La Provincia Del Hombre
- Автор: Канетти Элиас
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Provincia Del Hombre». Краткое содержание книги:
El verdadero efecto de la misericordia ¿sería cambiar en error la culpa que hay en aquel de quien nos hemos apiadado?
Una profesión útil como la de médico no es bastante para proteger a un poeta de la presunción. Porque el asco ante lo vivido, que al principio es fecundo, alimenta, actuando por contraste una especie de magnificación de la persona que ha conseguido superar este asco. El poeta que ha conseguido superarlo se convierte en un fin en sí mismo.
Sólo hay pueblos escogidos: todos aquellos que aún resisten.
Montañas en forma de una línea azul de cielo a lo lejos. Tierna, inasible arrogancia.
Cantaban tan alto que se les oía desde lejos. Habían formado un corro en el sitio donde el tráfico era más intenso; veinte personas formaban un gran círculo y cantaban como un solo hombre. Algunos llevaban uniformes, otros mono de trabajo o traje de calle. Las mujeres que había en este grupo parecían hombres, pero no llevaban pantalones. Sus voces atronaban como trompetas. Cada canción tenía varias estrofas, y cuando una había terminado empezaba inmediatamente otra sin que antes se pusieran de acuerdo. Tenían todos la cara enrojecida. «¿Es el esfuerzo o es que están muy sanos?» Los transeúntes se apretaban y pasaban pegados a ellos; la mayoría tenían mucha prisa y no querían molestarles. Pero algunos se detenían y les admiraban. Contraían los labios; les hubiera gustado cantar. «Por qué no lo hacemos. Por qué no cantamos con ellos. Claro que no podemos cantar tan bien». Los coches que pasaban muy cerca evitaban tocar el claxon. Un guardia que dirigía la circulación a pocos metros de distancia cambió de sitio y consiguió dirigirla desde otro lugar. Su uniforme no era el de ellos, estaba solo. No le hubiera importado nada juntarse al grupo. Dos perros, a los que sus dueños llevaban de la correa, ladraban muy fuerte y se metían en el círculo de los que cantaban. Su dueño y su dueña les retenían con dificultad; les prohibían que ladraran.
Cada uno de los cantores llevaba un bastón blanco y en los momentos en que el júbilo del canto crecía mucho levantaban los bastones en alto como extasiados. Los agitaban en el aire, los levantaban y los entrelazaban, entusiasmados. A diferencia de lo que ocurría con el canto, este movimiento no estaba regulado, iba en todas direcciones y tropezaba torpemente en un cielo adoquinado. Luego el júbilo decaía, los bastones descendían y se colocaban modestamente sobre el suelo. Entre una canción y otra se oía por unos momentos el ladrido de los perros a los que sus dueños no conseguían calmar. Un claxon que, por olvido, había tocado, dejó de oírse inmediatamente en cuanto empezó la nueva canción. La letra la pronunciaban con tal fuerza que era difícil entenderla y sólo una palabra que se repetía con frecuencia se reconocía de un modo inmediato. Salía en cada estrofa y designaba al Ser Supremo. Poco a poco, otras palabras se iban entendiendo también. Se juntaban al tema del canto y lo vestían con colores chillones.
De los cantores, algunos tenían los ojos cerrados y no los abrían ni en los momentos de mayor tensión. Otros, que los tenían muy abiertos, miraban fijamente y de un modo inexpresivo hacia una misma dirección. Pero ninguno utilizaba los ojos como acostumbran hacerlo los cantores. Cantaban con tanta pasión porque no podían ver nada. No paraban de cantar porque no querían ir a ninguna parte. Todos eran ciegos y daban gracias a Dios; su canto versaba sobre sus pecados.
En la vida inglesa, una de las palabras que se usan para tranquilizar a otro y que más molestas resultan es «relax!». Me imagino a alguien diciéndole a Shakespeare «relax!».
El escritor, por instinto, tiende a engañar a los que ama quitándoles aquello que cree que pueden haber recibido de cualquier otro. Lo que él les da sólo debe poder dárselo él. Ellos, en cambio, aun sin saberlo, anhelan nutrirse de la vida más normal y corriente, y, en última instancia, tienen que odiarle con encono por privarles de este alimento. El no puede dejar de decirles desesperadamente una y otra vez que no se trata de esto, sino de otra cosa; y mientras es él el que decide lo que tiene que ser esta otra cosa, está contento.
No hace nada por su cuenta. Imagina lo que otros hacen y se lo hace contar.
¿Ascesis sin mal olor?, ¿qué ascesis es ésta?
El milagro de la supervivencia humana: es tanto más un milagro porque estas miserables criaturas por la noche, roncando, se traicionan a sí mismas ante las fieras. Los únicos animales salvajes que roncan como nosotros son los antropoides.
Un hombre que ya no aprende nada ¿tiene derecho a sentirse responsable todavía?
Circe, que transforma a todos los hombres en periódicos. El hombre, el animal que retiene en la mente lo que asesina.
Una vez al mes, dicen, veían salir del mar un demonio procedente del mundo de los espíritus y que tenía el aspecto de un barco lleno de luces. Cuando miré, vi, para mi sorpresa, algo así como un gran barco que parecía estar lleno de luces y antorchas. Entonces dijeron: «éste es el demonio…» (Ibn Battuta en las islas Maldivias.)
Escapó del presente de Pero Grullo y se refugió en las viejas mentiras.
Uno que envejece por determinadas palabras.
Encontrar hoy las relaciones fundamentales, como aquellas cinco de Confucio.
Construye pensamientos. Tienen que ser angulosos.
Un personaje que está hablando hasta que sueña.
Teofrasto: así, en los griegos está ya todo; incluso los personajes de las malas comedias que vendrán luego.
La Coleccionista de miradas: está muy interesada en que no se le escape ni una sola de las miradas que le dirigen, y da las gracias por cada una de ellas. Recibe muchas y las administra a lo largo de las semanas y los años. Las coloca en un banco como pequeños capitales, como capitales separados; no las mezcla jamás, sabe siempre con toda seguridad dónde puede esperar otras nuevas y, a su manera, paga intereses por ellas. Sus empresas se van extendiendo poco a poco por muchos países; hay miradas en pos de las cuales viaja. Se niega a contratar un administrador y lo hace todo sola.
Una juventud inventada que, en la vejez, se convierte en verdadera.
Un adulador que ve horrorizado cómo todos los hombres se convierten en aquello que les dice que son.
Dinero saltarín, como pulgas.
Una mujer que no consigue darle celos al hombre que ama. Cuanto más intenta confundirle, tanto más seguro está él de ella. Hace todo lo posible para afear su propia imagen ante él; a los ojos de éste, brilla cada vez con mayor pureza. Contrata a personas que le cuenten las cosas más terribles de ella. El lo oye y se ríe. Ni siquiera se indigna. Lo oye como si se tratara de otra persona.
Su inmutabilidad la atormenta más y más y, con el fin de arruinar su propia imagen, empieza a hacer cosas que le repugnan. Consulta con el peor enemigo de él, y éste le sugiere el punto en el que su amado va a ser más vulnerable. Esto hace que él se reconcilie con su enemigo. Todo lo que le lleva a ella acaba siendo hermoso y querido.
No se puede prever cómo va a terminar esta historia.
Oídos para no oír, oídos para volar, oídos para obedecer.
Helicópteros enanos que aterrizan en calvas.
El juez está sentado en el suelo; todos los demás están de pie a su alrededor; los acusados cuelgan del techo. La sentencia se dice en voz baja. Si es absolutorio, bajan al acusado del techo y lo admiten entre los que están de pie. En cambio, al condenado lo ponen al lado del juez y éste frota su mejilla con la de aquél. Luego, el juez le da un beso en los ojos que ya no va a poder abrir más: su castigo.