Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
«La obligatoriedad de prevención que en esencia conlleva responsabilidad y afecta solamente a los casos de riesgos no razonables» -escribió el juez Neuberg cuando el enorme reloj que tenía frente a él marcaba las dos de la mañana- y recordó también el factor de la presencia física, destinado a resolver que una persona será responsabilizada de negligencia solamente en los casos en los que se encuentre presenciando el hecho de facto y es de obligado cumplimiento. «Si no intenta impedirlo» -escribió-, «será de su completa responsabilidad». Sintiendo un especial placer citó -completamente consciente de que se apartaba de toda norma establecida, porque ningún juez citaba sino a los de rango superior al suyo propio- la opinión de un juez de primera instancia que en su momento había sido alumno suyo y que explicaba como nadie el término de la expectativa normativa, que desde el principio la había relacionado el jurista con el deber aprehendido y cuya finalidad esencial era la de reducir la responsabilidad en relación con los riesgos ocultos que se encuentran en una observación técnica y eliminar el asunto de la negligencia en el aspecto concreto de todos los riesgos plausibles. El juez de primera instancia recalcaba que «siempre que exista observación técnica, precepto de obligado cumplimiento, debe la observación normativa examinar los límites del alcance de la responsabilidad».
A las cuatro de la mañana, cuando llegó a la valoración de la medida de la negligencia y de sus consecuencias en el caso concreto que tenía delante, y a la presentación de la personalidad del acusado y de su pasado, a la descripción de las especiales circunstancias en las cuales fue cometido el delito, y señaló que sería necesario considerarlas todas, porque también era común considerar esos razonamientos en la determinación de las penas a los soldados que el tribunal militar había dictaminado imponer por delito de negligencia cometido durante y como consecuencia de su estancia en el ejército, empezó a notar un desasosiego desconocido en él, el desasosiego de la duda. De repente se toparon sus ojos, que andaban vagando en una y otra dirección, con el volumen Fundamentos del Código penal, de Sh. Z. Peler, que colocado con descuido sobresalía de la fila de libros en uno de los estantes de la librería. Se levantó con desgana, tomó el volumen entre sus manos y estuvo hojeándolo mientras miraba a la vez hacia el gran ventanal, tan oscuro, para después regresar al pesado libro, y vuelta otra vez. De vez en cuando sus ojos atrapaban fragmentos de frases como «la relación de dependencia de la preparación de un delito tipificado», o «la correlación, en caso de que ésta se dé, entre "el delito de negligencia civil" y el término "negligencia" en el terreno criminal». Hasta que por fin encontró lo que en realidad buscaba, los artículos que recordaba vagamente acerca del lugar que ocupa el componente psíquico en la estructura del delito, volvió a leer con gran esfuerzo las líneas sobre «el componente psíquico como eslabón de unión entre el ejecutante y la acción desde el punto de vista de los valores», y volvió a leer unas cuantas veces más el artículo que dice que «el comportamiento antisocial del delito emana exclusivamente del hecho de haber sido cometido desde una relación subjetiva que conlleve la clase de culpabilidad necesaria para constituirse en delito». Finalmente, su dedo se deslizó rápidamente a lo largo de dos líneas en las que se decía que «el patrón de componente psíquico… se encuentra supeditado a la regularidad en su relación subjetiva con la persona para con el plano de la obligación y el plano del deseo…». Después cerró el libro de golpe, consciente de lo asqueado que ya estaba.
Ahora lo que se proponía era escribir sobre las normas tan enraizadas en el Tsahal que determinan que se debe ser extremadamente meticuloso en lo referente a las normas de seguridad exigidas durante la instrucción y los ejercicios prácticos, y sobre la igualdad que existe entre los fundamentos cuya existencia se establece como condición para la constitución de un delito de negligencia según el artículo 304 del Código penal, y los componentes de la falta de negligencia según la pena por daños, y explicar también que la jurisprudencia en «el paraguas civil», adoptada por la Ley de enjuiciamiento criminal en lo referente a los delitos de negligencia, se refiere a los criterios que rigen para una persona «razonable», o «civilizada», o «corriente» o «racional». Sobre todo eso se proponía escribir ahora, pero en lugar de eso se encontró a sí mismo observando fijamente una ficha marcada en una de las esquinas con un círculo rojo y en otra esquina con el número 7 anotado, por encima de la cita minuciosamente copiada del libro del profesor Sh. Z. Peler. Ante sus ojos se erigió la locución «el modelo abstracto de una persona con potencial intelectual y capacidad perceptiva media», destinada a definir a la persona razonable. Debajo de esa ficha descubrió el margen de la siguiente, que también estaba marcada con un círculo rojo y que contenía, lo recordaba muy bien, las citas del libro de Levi y Lederman Fundamentos de responsabilidad criminal, y de Y. Kedmi, de su obra Sobre derecho criminal. Primera parte: ampliaciones y actualizaciones. Se vio acometido por una horrible sensación de derrota e impotencia, así es que retiró aquellas fichas y las dejó en el lugar más apartado de la mesa. El placer de verse ocupado en asuntos jurídicos fundamentales, que siempre había sido su destino durante aquellas noches, lo había abandonado por completo, porque notaba que sus pensamientos vagaban por otros derroteros.
El juez Neuberg se levantó y fue hasta la taquilla de metal para sacar de ella la botella de coñac que tenía allí guardada para los momentos en que sentía, después de un fructífero rato de trabajo, que se merecía una copa. Esta vez tenía la esperanza de que el coñac lo ayudara a volver a la senda tan amada y segura de siempre, y es posible que su deseo se hubiera visto colmado si no hubiera vuelto a leer, sin proponérselo de antemano, la carta de Rajel Avni. Esa carta, que creía haber roto y cuya existencia se había borrado ya de su mente, resultaba que ahora, ahí, completamente por casualidad -para los que crean en las casualidades-, había caído en sus manos, literalmente, al abrir la taquilla metálica, que estaba llena a reventar, e intentar sujetar, dando un nervioso resoplido, un montón de papeles que acabó por caerse al suelo. Completamente abstraído, le echó una mirada a algunas de las hojas amarillas que se le habían quedado en la mano, y al resultar que eran las cuatro cuartillas de aquella carta, volvió con ellas a su butaca y se sentó para leerlas de nuevo.
Y no es que hasta ese momento se hubiera visto libre de pensar en Rajel Avni. Al contrario, pues cuando había retirado un grupo de fichas para coger el siguiente, se le interpuso el rostro abatido de ella en la mente; el recuerdo de aquella desesperación al sujetarlo por el brazo y su voz al hablarle esa vez, allí de pie, desde fuera del coche, y todo eso le había martilleado el pensamiento repetidas veces y también ahora, durante esa noche, aunque lo había expulsado fuera de sí una y otra vez, cerrándose a él para no permitir que se le abrieran otros frentes de reflexión que le impidieran concentrarse en lo que, a su parecer, era la cuestión central del asunto. No se molestó en cuestionarse si también ahora debía anteponer a cualquier otra cuestión el tema por el cual se encontraba allí esa noche. Igualmente se negó a considerar que pudiera encerrar algún significado oculto el hecho de haber encontrado la carta de Rajel Avni, porque no en vano se consideraba un hombre racional, y tan sólo lo asustó por un momento el poder de la casualidad, tan caprichosa, que lo había obligado a volver a sentarse a su escritorio para leerla por segunda vez.