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Mata para mí

Электронная книга - «Mata para mí». Краткое содержание книги:

Dieciséis años recién cumplidos y había huido de casa para conocer, por fin, al joven universitario con quien llevaba tiempo chateando, convencida de haberse enamorado. Luego… el silencio.
Seis meses después el caos se desata en Dutton, un pequeño pueblo del estado sureño de Georgia. Cinco adolescentes son asesinadas, y la única que logra sobrevivir sabe que impedirán que hable como sea.
Una pareja está decidida a ayudarla. Luke Papadopoulos, agente federal, se enfrenta a diario al mal sin rostro que merodea en internet, aunque jamás haya podido acostumbrarse. Susannah Vartanian, que se ha visto forzada a regresar a Dutton, comprende que debe sacar a la luz todo lo que calló durante años.
Ambos se verán obligados a juzgar a todo un pueblo. Un pueblo edificado sobre la crueldad impune, el poder absoluto y los silencios cómplices, un pueblo que se sustenta gracias a la poderosa tela de una araña que no puede permitir que nadie escape.
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– Deja que me levante. No puedo hablar contigo así. Por favor.

Él abrió los brazos y ella se dejó caer al suelo.

– Echo de menos a mi perro -dijo mientras acariciaba a Cielo-. Seguro que cree que no volveré.

– Explícame por qué has llamado Thor a un sheltie hembra.

– Es el dios del trueno -dijo ella-. La noche en que encontré a la perra, había habido una tormenta terrible, con rayos y truenos. Yo había salido para ir al cementerio, a visitar la tumba de Darcy. Lo hago todos los años, el 19 de enero.

– ¿En enero hubo una tormenta?

– A veces pasa, aunque es raro. Nevaba muchísimo y yo iba a quince por hora. Si hubiera circulado más deprisa, la habría atropellado. Hubo un gran relámpago y la vi allí, en medio de la carretera, despeinada, mojada y muerta de frío. Parecía que me estaba diciendo: «Mátame o sálvame, pero no me ignores.»

– Así que paraste.

– Iba en un coche de alquiler. ¿Qué más daba si se manchaba un poco? Pensaba llevarla al veterinario y dejarla allí, pero entonces me lamió la cara y… Soy muy tonta para esas cosas.

– Lo tendré en cuenta -dijo con ironía, y ella se echó a reír, aunque con tristeza.

– No es lo mismo. Resulta que llevaba un microchip. Era de una familia que vivía en el norte y se había escapado de su casa hacía meses. Durante todo ese tiempo se las había apañado para sobrevivir.

Él empezaba a ver el paralelismo.

– La perrita era fuerte.

– Sí. La familia ya había comprado otro perro para los niños y dijeron que podía quedármela. Así que me la quedé. La cosa cambia; no es lo mismo que pasar las noches en una casa solitaria y silenciosa. Muchas veces, a las tres de la madrugada, cuando no puedo dormir, se sienta a mi lado. Es una buena perra. Soy muy afortunada de poder contar con ella.

– Parece que ella también es muy afortunada de poder contar contigo.

– Ya estamos; ya vuelves a ser amable.

– Susannah, cuéntame por qué no puedes practicar sexo.

Ella exhaló un hondo suspiro.

– Muy bien, sí que puedo; pero no de la forma habitual.

– ¿Qué consideras tú la forma habitual?

– Esto es muy violento -musitó, y él sintió lástima.

– ¿Te refieres a la postura del misionero?

– Sí. No puedo. No puedo… mirar al hombre mientras…

– ¿Mientras lo haces?

– Sí. Me siento como atrapada, me falta el aire. Tengo ataques de pánico.

Él se sentó en el borde de la cama y le acarició el pelo.

– ¿Después de todo lo que has pasado? No me sorprende. Entonces, antes, durante tus… encuentros, ¿cómo lo hacías?

Ella rió con timidez.

– Sin mirarlos.

Él exhaló un suspiro cauteloso, decidido a no permitir que ella supiera lo que eso lo excitaba.

– ¿Eso es todo? ¿Ese es el problema?

– No. Ese es sólo uno.

– ¿Cuáles son los otros?

Ella emitió un sonido ahogado.

– Tiene que ser… poco convencional. Si no lo es, no puedo hacerlo.

Él arrugó la frente.

– Susannah, ¿lo que haces te duele?

– A veces. Pero sólo a mí. A nadie más.

– O sea que te gusta…

– El sexo duro. Y odio eso de mí -dijo con rabia.

«Ten paciencia.» Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero ella estalló y empezó a gritar, airada.

– Odio tener que hacerlo así. Odio que esa sea la única forma… -Se interrumpió, temblorosa.

– De que llegues al orgasmo.

Ella bajó la barbilla al pecho.

– No está bien. No es normal.

– Y al necesitarlo, al desearlo, al hacerlo así, tu amiga murió.

– No soy tan complicada, Luke.

«Ya lo creo que eres complicada.» Él se apartó y separó las piernas.

– Ven aquí.

– No.

– No tienes que mirarme. Ven aquí. Quiero enseñarte una cosa, y si luego no te gusta, no volveré a hablarte de ello. Te lo prometo.

– Antes también me has prometido otra cosa -gruñó, pero se puso en pie.

– Ahora siéntate. No, no me mires -dijo cuando ella quiso darse la vuelta. Le hizo sentarse entre sus piernas-. Mira allí. -Señaló el espejo del vestidor-. Mírate; no me mires a mí. -La rodeó por la cintura y la atrajo hacia sí-. Estoy vestido. Tú estás vestida. Aquí no va a pasar nada más que esto.

Le retiró el pelo y la besó en la nuca, y cuando ella tomó aire de golpe, él notó que se le ponía la carne de gallina.

– Solo estamos tú, yo y el espejo.

– Esto es una estupidez -dijo ella, pero ladeó la cabeza para dejarle más sitio.

– ¿Te duele? ¿Te entra algún ataque de pánico?

– No; la verdad es que no. Solo me parece una estupidez.

– Relájate. Piensas demasiado.

Le besó de ese modo un lado del cuello; luego le pasó la lengua por la curva del hombro.

– ¿No lo hago mejor que Thor? -Ella rió de forma entrecortada-. Tienes un cuello muy largo -le susurró al oído-. Puede que esto nos lleve un rato.

– Pero tú… No es posible que…

– ¿Qué me guste? Susannah, estoy abrazando a una bella mujer que cree que soy irresistible a más no poder y que está permitiendo que le bese el cuello. ¿Qué más puedo desear?

– Sexo -dijo ella en tono monótono, y él se echó a reír.

– Yo no soy así. Tengo que haberme tomado algo contigo antes de acompañarte a casa.

Vio por el espejo que ella cerraba los ojos.

– No puedo creer que te lo haya contado.

– Soy muy simpático. Además, estabas preparada para contarlo, y yo me alegro de haber sido el afortunado. No se lo diré a nadie; puedes confiar en mí.

– Ya lo sé -dijo ella muy seria, y Luke tuvo que tomarse un momento de respiro para controlarse, para no acelerarse y no poner en peligro la situación, porque le entraron ganas de comérsela entera.

Había empezado a besarle el otro lado del cuello cuando sonó su móvil y les hizo dar un respingo. Él la sostuvo entre sus brazos mientras abría el teléfono con una mano.

– Papadopoulos.

– Soy Chase. Necesito que vuelvas.

Luke se irguió de golpe y soltó a Susannah.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

– Muchas cosas -respondió Chase-. Ven en cuanto puedas. Y trae a Susannah.

Luke se guardó el teléfono en el bolsillo.

– Tenemos que irnos -le dijo a Susannah-. Chase también te quiere allí. Tendrías que cambiarte de ropa. Sacaré a pasear a la perra y luego nos marcharemos. -Tenía la mano en el pomo de la puerta cuando decidió arriesgarse. De dentro del armario sacó una caja cubierta de polvo y la dejó sobre el tocador-. Te sorprenderías de lo que se considera normal y lo que no, Susannah -dijo, y chasqueó la lengua.

– Vamos, Cielo.

Susannah se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando la caja treinta segundos antes de satisfacer su curiosidad. Era obvio que hacía tiempo que no la abrían. Le costó retirar la tapa, pero por fin cedió.

– Por Dios -musitó, y sacó unas esposas recubiertas de pelo. En la caja había todo tipo de juguetes. Algunos ya los había usado. Unos eran inofensivos, otros no tanto; pero todos le atraían hasta un punto que le avergonzaba. Pero… Frunció el entrecejo. Guardó las esposas en la caja y la tapó.

El corazón le iba a mil por hora mientras se cambiaba rápidamente de ropa. A él no lo habían rechazado, y compartía sus gustos. «Pero no por eso deja de estar mal, ¿verdad?»

Él llamó a la puerta y la sobresaltó.

– ¿Estás… decente?

Susannah sabía que había elegido la palabra a propósito.

– Puedes entrar.

Él lo hizo. La miró a ella y luego miró la caja. Sin pronunciar palabra, la guardó de nuevo en el armario.

– Vamos. Es hora de volver al trabajo.

Atlanta,

domingo, 4 de febrero, 1:45 horas

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