Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
– Menos honor tendrá todavía si nos callamos -estuvo de acuerdo el mayor Weizmann-. ¿Y nosotros? ¿Qué imagen vamos a dar? ¿Qué somos, un laboratorio judicial? ¿Es que no vamos a ver más allá de los hechos concretos?
– No estoy dispuesto a entrar en el tema de la comisión de investigación, el asunto ese de la versión primera que fue luego cambiada -advirtió el teniente coronel Katz-. Eso no ha quedado demostrado y además no tiene nada que ver.
– Ya lo creo que tiene que ver, ¡y cómo! -dijo el mayor Weizmann, y apretó tanto los labios que la cicatriz palideció por completo-. Si no se trata el asunto, lo haré yo solo, aunque sea como opinión mía propia, porque también existe la posibilidad de expresar en la sentencia la opinión del que queda en minoría.
– Quiero hacerles una propuesta -dijo el juez Neuberg, esforzándose por poner cara de haber tenido una idea repentina-. ¿Qué les parece que escribamos la resolución de la sentencia, es decir, que yo la escriba, con lo que acordemos entre todos, que la culpabilidad del acusado ha sido probada…?
– ¿Cómo que «el acusado»? ¿No eran «los acusados»? -preguntó el teniente coronel Katz.
El juez Neuberg ahogó un suspiro de impaciencia:
– Después del alegato, no tenemos más que un acusado. El teniente Lior, que ha confesado, es ya culpable, y solamente la sentencia que dictemos al final se referirá a los dos juntos como dos acusados. En la fase anterior, en la resolución de la sentencia, hay que distinguir entre una cosa y otra, pero volviendo a lo que estábamos tratando, les propongo que sea yo quien escriba el texto y ustedes, por supuesto, podrán leerlo después y solicitar que se modifique o que se añada lo que consideren. Todo será debatido y cada uno de nosotros podrá modificar o añadir o hacer observaciones. ¿Qué dicen ustedes?
– Los tres estamos de acuerdo en la culpabilidad -dudó el teniente coronel Katz-, pero no en la condena.
– La sentencia será escrita y entregada después de la resolución -advirtió el juez-. A causa del alegato y de la confesión del teniente Noam Lior, ha surgido la idea de los trabajos para la comunidad o podemos considerar la libertad condicional, pero eso tenemos que debatirlo.
– La ley dice que una pena de prisión de hasta tres años -le recordó el teniente coronel Katz-. No sé, lo que habría que hacer es rebajarlos de categoría.
– ¿Degradarlos a la categoría inmediatamente inferior? -le preguntó el juez Neuberg con precaución.
– No -dijo el teniente coronel Katz con un suspiro, después de pensarlo un momento-. A soldado raso. Es horrible lo que pasó; en mi opinión, a soldado raso. Los dos. No pueden seguir siendo oficiales. No están capacitados para dar órdenes. En mi opinión -acto seguido elevó la voz y dijo-: Lo que hay que hacer en realidad es licenciarlos de forma inmediata y que abandonen el ejército, y habría que condenarlos también por comportamiento inadecuado.
– En el momento del alegato el fiscal accedió a que se eliminara esa acusación contra el acusado primero -se apresuró a recordarle el mayor Weizmann.
– Pues habrá que formularlo de otro modo -dijo con desdén el teniente coronel Katz-. Está muy claro que él no puede ser oficial, sobre todo por el asunto de las esposas, del que se ha hablado varias veces cuando se ha dicho que el teniente Noam Lior intentó convencerlos de que no se las pusieran.
El juez Neuberg miró al mayor, que indicaba que no con la cabeza, visiblemente contrariado, y dijo:
– Yo no veo ninguna necesidad de meterlos en la cárcel, porque no van a volver a cometer ese delito, y no se trata de unos criminales en el sentido habitual de la palabra.
– ¿Y una condena disuasoria? -preguntó el teniente coronel Katz-. ¿No habría que advertirlos?
– Este juicio ha servido ya de disuasión -dijo el mayor-, especialmente si se menciona en la resolución la responsabilidad que tuvieron el comandante de la base y el comandante de la escuadrilla.
– La señora Avni dijo que también hay que inculpar al capitán general del Ejército del Aire y al jefe del Estado Mayor -le soltó el teniente coronel Katz-, a ellos también hay que llevarlos a juicio, porque lo dijo esa señora.
– Si usted estuviera en su lugar también lo desearía -le dijo el mayor Weizmann en voz baja-. ¡Que no nos tengamos que ver en su piel! Perdone, pero no entiendo cómo puede usted hablar así de una madre que ha perdido a su hijo. No ha sido ella la que ha influido en mí, sino las declaraciones que he oído.
– ¿Y podremos modificar lo que usted haya escrito? -le preguntó el teniente coronel Katz con desconfianza.
– Lo que consideren oportuno -le prometió el juez Neuberg-, y debatiremos cada problema que pueda surgir.
11
Años de experiencia no le habían enseñado al juez Neuberg a identificar la intranquilidad que lo asaltaba durante los días que precedían a la redacción de la resolución judicial. Ni él mismo sabía que ese desasosiego y el hecho de encerrarse en sí mismo, el modo en que captaba el mundo de fuera, como un zumbido turbio y molesto y, con todo, el estado de alerta casi sobrenatural de todos sus sentidos, como si se encontrara bajo los efectos de una droga, tenían su origen en el estado psíquico y en la tensión que le provocaba el hecho de ir aproximándose el momento de tener que ponerse a escribir. A pesar de que sus resoluciones judiciales y sus sentencias definitivas habían sido utilizadas ya como precedentes, y aunque las enseñaban en las facultades y los estudiantes las estudiaban a conciencia, de entrada, nunca estaba seguro de que de nuevo fuera a ser capaz de formular la próxima resolución de un juicio, que fuera a poder dar importancia a las cosas en su justa medida, o extraer de la frase un significado que sobrepasara los límites de su contexto momentáneo y concreto. Aunque comprendía que ninguna gran catástrofe iba a suceder si alguna vez llegaba a escribir una resolución simplemente correcta, que se refiriera exclusivamente a aquel caso particular, que se limitara a lo tratado en el juicio, la sensación que lo amenazaba de haber perdido una oportunidad, no lo dejaba reconciliarse con esa posibilidad en la que, en realidad, veía un resbalón. Y no porque persiguiera el honor y la gloria, sino por la profunda fe que tenía en el poder de las resoluciones para dar una victoria a la razón, en la que veía la única materialización posible del «bien». Las resoluciones, si se encontraban redactadas debidamente, de eso estaba el juez Neuberg seguro, permitían realmente una visión amplia y global, casi divina, de las pequeñeces del día a día. Por eso, siempre cada vez, dedicaba todas las energías de su espíritu y de su mente a escribirlas, sumergiéndose en ellas por completo. Unos días antes de que acometiera el trabajo de la escritura propiamente dicho, se encontraba ya sumido en una actitud de despiste hacia todo lo exterior, pero extremadamente atento a los pajarillos lingüísticos que revoloteaban en su interior en forma de expresiones y términos jurídicos, que cantaban en su cabeza todo el día al ritmo del ruido del motor de su coche.
Esta vez se trataba de fragmentos de oraciones como «delito por omisión en relación con la pena por daños» y «la relación entre los aspectos físicos y los aspectos normativos», que no lo dejaban en paz y que ya llevaban molestándolo unas cuantas semanas, sobre todo por las noches, antes de dormir. Y cuando finalmente conseguía conciliar el sueño, se despertaba a medianoche, saltaba de la cama a la librería, y sacaba de ella los tratados de derecho que tenía en casa, porque le parecía haberse acordado de algo que le sería de gran provecho para la formulación de la resolución. Como asaltado por un frenético ataque de locura, rebuscaba en los libros pasando las hojas a toda velocidad -a veces se sorprendía al descubrir que recordaba algún lejano precedente relacionado con el asunto del juicio- y, mordiéndose los labios, garabateaba todo tipo de anotaciones en unos papelitos cuadrados de colores que su mujer dejaba junto al teléfono para apuntar los recados. Después se volvía a la cama de puntillas, para no perturbarle el sueño a su mujer, y todavía durante un buen rato seguía dándose la vuelta una y otra vez en su intento por encontrar la postura que le permitiera relajar el cuerpo, tan tenso que hasta le dolía, y la mente, que trabajaba febrilmente sin descanso. Por la mañana, mientras desmigajaba las rebanadas de pan del desayuno y las amasaba entre los dedos hasta convertirlas en bolitas, revisada los papelitos de colores de la noche, esforzándose por descifrar aquellos garabatos que parecían haber sido escritos por las manos de un sonámbulo que hubiera intentado dejar constancia de sus sueños a medianoche.