y de su interior surgieron las figuras del coronel Garrido y del teniente Rica, así como la mujer del primero. Por lo que podía comprobarse el coronel había decidido dar más verosimilitud a la reunión llevando a su propio cónyuge.