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Mata para mí

Электронная книга - «Mata para mí». Краткое содержание книги:

Dieciséis años recién cumplidos y había huido de casa para conocer, por fin, al joven universitario con quien llevaba tiempo chateando, convencida de haberse enamorado. Luego… el silencio.
Seis meses después el caos se desata en Dutton, un pequeño pueblo del estado sureño de Georgia. Cinco adolescentes son asesinadas, y la única que logra sobrevivir sabe que impedirán que hable como sea.
Una pareja está decidida a ayudarla. Luke Papadopoulos, agente federal, se enfrenta a diario al mal sin rostro que merodea en internet, aunque jamás haya podido acostumbrarse. Susannah Vartanian, que se ha visto forzada a regresar a Dutton, comprende que debe sacar a la luz todo lo que calló durante años.
Ambos se verán obligados a juzgar a todo un pueblo. Un pueblo edificado sobre la crueldad impune, el poder absoluto y los silencios cómplices, un pueblo que se sustenta gracias a la poderosa tela de una araña que no puede permitir que nadie escape.
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– Ya hace más de veinticuatro horas que han desaparecido. Podrían estar en cualquier sitio.

– Es cierto, pero hemos enviado la foto de una de las chicas desaparecidas a todos los departamentos de policía del sudeste del país. Tardará unas semanas en cumplir los dieciocho años, así que he enviado un aviso al AMBER. -Se inclinó hacia delante y le estrechó la mano-. Es más de lo que teníamos ayer.

– He usado su… -Susannah se detuvo en seco, con las toallas húmedas dobladas con pulcritud sobre los brazos y la mirada fija en sus manos unidas-. Lo siento. Creía que no había nadie más.

Talia sonrió y le tendió la mano.

– Soy Talia Scott. Trabajo con Luke y Daniel.

Susannah pasó las toallas a uno de sus brazos para poder estrechar la mano de Talia.

– Encantada de conocerla. Usted ha hablado con Gretchen French.

– Y con todas las otras víctimas -explicó Talia-. Excepto con usted -añadió en tono amable.

Susannah se ruborizó.

– Le he entregado mi declaración a Chloe Hathaway, la ayudante del fiscal.

– No lo decía por eso. He hablado con todas esas mujeres para que sepan cuáles son sus derechos y los recursos de que disponen.

Susannah esbozó una frágil sonrisa.

– Soy ayudante del fiscal; sé cuáles son mis derechos. Gracias de todos modos.

– Usted sabe explicarle a otras personas cuáles son sus derechos -repuso Talia, impasible-. Pero es posible que no sepa aplicarlos cuando se trata de usted misma. Llámeme en cualquier momento si tiene ganas de hablar. -Le entregó su tarjeta sin dejar de sonreír.

Susannah la tomó con vacilación.

– Gretchen habla muy bien de usted -dijo en voz baja. Entonces arqueó las cejas al ver la bolsa con la comida para perros sobre el mostrador-. ¿Eso es la cena?

Luke bajó la mirada al suelo y volvió a poner mala cara.

– La de ella.

Una sonrisa iluminó el rostro de Susannah y a Luke el gesto le llegó al alma.

– Oh, qué cosita. -Se puso de rodillas, dejó las toallas a un lado y acarició la cabeza de la perra-. ¿Es suya, Talia?

Talia rió entre dientes y le guiñó el ojo a Luke.

– No. Es de Luke.

– Te odio -masculló Luke, y Talia se echó a reír de nuevo. Entonces Susannah lo miró; seguía sonriendo.

– ¿De verdad es suya?

Él suspiró.

– Sí, supongo que sí. Por lo menos hasta que le encuentre otro dueño. Es del juez Borenson. Si lo encontramos vivo, se la devolveré.

Susannah se volvió hacia el feo bulldog.

– Yo también tengo una perra. En Nueva York.

– ¿De qué raza? -preguntó Talia.

– Un sheltie. Se llama Thor.

Talia se echó a reír.

– ¿Un sheltie llamado Thor? La cosa tiene miga.

– Sí. Ahora está en una residencia canina, supongo que se pregunta cuándo pienso ir a buscarla. -El bulldog lamió la cara de Susannah y ella se echó a reír, y el pequeño gesto de alegría a Luke le llegó aún más adentro-. ¿Cómo se llama? -preguntó.

– Cielo -respondió él en voz baja, y ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

– Qué bonito. -Su sonrisa se desvaneció-. ¿Siempre acoge a los desamparados, Luke?

– Normalmente no -dijo. Entonces se percató de que la había estado mirando fijamente y volvió la cabeza.

– Estábamos tomando vino, Susannah -dijo Talia compadecida de Luke-. ¿Quiere un poco?

– No bebo, pero ustedes sigan. La cena huele de maravilla. ¿Se queda, Talia?

– Sí -respondió Luke.

– No -respondió Talia al mismo tiempo-. Tengo que marcharme a casa.

– ¿Seguro que no puedes quedarte con la perra? -preguntó Luke con un hilo de voz.

– Seguro -dijo Talia en tono jovial-. Mi compañero me lo dejó muy claro cuando aparecí con el cuarto. Creo que habla en serio. O sea que, o se queda contigo o va a la perrera; ¿eh, Luka? -Se estiró por encima del mostrador y le dio unas palmaditas amistosas en la mejilla-. Piensa en la alegría que supone tener un perro en casa.

Luke no tuvo más remedio que echarse a reír al ver el brillo de sus ojos.

– Te lo estás pasando en grande.

– Acompáñame a la puerta. Encantada de conocerla, Susannah. Llámeme siempre que lo desee.

Luke acompañó a Talia a la puerta y Cielo volvió a pisarle los talones.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

Talia sacudió la cabeza; se le escapaba la risa.

– Cariño, te veo fatal. Y encima ella no es griega. ¿Qué te dirá mamá Papa?

– ¿Quién crees que ha puesto la mesa?

– Qué interesante. -Se puso seria-. Haz que Susannah me llame si me necesita.

– Es igual que Daniel -musitó él-. Todo se lo guardan para sí.

– Ya lo sé -dijo ella-. ¿Cuándo quieres salir hacia Poplar Bluff?

– Sería más fácil encontrar a las amigas de Kasey Knight un día de escuela, pero no podemos esperar al lunes. Saldremos mañana por la mañana, después de la reunión. Llegaremos sobre las once.

– A esa hora estarán en la iglesia. -Talia reflexionó-. Poplar Bluff es una población pequeña. Deja que llame al pastor y le pregunte si las chicas van a la iglesia. Puede que después de todo ese sea el mejor lugar para dar con ellas. Te veré mañana. Tráeme las sobras, ¿vale?

– Podrías quedarte a cenar.

Ella sonrió.

– No; de verdad que no puedo. Buena suerte, Luka.

Él alzó los ojos en señal de exasperación y volvió a la cocina, donde Susannah estaba cortando lechuga. Luke se apoyó en la nevera, con Cielo a sus pies.

– No deja de seguirme.

Una de las comisuras de los labios de Susannah esbozó el amago de sonrisa que él ya había aprendido a prever.

– ¿También la encontró en el bosque?

– Supongo que en cierto modo, sí.

Ella lo apartó con suavidad para sacar más hortalizas de la nevera.

– Pues entonces estamos igual. Cielo representa para usted lo mismo que la chica desconocida representa para mí. Y, hasta cierto punto -añadió mientras cortaba las puntas de los pepinos con más fuerza de la necesaria-, lo mismo que represento yo.

Él sintió ganas de aferrarla por los hombros y obligarla a mirarlo, pero se quedó donde estaba.

– Esto no es justo para ninguno de los dos, ¿no cree? -dijo en voz baja.

Ella bajó la barbilla.

– Tiene razón; lo siento. -Tragó saliva y se concentró en cortar las hortalizas con movimientos rápidos y experimentados-. Talia lo ha llamado «Luka»

– Es como me llama mi madre.

– Ya lo sé. Entonces, ¿Talia y usted son amigos? -preguntó en tono cauteloso.

Él no alteró la voz, a pesar de que la pregunta hizo que se le desbocara el corazón.

– Es griega.

– ¿Y qué? ¿Es que conoce a todos los griegos de Atlanta?

Él sonrió.

– A bastantes. Somos una comunidad muy bien avenida. Mi padre y sus hermanos se ocupan de surtir muchas de las bodas y las fiestas que se celebran. Conocemos prácticamente a todo el mundo.

Ella echó las rodajas de pepino en la ensalada.

– Scott no parece un apellido griego.

– Es el apellido de su primer marido. No le fue muy bien con él.

– Mmm… Me extraña que su madre no la haya cazado para usted -comentó en tono liviano.

– Lo intentó, pero acabó desistiendo. Talia y yo somos amigos, nada más.

Entonces ella se volvió; sostenía el cuenco de ensalada entre los brazos. Sus ojos se cruzaron y ambos aguantaron la mirada, intensa y llena de deseo, y de pronto una acción tan simple como respirar les suponía un gran esfuerzo.

De repente ella bajó la cabeza y lo apartó para depositar el cuenco sobre la mesa. Él la siguió, y Cielo también. Se detuvo tras ella.

– Susannah.

– Tengo que marcharme. Dormiré en la habitación de la chica, con el vigilante en la puerta, si eso le hace sentirse mejor. Se lo prometo.

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