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Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
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La escena cambió a la tenue luz interior de un vehículo en movimiento por la noche: se vio al conductor y a un acompañante, irreconocibles en la oscuridad. Estaban hablando, riendo. Al cabo de unos segundos, aparecieron los faros de un vehículo detrás de ellos. A medida que se acercaban se volvían más brillantes. La luz de los faros se movió hacia la izquierda: el vehículo se disponía a adelantar al coche de los Villani. Luego hubo un repentino destello de luz blanca en la pantalla y el simultáneo restallido de un disparo; entonces, el chirrido de los neumáticos de un vehículo fuera de control; después, los sonidos metálicos de una colisión y el estallido de cristales.

El narrador apareció de nuevo en pantalla. Se inclinó, recogió del suelo un resto retorcido y lo blandió como si fuera una importante prueba del crimen que estaba describiendo.

– El coche de los Villani se salió de la carretera. Quedó tan destrozado que a los primeros agentes que llegaron les costó identificar la marca y el modelo. El impacto de una bala de gran calibre arrancó la tercera parte de la cabeza de Bruno Villani. Las heridas de Carmella Villani la dejaron en coma, estado en el que permanece a día de hoy.

Madeleine miraba la pantalla del ordenador con una mueca de asco. Al parecer el enfoque de RAM le estaba resultando más perturbador que el suceso que describía.

El narrador continuó con descripciones cargadas de dramatismo de los otros cinco crímenes del Buen Pastor. Culminó con una larga descripción del fiasco de Harold Blum, que hizo trizas la carrera profesional y la vida de Max Clinter.

– David -dijo Madeleine, volviéndose hacia él-, esto se pasa de la raya.

Gurney asintió.

La cámara se acercó a un plano medio del narrador, convertido en presentador, sentado en un plató con dos hombres.

– Diez años -dijo-. Diez años, y aun así a algunos nos parece muy reciente. Podrían preguntarse, ¿por qué volver a recordar el horror ahora? La respuesta es simple. Porque un décimo aniversario es una fecha significativa, un punto que suele resultar apropiado para hacer una pausa y mirar atrás, tanto en el caso de los triunfos como en el de las tragedias.

El presentador se volvió hacia un hombre de tez oscura que estaba sentado enfrente de él en una de las sillas.

– Doctor Mirkilee, su especialidad es la psicolingüística forense. ¿Puede explicarle a nuestra audiencia en qué consiste?

– Por supuesto. Se trata de descubrir el razonamiento a través de las palabras. -Su voz era frágil, rápida, precisa, muy india. En la parte inferior de la pantalla apareció sobreimpresionado: «Doctor Sammarkan Mirkilee».

– ¿El razonamiento?

– La persona, la emoción, el fondo. La forma en que funciona la mente.

– ¿Así que es experto en la forma en que las palabras, la gramática y el estilo revelan al hombre interior?

– Es cierto, sí.

– Muy bien, doctor Mirkilee, voy a leerle algunos fragmentos de un documento que el Buen Pastor envió a los medios hace diez años. Me gustaría conocer su opinión acerca de cómo es la mente del autor. ¿Preparado?

– Por supuesto.

El presentador leyó una larga parrafada sobre cómo erradicar la codicia y exterminar a sus portadores para liberar a la Tierra de su contagio definitivo. Gurney reconoció las palabras de la introducción del memorando de intenciones del Buen Pastor, de su manifiesto.

El presentador dejó el papel en la mesa.

– Muy bien, doctor Mirkilee, ¿con qué clase de individuo estamos tratando?

– ¿En términos legos? Muy lógico, pero muy emocional.

– Extiéndase sobre eso, por favor.

– Muchas tensiones en la escritura, muchos estilos, actitudes.

– ¿Está diciendo que tiene personalidades múltiples?

– No, eso es una tontería; no existe ese trastorno. Eso solo es para los libros y las películas.

– Ah, pero pensaba que había dicho…

– Hay muchos tonos. Primero uno, luego otro y otro. Un hombre muy inestable.

– Estamos ante un hombre peligroso, ¿no?

– Sí, por supuesto. Mató a seis personas, ¿no?

– Está claro. Una última pregunta: ¿cree que todavía sigue allí, acechando en las sombras?

El doctor Mirkilee vaciló.

– Bueno, si está ahí, es bastante probable que esté viendo este programa ahora mismo. Viéndolo y considerándolo.

– ¿Considerándolo? -El presentador hizo una pausa, como si tratara de abordar el significado de esa afirmación-. Bueno, eso es una idea aterradora. Un asesino caminando por nuestras calles. Un asesino que en este mismo momento podría estar considerando qué hacer a continuación. -Respiró hondo, como para calmarse. La cámara se acercó a él-. Es hora de algunos mensajes importantes…

Gurney cogió el ratón del ordenador y deslizó la barra de volumen a cero, en una respuesta refleja a la publicidad.

Madeleine lo miró de soslayo.

– Aún no he visto salir a Kim y ya estoy perdiendo la paciencia con esto.

– Yo también -dijo Gurney-, pero necesito ver al menos la entrevista de Kim con Ruth Blum.

– Lo sé -dijo Madeleine, con una pequeña sonrisa.

– ¿Qué pasa?

– Hay una ironía estúpida en toda esta situación. Cuando te hirieron, cuando las secuelas no desaparecieron tan deprisa como te hubiera gustado, te hundiste en un pozo. Cuanto más te hundías, menos hacías. Cuanto menos hacías, más te hundías. Era doloroso verte así. No hacer nada te estaba matando. Ahora, toda esta peligrosa locura te está devolviendo a la vida. Antes te sentabas a la mesa del desayuno en una mañana espléndida, pasándote el dedo por el brazo, buscando el punto entumecido, tratando de ver si había cambiado o había empeorado. ¿Sabes una cosa? No lo has hecho en toda la semana.

Dave no sabía qué decir, así que permaneció en silencio.

En la pantalla, el último anuncio se fundió a negro. La imagen volvió a la mesa de entrevistas.

Gurney subió el volumen a tiempo para oír al presentador haciéndole una pregunta al otro invitado de la mesa de entrevistas.

– Doctor Monty Cockrell, es un placer que nos acompañe hoy. Es bien conocida su fama como experto en el estudio de la ira en el comportamiento humano. Díganos, doctor, ¿cuál era el sentido de la serie de asesinatos del Buen Pastor?

Cockrell hizo una pausa teatral antes de responder.

– Muy sencillo: guerra. Los disparos y el manifiesto que los explicaba fueron un intento de iniciar una guerra de clases. Fue un intento delirante de castigar a los que tenían éxito por los fracasos de los que no lo tenían.

El presentador y sus dos invitados se enzarzaron en una discusión abierta que duró al menos tres minutos, una eternidad en televisión. Al final, los tres coincidieron en que el derecho a llevar armas era, en ocasiones, la única defensa contra ese pensamiento envenenado.

Gurney bajó el volumen otra vez y se volvió hacia Madeleine.

– ¿Qué? -preguntó ella-. Veo que estás pensando.

– Estaba pensando en lo que ha dicho el doctor indio.

– ¿Que el asesino estaría viendo este estúpido programa?

– Sí.

– ¿Por qué iba a molestarse en hacerlo?

Era una pregunta retórica a la que Gurney no respondió.

Después de otros esperpénticos cinco minutos de televisión, por fin dieron paso a la entrevista de Kim con Ruth Blum. Las dos mujeres estaban sentadas una frente a otra en una mesa de exterior, en la terraza de atrás de una casa. Era un día soleado. Ambas llevaban chaquetas ligeras con cremallera.

Ruth Blum era una mujer regordeta, de mediana edad, cuyos rasgos faciales parecían abatidos por la tristeza. A Gurney su peinado le pareció absurdo: una pila alborotada de rizos entre castaños y dorados; por momentos, parecía llevar un terrier yorkshire sobre la cabeza.

– Era el mejor hombre del mundo. -Ruth Blum hizo una pausa, como para darle a Kim tiempo de apreciar aquella gran verdad-. Cariñoso, amable y… siempre tratando de hacerlo mejor, siempre intentando mejorar. ¿Alguna vez se ha fijado en que la gente mejor de este mundo siempre trata de mejorar? Así era Harold.

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