La Provincia Del Hombre
- Автор: Канетти Элиас
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Provincia Del Hombre». Краткое содержание книги:
El tormento del éxito: el éxito se les quita siempre a los otros; sólo los que no saben nada, los limitados, son capaces de disfrutarlo: no se dicen que entre aquellos a quienes les arrebataron el éxito había siempre algunos que eran mejores que ellos.
El prestigio que los poetas toman de sus mártires: de Holderlin, Kleist, Walser. De este modo, con todas sus pretensiones de libertad, espacio e invención, lo único que hacen es formar una secta.
Estoy harto de cabalgar en el gran corcel de estas pretensiones de poeta. Yo ni siquiera soy un hombre.
«Sólo puedo respirar en las regiones bajas.» Esta frase de Robert Walser podría ser la divisa del escritor. Pero los cortesanos no la pronuncian y los que han conseguido fama ya no se atreven a pensarla. «¿No podría usted olvidarse un poco de la fama?», le dijo a Hofmannsthal, y nadie ha descrito con más fuerza lo penoso de los que están arriba.
Me pregunto si entre aquellos que construyen su vida académica – una vida confortable, segura, rectilínea – sobre la vida de un poeta que vivió en la miseria y en la desesperación hay uno que se avergüence.
Cada poeta quisiera empujar al otro hacia el pasado y, una vez allí, lamentarse de su vida.
Uno que conoce a los hombres, que llega a conocer incluso su Futuro, y que por esto no teme a ninguno.
El aburrimiento mortal que emana de aquellos que tienen razón y lo saben. El hombre que es realmente sabio esconde su razón.
Ya nadie era capaz de andar solo; la Humanidad se movía de un lado para otro en inmensas filas.
Lo heredado que baila. La zarza ardiente bengalí.
Altas Personalidades-Escalera, asomados a las ventanas, rezando.
Me reconoció desde lejos. Hacía tiempo que no le veía. El dijo: «No has cambiado». Yo dije: «Tú estás desconocido». El me envidió. Yo le envidié. Entonces, «cambiemos los papeles», propusimos al unísono. Ahora yo le reconozco desde lejos y él hace tiempo que no me ve.
Lo incomprensible que cada uno acepta como si pudiera contener una secreta justificación.
Dejó que los herederos cogieran todo lo que quisieran y no se murió.
Ella se casó con él para tenerlo siempre a su lado. El se casó con ella para olvidarla.
El no quiere llorar a nadie. Pero ¡cómo quiere que le lloren a él!
Quiero morirme, dijo ella, y se bebió diez hombres.
La viuda que se viste aquí de negro para exhibirse en España en medio de velos finos y transparentes. Seis meses allí y vuelve a su oscura vestimenta. Seis meses aquí y luego va a España a desnudarse en sus velos. Necesita las dos cosas, dice; no puede hacer lo uno sin lo otro. Su marido fue muy bueno con ella y se envenenó para su época de velos.
Alardea de preocuparse por todos los hombres, no sólo por los parientes de este o aquel país. Igual como la muerte, no hace diferencias, tampoco las hace él.
Pero se pregunta qué le parecería si de repente la Tierra estuviera bajo una invasión extranjera ¿Odiaría a los otros que no conoce, igual como se odiaron las antiguas naciones en aquella época antediluviano que precedió a la bomba atómica? ¿Diría: «aniquiladlos indiscriminadamente, cualquier medio me parece justo; de todas maneras nosotros somos los mejores»?
En toda amplificación que acogemos con júbilo está contenida ya la nueva angostura, aquella en la que otros van a asfixiarse.
Algunos nombres los llevamos mucho tiempo de un lado para otro y los arropamos con veneración. Pueden pasar veinte años hasta que lo que realmente les pertenece, su sustancia, la obra, se nos comunique seriamente. Esto ocurre en una especie de intimidad, porque el nombre estuvo mucho tiempo en nosotros; de repente entendemos y todo nos pertenece; al contrario de lo que ocurría antes frente a toda gran experiencia, ahora ya no hay resistencia alguna. Probablemente lo primero que ocurre en nosotros es siempre el nombre; pero de entre los nombres, aquellos que es posible suprimir por mucho tiempo tienen un efecto completamente distinto: nos mantienen unidos desde dentro; cristalizamos en torno a ellos; nos dan fuerza y penetración.
Los mejores pensamientos que le vienen a uno son primero extraños y terribles, y tiene que olvidarlos antes de empezar a comprenderlos.
Propio del pensamiento es que sea algo terrible, aun dejando aparte su contenido. Es el proceso mismo lo que es terrible, el proceso de desprenderse de todo lo otro, la grieta, el tirón, lo fino e hiriente del corte.
Algunos su más grande maldad la consiguen en el silencio.
A los furiosos no se les toma nunca bastante en serio. Hasta que no hay miles que se enfurecen con ellos no se les escucha con respeto, cuando precisamente entonces debería ser uno frío como un témpano ante ellos.
No dice nada, pero ¡cómo lo explica!
Un museo de cera de las parejas.
Escribir cartas para después de la muerte, para años después; dirigidas a todos aquellos a quienes uno ha amado u odiado.
O bien: preparar una especie de confesión para después de la muerte, una confesión por etapas, sin prisas, una después de otra a lo largo de los años.
El final, da igual que lo encubramos de una manera o de otra, es tan absurdo que ningún intento de explicar la Creación significa nada, ni siquiera la idea de Dios como un niño que juega: se hubiera aburrido de tanto jugar.
En estas nuevas ciudades, las casas antiguas sólo se pueden encontrar en hombres.
La tontería ha perdido interés; se extiende en un abrir y cerrar de ojos, y en todos es la misma.
Quiere ser mejor y todos los días practica antes del desayuno.
Entre tanto, la mosca a la que él no podía tocar ni un hilo de su ropa murió.
Existo, no existo. El nuevo juego de la margarita de la Humanidad.
Instintivamente tengo simpatía por todos los experimentos Y por todos los que los hacen. ¿Por qué? Porque tienen el empeño de colocarse en un punto inicial como si antes no hubiera ocurrido nada. Porque el experimento es consecuencia de un talante especiaclass="underline" uno piensa que todo lo que hace es importante. Porque, de un modo repentino, importa el individuo humano, cualquiera que desee poner en práctica una idea y la tome sobre sus espaldas. Porque los experimentos requieren tesón y además dos cualidades que, en su combinación, son las más importantes: resistencia y paciencia.
Instintivamente siento desconfianza frente a todos los experimentadores. ¿Por qué? Porque van en busca del éxito y quieren imponerse. A menudo se ve que la carga que han tirado les era completamente desconocida; quieren llegar a la cumbre con menos equipaje, es decir con menos esfuerzo. Aceptan a cualquier aliado; se muestran comprensivos ante la estructura del poder del mundo – tal como la encuentran – y, de un modo indiscriminado, para propagar su experimento, utilizan todo aquello que no llega al ámbito más reducido de éste. Independientemente de qué sea aquello de lo que han prescindido para alcanzar lo nuevo, he aquí que, de repente, se encuentran otra vez con lo que han dejado, como si fuera su arma. A menudo viven en grupúsculos, forman capillitas, piensan, calculan, administran. El contraste entre sus verdaderos propósitos y su modo de comportarse entre los demás clama venganza al cielo. Insisten en este contraste; tienen que hacerlo porque cualquier compromiso que intentara equilibrar los dos aspectos de su existencia sería el fin de su experimento como tal.