Gente de barro [Kiln People - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-666-1302-1
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Gente de barro [Kiln People - es]». Краткое содержание книги:
David Brin, galardonado ya con diversos premios Nebula y Hugo, utiliza una narración detectivesca, del tipo hard-boiled, para mostrar las complejidades de una sociedad en la que existe una curiosa versión de los “replicantes” del Blade Runner cinematográfico.
Novela finalista del premio Hugo 2003.
Novela finalista del premio Arthur C. Clarke 2003.
IdKaolin se encogió de hombros.
—Se aprobó en Parsiana-Indus, el año pasado. Ya van veintiséis países, y las Argentinas votan cl traes que viene. Para los degenerados es una tendencia preocupante, el camino a una época en que nuestros yoes adjuntos sean más tranquilos y mejores de lo que somos nosotros…
—Quiere decir asexuados y aburridos…
—… que contribuyan a elevar la humanidad en vez de a hundirla —terminó de decir Kaolin, dirigiendo a idPal una mirada que daba por zanjada la discusión. Y mi pequeño amigo captó la indirecta esta vez. O tal vez lo distrajo la llegada de nuestro coche, entregado por un amarillo de rostro inexpresivo cuya única tendencia de personalidad era una suave melodía que canturreaba mientras me abría la puerta del conductor y cuando se marchó corriendo a tomar un taxi que lo llevara de vuelta a la sede de HU.
Ajusté el asiento del conductor y Kaolin Platino me dio un portáfono con un número seguro al que llamar, si ocurría algo especialmente urgente. De lo contrario, tenía instrucciones de enviar un informe dictado a su buzón de alta prioridad cada tres horas, para un resumen-transcripción automático.
Estaba a punto de cerrar la puerta cuando el pequeño idcomadreja de Pal saltó de mi hombro al de Kaolin. El golem plateado dio un respingo mientras idPal se acomodaba alrededor de su cuello.
—Una textura increíble —comentó el diminuto ídem—. Muy realista. Me estaba preguntando…
Pareció a punto de darle un beso a Kaolin. Luego, sin previo aviso, ¡se giró y hundió los dientes en aquel cuello titilante, justo por encima de la camisa!
De las heridas gemelas manó una pasta densa.
—¿Qué demonios? —Kaolin lanzó un puñetazo rabiando de dolor que ideal esquivó fácilmente saltando por la ventanilla abierta del coche para caer en mis brazos. Lamiendo la sangre brillante de sus mandíbulas, escupió con disgusto.
—¡Barro! Puaf. Vale, es falso, después de todo. Pero tenía que comprobarlo. Podría haber estado fingiendo serlo.
Era típico de Pal. Las figuras autoritarias despiertan lo peor de él. Me apresuré a calmar a nuestro cliente.
—Lo siento, señor. Uh… a Pal le gusta ser concienzudo. Y tiene usted que admitir que este cuerpo es asombrosamente realista. 1dKaolin se irritó aún más.
—¿Y si hubiera estado disfrazado? ¡Esa maldita cosa podría haberme lisiado! ¡Además, no es asunto suyo cómo decido presentarme! Tengo buena memoria para…
Se detuvo bruscamente, tomando aliento. Las laceraciones dejaron de manar al cabo de un par de segundos y se convirtieron en una dura costra de cerámica. Entre ídems, aquello era una minucia, después de todo.
—Oh, salgan de aquí. No me vuelvan a molestar a menos que descubran algo interesante.
—¡Gracias por tina visita encantadora! —respondió Pal alegremente—. Dele mis saludos a su arqueti…
Salí pitando de allí, interrumpiendo la frasecita de idPal. Al dejar atrás la puerta principal e internarnos en el tráfico, dirigí una aguda mirada de desaprobación a mi compañero.
—¿Qué? —el rostro de hurón me sonrió—. ¡Dime que no sentías curiosidad al ver aun golem tan realista! ¡Se cuentan tantas historias! Y nadie ha visto a su archi desde hace años.
—La curiosidad es una cosa, Pal…
—¿Una cosa? Eh, a estas alturas es el único motivo que rengo para continuar, ¿sabes?
Lo sabía, ay. Aunque me habían concedido una ampliación (el doble de tiempo de vida que esperaba tener el día anterior, cuando salí del horno) un día sigue siendo sólo un día. Para un frankie o para un fantasma.
¿Qué podía conseguir en ese tiempo? Tal vez un poco de justicia. O un poco de venganza sobre los villanos que asesinaron al pobre Albert. Esos logros pueden ser satisfactorios. Pero no te los llevas más allá del tanque de reciclado.
La curiosidad, por otro lado, es atemporal. Ningún plazo de entrega la suprime. Hay cosas peores por las que puede vivir un hombre, haya nacido de mujer o de barro. Te sostiene, pase lo que pase, sin Importar cuánto te falle la suerte.
—Por cierto, Albead, ¿viste la cara del pellejudo cuando lo mordí?
—¡Demonios, sí, la vi! Pequeño… —Sacudí la cabeza. La imagen del vanidoso semblante de Kaolin todavía surcaba la capa espumosa de mi Onda Establecida. Aquella expresión de sorpresa y afrenta era… Ridícula.
No pude evitar echarme a reír. La risa se apoderó de los dos mientras me saltaba un semáforo en ámbar, incurriendo en otra infracción de cuatro puntos que sumar a la cuenta de gastos de HU. El júbilo se combinó con la burbujeante sensación de renovación que aún permeaba mi revitalizada carne de barro. ¡Me hizo sentirme más vivo que… bueno, que en horas!
—Muy bien, pues —dije por fin, tratando de concentrarme en la conducción. Estábamos en Ciudad-real y podría haber niños cerca. No era momento para desatender el volante.
—Vamos, Pal. Veamos qué está pasando en el garito de Irene.
Lo que estaba pasando era la muerte.
Una multitud se arremolinaba cerca de la entrada del Salón Arco Iris. Todo tipo de ídems de colores chillones (especializados y modificados en casa para el placer o el combate ritual) se agitaban y murmuraban confundidos. Cerraban la entrada a su garito favorito lazos de cinta que titilaba con ritmos que lastimaban los ojos, enviando mensajes disuasorios directamente a las fibras goleen que formaban sus cuerpos de barro.
Una roja de formas femeninas estaba apostada en la entrada. Llevaba gafas oscuras. Explicó pacientemente mientras idPal y yo nos acercábamos:
—Déjenme que se lo repita. Lo siento, pero no pueden entrar. El club tendrá pronto una nueva dirección. Hasta entonces, deben buscar otro lugar donde conseguir sus frenéticos placeres.
La examiné. Sus exageradas curvas parecían gritar camarera descocada, mientras las agujas retráctiles bajo sus uñas indicaban la capacidad de un portero para mantener el orden, si los clientes se ponían farrucos. Tenía que ser una de las abejas de itere, el ser colonial cuya descripción oímos en el diario recitado del grisAlbert. Encajaba con la descripción, aunque parecía cansada y agotada, obviamente haciendo acopio de sus últimas reservas de energía.
Algunos clientes se marcharon, esperando encontrar otro garito abierto a esa hora. Uno que ofreciera la misma diversión. Vi tristeza en su prisa. Sobre todo los ídems con apéndices picudos para luchar o exagerados atributos sexuales. Esa clase normalmente la hacen los adictos; yonquis de la experiencia que necesitan dosis regulares de intensos recuerdos recientes, cuanto más extravagantes o violentos, mejor. Si estos ids no llevaban a casa su mercancía, sus originales no los aceptarían. Su posibilidad de continuar-a-través-de-la-descarga depende de encontrar excitación en otra parte, en cualquier parte.
A pesar de todo, seguían llegando clientes y se quedaban por allí, esperanzados, o intentaban discutir con la portera roja. ¿Se quedarían en la puerta hasta fundirse? Por el testimonio del desdichado gris de Albert, tuve la impresión de que Irene se tomaba sus cargas muy en serio.
—Vamos a intentarlo por atrás —sugirió idPal desde mi hombro—, Según la grabación del gris, es ahí donde esta colmena tiene a su reina.
Su reina. He oído hablar de esas cosas, naturalmente. Con todo, da algo de miedo. Colmenas y- reinas, tío. Algunos dicen que todos estamos destinados a eso, tarde o temprano, por la lógica inherente a la idemtecnología.
Tiempos interesantes, sí.
—Muy bien —le dije a mi pequeño camarada—. Vamos a dar la vuelta y a echar un vistazo.