Dune [es]
- Автор: Херберт Фрэнк
- Серия: dune (es) #1
- Год: 1975
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-181-8
- Переводчик: Domingo Santos
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Dune [es]». Краткое содержание книги:
¿Qué vamos a encontrar ahí afuera?, se dijo. Las tropas Harkonnen y los Sardaukar son peligros que podemos esperar. ¿Pero qué otros peligros puede haber que ignoremos?
Pensó en el compresor estático y en los otros extraños instrumentos de la mochila. Cada uno de ellos fue de pronto, en su mente, un misterioso peligro.
Un soplo cálido procedente de la arena de la superficie azotó sus mejillas allá donde quedaban expuestas, más arriba del filtro.
—Pásame la mochila —era la voz de Paul, baja y prudente.
Obedeció con rapidez, sintiendo el gorgoteo del agua en los litrojons mientras arrastraba la mochila por el suelo. Levantó los ojos y vio la silueta de Paul recortada contra el fondo estrellado.
—Aquí —dijo él, y se inclinó, tirando de la mochila hacia la superficie.
Un instante después solamente había un círculo de estrellas. Eran como otras tantas aceradas puntas de armas dirigidas contra ella. Una lluvia de meteoritos atravesó aquel fragmento de cielo, como si fueran una advertencia, las marcas de las garras de un tigre, heridas luminosas de las que brotase su sangre. Se estremeció ante el pensamiento de sus cabezas puestas a precio.
—Apresúrate —dijo Paul—. Quiero recoger la tienda.
Un aguacero de arena llovió de la superficie sobre su mano izquierda. ¿Cuánta arena puede contener una mano?, se preguntó.
—¿Necesitas que te ayude? —preguntó Paul.
—No.
Su garganta estaba seca mientras se deslizaba por el agujero, sintiendo la comprimida arena raspar contra sus manos. Paul se inclinó y tiró de su brazo. Se irguió a su lado, sobre una llanura desértica iluminada por las estrellas. Miró a su alrededor. La arena había llenado casi por completo la hondonada donde se encontraban, de la que sólo emergía una pequeña cresta rocosa. Miró más lejos, hacia la oscuridad, sondeando la noche con sus adiestrados sentidos.
Ruido de pequeños animales.
Pájaros.
Una catarata de arena desmoronándose y el sonido de unos gemidos ahogados bajo ella.
Paul deshinchó la tienda y tiró de ella, recuperándola.
La luz de las estrellas bastaba apenas para iluminar débilmente el paisaje, cargándolo de sombras amenazadoras. Miró hacia los profundos pozos de oscuridad.
La oscuridades un recuerdo ciego, pensó. Uno aguza los oídos en busca de hordas salvajes, de los gritos de aquellos que han cazado a nuestros antepasados en un tiempo tan lejano que sólo nuestras células más primitivas lo recuerdan. El oído ve, el olfato ve.
Un instante después, Paul se reunió con ella.
—Duncan me dijo que, si era capturado, resistiría… tanto como pudiera —dijo—. Debemos irnos ya. —Echó la mochila a su hombro, atravesó la hondonada recubierta de arena, escaló una arista que dominaba la inmensa extensión del desierto.
Jessica le siguió automáticamente, consciente de vivir a través de las órbitas de su hijo.
Puesto que ahora mi dolor es más pesado que las arenas de los mares, pensó. Este mundo me ha vaciado por completo menos del más antiguo de los destinos: la vida del mañana. Ahora vivo únicamente para mi joven Duque y para la hija que llevo dentro.
Sintió como la arena se hundía bajo sus pies, a medida que avanzaba al lado de Paul.
Su hijo miraba hacia el norte, a través de una barrera rocosa, estudiando unas distantes escarpaduras.
El perfil del farallón rocoso se parecía a una antigua nave de batalla flotando en el mar, delineada contra las estrellas. Su airosa forma parecía ser arrastrada por alguna invisible ola, con sus antenas girando en un zumbido cadencioso, sus chimeneas inclinadas hacia atrás, una torreta en forma de P, elevándose a popa.
Un relámpago naranja estalló sobre aquella silueta, y una línea de brillante púrpura fue a su encuentro, cortando la noche.
¡Otra línea púrpura!
¡Y Otro relámpago naranja elevándose!
Era como una antigua batalla naval, el recuerdo de un duelo de artillería. Se inmovilizaron, fascinados por el espectáculo.
—Columnas de fuego —susurró Paul.
Un anillo de ojos rojizos se elevó por encima de las distantes rocas. Líneas púrpuras se entrecruzaron en el cielo.
—Chorros de rayos y descargas láser —dijo Jessica.
La primera luna de Arrakis, roja a través del polvo, se elevó por encima del horizonte a su izquierda, y a su luz pudieron ver el camino trazado por la tormenta… y el rastro de un movimiento sobre el desierto.
—Son los tópteros de los Harkonnen dándonos cazas —dijo Paul—. El modo como están arrasando el desierto… parece como si quisieran estar seguros de destruir cualquier cosa que encuentren… como cuando uno destruye un nido de insectos.
—O un nido de Atreides —dijo Jessica.
—Tenemos que ponernos a cubierto —dijo Paul—. Avanzaremos hacia el sur, al amparo de las rocas. Si nos sorprendieran al abierto… —se volvió, ajustando la mochila a sus hombros—. Están matando cualquier cosa que se mueva.
Dio un paso a lo largo de la cresta rocosa y, en aquel instante, oyó un leve silbido y vio las negras sombras de los ornitópteros que planeaban encima de ellos.
CAPÍTULO XXIV
Mi padre me dijo en una ocasión que el respeto por la verdad es casi el fundamento de toda moral. «Nada puede surgir de la nada», dijo. Y esto es un profundo pensamiento si uno concibe hasta qué punto puede ser inestable «la verdad».