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Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]

Электронная книга - «Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]». Краткое содержание книги:

El agente deportivo Myron Bolitar está a punto de llegar a lo más alto. Lo mismo pude decirse de Christian Steele, un quarterback recién llegado a la liga profesional y su cliente más importante. Sin embargo, la llamada de una ex novia de Chistian, una chica a quien todo el mundo cree muerta, incluso la policía, pone en peligro la firma de un contrato. Myron, de pronto, se ve envuelto en una intriga relacionada con sexo y chantajes, y mientras trata de descubrir la verdad sobre una tragedia familiar, una mujer y las mentiras de un hombre se enfrenta al lado oscuro de su profesión.
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– ¿En el laboratorio de criminología?

– Sí.

– ¿Y ha descubierto algo? -preguntó Myron.

Jake no contestó. Examinó las fotos de los clientes que había en la pared, agachándose y entrecerrando los ojos.

– He oído hablar de esta gente -dijo-, pero no son superestrellas.

– No, no son superestrellas.

– No son como Christian Steele.

Myron se sentó y apoyó los pies sobre la mesa.

– ¿Todavía sigue pensando que fue él quien mató a Nancy?

– Digamos que Christian ya no es nuestro principal sospechoso -dijo Jake tras hacer un movimiento con los hombros, como encogiéndolos.

– ¿Y entonces quién?

Jake se alejó de la pared de los clientes y se sentó en la silla con las piernas cruzadas.

– He estado hurgando en el homicidio de Adam Culver y he descubierto algo interesante. Parece ser que la policía se centró exclusivamente en la escena del crimen y nada más. Estaban convencidos de que había sido víctima de un acto de violencia callejera. Yo, sin embargo, he seguido un camino distinto. He sondeado el barrio de Culver en Ridgewood. Un lugar muy bonito. Muy blanco. No hay ni un solo hermano negro. Usted ya habrá estado por allí, supongo…

Myron asintió.

– He hablado con un tipo que vive a dos casas de los Culver. Me ha dicho que la noche en cuestión estaba paseando a su perro y que no está seguro de a qué hora fue, pero supone que hacia las ocho, más o menos. Según dice, oyó una fuerte discusión procedente del interior de la casa de los Culver. Un follón tremendo. Dice que no había oído nunca nada como aquello.

Era tan grave que dice que estuvo a punto de llamar a la policía, pero que no le gusta meterse en los asuntos de los demás. Llevaban veinte años siendo vecinos y todo eso. Así que no le dio más importancia.

– ¿Se enteró de qué iba la discusión?

– No -dijo Jake haciendo un gesto negativo con la cabeza-. Sólo oyó gritos. De Adam y Carol.

Myron pensó en ello todavía recostado contra el respaldo de su silla. Adam y Carol Culver habían discutido varias horas antes del asesinato de Adam. Myron intentó relacionarlo con alguno de los otros elementos del caso que ya conocía y, por primera vez, vio que las cosas empezaban a encajar.

– ¿Qué más ha descubierto? -preguntó Myron.

– ¿Sobre el asesinato de Adam Culver? Nada más.

Silencio.

– Se encontraron varios pelos en la escena del crimen de la casa de Nancy Serat -prosiguió Jake-. En su cuerpo. Más concretamente, en la mano de Nancy.

– ¿Como si se los hubiera arrancado al asesino? -preguntó Myron irguiéndose en su asiento.

– Tal vez -dijo Jake-, pero analizamos los pelos en nuestras instalaciones y esta mañana nos lo han confirmado desde John Jay. Los pelos pertenecen a Kathy Culver.

Myron se quedó petrificado, incapaz de articular palabra.

– Teníamos algunos cabellos de ella archivados -continuó Jake-, por si acaso encontrábamos un cuerpo o queríamos analizar un lugar. Los sacamos de su peine, en la universidad. Se han llevado a cabo todos los análisis comparativos posibles en los dos laboratorios y a ninguno de ellos le cabe la menor duda. Pertenecen a Kathy.

Myron negó con la cabeza. Se sentía mareado. En el interior de su cabeza, el robot de Perdidos en el espacio no paraba de gritarle: «¡No es computable!» una y otra vez.

– ¿Se le ocurre algo al respecto, Myron?

– Lo mismo que a usted, seguramente.

– Lo que dijo Christian.

– «Ya es hora de que las hermanas vuelvan a encontrarse» -dijo Myron repitiendo las palabras de Christian.

– Sí. Ahora todo cobra un nuevo significado, ¿verdad?

– Pero sigue sin explicarlo todo -dijo Myron-. Supongamos que Kathy Culver está viva. Supongamos que Nancy Serat lo sabe. ¿Por qué Kathy querría matarla?

– Kathy perdió los estribos. Quiero decir, primero todo ese pasado tan extravagante. Luego se enamora de un tipo. Después le hacen chantaje. Luego la violan en grupo. El decano le vuelve la espalda. Le da un ataque. Sufre una crisis nerviosa. Huye. A lo mejor se lo dice a Nancy Serat, a lo mejor no, pero sea como sea, Nancy se entera. Nancy organiza un reencuentro, probablemente sorpresa, entre hermanas. Kathy llega pronto y no le gusta la sorpresa de Nancy.

– ¿Y la mata?

– Podría ser -dijo Jake-. Kathy ha perdido la chaveta. No quiere que la encuentren. Joder, si es que a lo mejor mató a su padre por la misma razón. Está loca de atar. Tal vez quiera vengarse por algo. De su padre, de su mejor amiga… o hasta de Christian y del señor Gordon y de todos a quienes les enviase esa estúpida revista.

A Myron no le convencía nada todo aquello.

– ¿Y entonces qué hay de la discusión entre Adam y Carol? ¿Qué tiene que ver eso con todo lo demás?

– Y yo qué sé -respondió Jake-. Todo lo que le acabo de decir se me ha ido ocurriendo sobre la marcha. Quizá la discusión fue una coincidencia. Puede que Adam estuviera nervioso porque estaba a punto de ver a su hija. O puede que la madre sepa más de lo que nos ha contado.

Myron se quedó pensando sobre todo aquello. No estaba nada claro, pero la última parte tenía sentido. Tal vez Carol Culver sí supiera más de lo que les había contado. De hecho, era más que probable. Myron incluso tenía una ligera idea de lo que ocultaba.

Había llegado el momento de hablar con Carol Culver.

Capítulo 41

Myron aparcó delante de aquella casa de estilo Victoriano de Heights Road en Ridgewood que conocía tan bien. La duda se apoderó de él. Debería habérselo contado a Jessica, aunque también era cierto que había cosas que una mujer era más probable que confesase a un conocido que a una hija. Y aquélla podía ser una de ellas.

Carol Culver le abrió la puerta. Llevaba un delantal y unos guantes de goma industrial. Sonrió al verlo, aunque sus ojos no acompañaron a la sonrisa.

– Hola, Myron.

– Hola, señora Culver.

– Jessica no está en casa.

– Ya lo sé. Querría hablar con usted, si tiene un momento.

Carol no dejó de sonreír, pero durante un instante su cara reflejó preocupación.

– Pasa -dijo-. ¿Te apetece algo de beber? ¿Un té, tal vez?

– Sí, muchas gracias.

Myron pasó adentro. Jessica y él no habían estado mucho en esa casa durante el tiempo que habían salido juntos. Unas vacaciones o dos, pero ya está. A Myron nunca le había gustado esa casa. Tenía algo de sofocante, como si el aire fuera demasiado denso para poder respirar bien.

Se sentó en un sofá que estaba más duro que un banco de parque. La decoración tenía un aire solemne, consistente en multitud de objetos religiosos, muchas vírgenes y cruces y pinturas de pan de oro. Aureolas y rostros serenos mirando hacia el cielo.

Dos minutos más tarde volvió Carol sin los guantes ni el delantal, pero con té y galletas de mantequilla. Era una mujer atractiva. No se parecía mucho a sus hijas, aunque Myron había distinguido puntos de parecido en ambas: la postura firme de Jessica y la tímida sonrisa de Kathy.

– ¿Cómo te ha ido todo este tiempo? -preguntó Carol Culver.

– Bien, gracias.

– Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vimos, Myron.

– Sí.

– ¿Tú y Jessica estáis…? -preguntó aparentando vergüenza como solía hacer a menudo-. Lo siento, no es asunto mío.

La madre de Jessica le sirvió té. Myron tomó un sorbo y le dio un mordisco a una galleta. Carol Culver hizo lo mismo.

– Mañana por la tarde es el funeral -dijo Carol-. Es que Adam donó el cuerpo a una facultad de medicina, ¿sabes? El alma era lo más importante para él. El cuerpo no era más que materia sin valor. Supongo que es algo que forma parte de ser patólogo.

Myron asintió en silencio y tomó otro sorbo de té.

– En fin, este tiempo no hay quien lo entienda -añadió Carol cambiando de tema mientras sostenía una sonrisa angustiosa-. Hace tanto calor por la calle… Si no llueve pronto senos secará todo el césped de delante. Y eso que hace tres meses tuvimos que pagar para que lo replantaran…

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