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El peso de la prueba

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– Bien -respondió Margy cuando él le preguntó cómo había ido el viaje-. Bonito hotel -añadió ella-. Dormí bien. -Una declaración inocente pero llena de implicaciones: todo estaba olvidado, perdonado, borrón y cuenta nueva. Margy sabía fingir que nada había ocurrido. Stern sospechó que lo había hecho muchas veces. A pesar del torbellino interior, las reverberaciones no tocaban la superficie. Llevaba un traje de seda y una blusa naranja con una corbata enorme. Había entrado en la oficina de Stern con un gran maletín y una bolsa de ropa colgada al hombro, y había tenido el buen tino de tender la mano, con sus largas uñas rojas, mientras la secretaria estaba presente, de modo que ninguno de los dos se sintió incómodo ante la oportunidad de un saludo más íntimo. La mujer de negocios de Oklahoma, resuelta y tranquila. Hola a todos.

Detrás del escritorio de cristal opaco, Stern le describió el plan del día. Ambos tomaron café. Juntos estudiarían los documentos que el gobierno había solicitado e intentarían adivinar las preguntas de Klonsky. Luego irían a la fiscalía, donde Klonsky interrogaría a Margy a fin de prepararla para comparecer ante el gran jurado, lo cual sería poco después.

– ¿Tengo que hacer eso? -preguntó Margy-. ¿Sentarme a hablar con ella?

– No, pero forma parte de la rutina. Es conveniente para ambas partes. No se me permite entrar en la sala del gran jurado, así que en una entrevista sabremos de antemano qué se trae entre manos el fiscal y yo tendré la oportunidad de ayudar en puntos problemáticos. Klonsky, a su vez, descubrirá qué preguntas no le conviene hacer de forma oficial.

– Entiendo.

Margy estaba satisfecha.

Preguntó por dónde quería empezar y él señaló el maletín.

– La parte difícil -comentó Margy con una sonrisa.

– ¿Algún problema? -preguntó Stern.

No le gustaba cómo sonaba eso. Dejó la taza de café y sacó la citación de la carpeta. Margy extrajo los cheques que el gobierno había solicitado: todos los extendidos durante los primeros cuatro meses del año por cantidades que excedieran los doscientos cincuenta dólares. Los tenía sujetos en nueve fajos, cada uno del tamaño de un ladrillo, y los cortes laterales presentaban el contorno estriado de un pez.

– ¿Qué harán con esto?

– Supongo que están buscando fondos transferidos a Dixon. ¿Hay alguna prueba de eso?

– Claro. Muchas. Salarios. Bonificaciones.

– ¿Algo más?

– Nada.

– ¿Las compañías o las cuentas que él controla recibieron algo?

– Nada -respondió Margy.

Bien, pensó Stern. Ojeó los fajos, más que nada para sentir el contacto de los cheques. Ella había preparado dos copias, una para Stern y otra para ella, y un empleado había puesto un sello de identificación en cada uno. A Margy no había que enseñarle nada dos veces.

Stern se refirió de nuevo a la citación. Como muchos de los documentos ya estaban allí, la semana anterior él se había encargado de reunir los registros de transacciones que habían pedido los fiscales. Los demás documentos habían ido a la oficina de Stern, y él examinó cada pila y volvió a poner donde los había encontrado los albaranes de pedido que el gobierno sin duda buscaba: los cincuenta o sesenta que había rellenado John. El fajo de documentos, con copia y numeración, como los cheques, esperaba ahora en un maletín blanco. Se los mostró a Margy y luego pidió a Claudia que hiciera entrar a uno de los jóvenes, quien entregaría los documentos en la sala del gran jurado antes de que ellos llegaran.

Stern leyó en voz alta el último requerimiento del gobierno acerca de la cuenta de Wunderkind.

– Ahora viene lo extraño.

Margy sacó un sobre del maletín que tenía en el regazo.

Maison Dixon, como muchas empresas, usaba lo que se llamaba una declaración firme, en la cual se consignaban las compras, ventas, confirmaciones, requerimientos y posiciones marginales. El ordenador escupía un formulario que se enviaba al cliente cada vez que la cuenta se utilizaba. La segunda hoja del formulario quedaba en MD y se microfilmaba. Cuando abrió la carpeta, Stern se sorprendió al descubrir declaraciones originales que tenían que haber ido a Wunderkind.

– Es extraño -repitió Margy-. Mira la dirección.

Los documentos decían «Wunderkind» en la parte superior y «(RETENER)». Stern preguntó qué significaba.

– Retener. Ya sabes. «No lo envíes por correo, yo lo recogeré.»

– ¿Es normal?

– A veces. Un tío se está divorciando y no quiere que la esposa cuente todo lo que él tiene. O cree que el Servicio Fiscal Interno le examina la correspondencia. O no se fía del cartero del vecindario. Hay muchas razones para ello.

Stern asintió.

– ¿Nadie recogió éstas?

– Estaban en la carpeta.

– ¿Cuenta de Chicago?

– Kindle -dijo ella-. 05. -Señaló el número de cuenta-. Greco los encontró.

– Extraño -admitió Stern.

– Oh, lo raro no es eso.

– ¿No?

– Míralos.

Stern miró y como de costumbre no descubrió nada.

– Mira la actividad. Mira el balance. ¿Recuerdas? En esta cuenta él pone todo el dinero que gana con las ventas adelantadas. Pensé que él extraería las transferencias, haciéndonos preparar un cheque tras otro. Ya sabes: toma el dinero y corre.

Pero no era eso lo que había ocurrido. Las declaraciones describían movimientos frecuentes, dos o tres al día. No había una concentración inusitada de operaciones. Chuletas. Plata. Guisantes. Azúcar. Yenes. Eran los favoritos, pero todos operaban con frecuencia, a veces con varios movimientos al día. Stern leyó hasta el final de febrero de ese año.

– ¿Dixon perdió dinero? -preguntó Stern.

– No sólo un poco -explicó Margy-. Todo. No hubo un solo céntimo robado que no terminara de vuelta en el mercado. Demonios, no sólo perdió eso. Perdió más. Mira la última declaración.

Stern volvió de nuevo las páginas. En la declaración final, en letra negrita, había un saldo negativo de más de 250.000 dólares. Operando en forma marginal -pidiendo prestado dinero de la empresa para poner en las transacciones más de lo que se había invertido en la cuenta- siempre era posible perder grandes cantidades deprisa, y aquí le había ocurrido a un acaudalado. Todo había ido a parar a contratos de azúcar, que habían caído en picado cuando el mercado enloqueció en febrero. Cuando Wunderkind logró zafarse, la pérdida era enorme, un cuarto de millón de dólares más que el depósito que había tenido en la cuenta.

– ¿El saldo negativo se liquidó? -preguntó Stern.

– Eso dice la declaración. Los 250.000 pavos. Nunca supe nada sobre eso.

– ¿Tendrías que haber estado al corriente?

– Ya lo creo -replicó Margy, irguiéndose en la silla- ¿Un saldo negativo de más de cien mil? O yo me entero o va directamente a Dixon desde contabilidad.

– Ah -dijo Stern.

Se preguntó si era así. Dixon tal vez podía liquidar de un plumazo la deuda de un cliente, pero la declaración mostraba recepción de fondos.

Stern miró los documentos y con su habitual afán de comprender todos los detalles repitió cada paso en voz alta, mientras Margy asentía. El hombre había efectuado pedidos antes que los clientes, una infracción grave. Para ocultar esto, se usaban números de cuenta erróneos, y las transacciones, consideradas como equivocaciones, se trasladaban a la cuenta de errores de la compañía, donde se acumulaban pingües beneficios de decenas de miles de dólares por cada par de operaciones. Luego, para obtener el control de estas ganancias ilegales, el hombre había efectuado pedidos adicionales, cometiendo de nuevo errores deliberados en la información de la cuenta. El resultado era que la cuenta de errores pagaba la operación. Posteriormente, la nueva posición se desplazaba mediante varios ingresos contables a esta nueva cuenta.

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