El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
– ¿Klonsky? -preguntó Stern-. No había oído ese nombre.
– Es mi apodo. Todos le ponen un apodo. Está allí por culpa mía, ¿sabes? Yo la contraté antes de irme de la oficina. Es decir, Stan la contrató, pero yo la entrevisté. Pensé que tenía agallas. ¿Entiendes?
– Sí -respondió Stern.
Sabía a qué se refería.
– Pero no creo que haya llegado muy lejos. ¿Cuál es la palabra? Ambivalente. No logran que tome decisiones. Siempre se lava las manos. Pero tiene sus puntos buenos. Una mujer bonita todavía tiene una gran ventaja frente a un jurado, ¿no crees?
– Tal vez- masculló Stern.
Mel continuó. Sin duda tenía poco interés en hablar de John.
– En realidad, debería responsabilizarte a ti por contratarla. Yo digo que está allí por mi culpa, pero en realidad es tuya.
– ¿Mía? -preguntó Stern-. ¿Klonsky?
– Acabo de acordarme. Le pregunté por qué quería ser abogada y me contó que cuando estaba en su primer año de carrera presenció todos los días el juicio de Sabich. Le encantó verte en acción. Te describió de un modo especial. Habló de «prestidigitación», creo. Me pareció un modo elegante de expresarlo.
Ya lo creo, pensó Stern. Tooley se debía de haber desternillado de risa.
– Así que eres su ídolo, Sandy. Apuesto a que siente calores cada vez que la visitas.
– Pues no lo he notado.
– Con ella nunca se sabe. Es una persona muy emocional. ¿Ya te ha hablado de su fracasado esposo?
– No -replicó Stern, que se sentía cada vez más aliado de Klonsky. Mel sólo lograba mejorar la opinión que Stern tenía de esa mujer.
– Lo hará – advirtió Mel-. Se lo cuenta a todo el mundo. El marido es cartero. Lo digo en serio. Escribe poemas y reparte cartas. El tío se cree Omar Jayam o algo por el estilo. Parece que está más chiflado que ella. Mientras yo estaba allí no dejaba de repetir que se divorciaría de él. Ahora está inquieta porque su reloj biológico está dando la alarma. En fin -dijo Mel hartándose del tema-. Sé amable con ella, Sandy.
– Más bien al contrario -espetó Stern, tratando de decir, aun moderadamente, algo en nombre de Klonsky.
– Sin duda Sennett la vigila como un halcón.
– Así parece -dijo Stern-. ¿Puedo preguntar qué te ha dicho él?
– Nada concreto. Nada concreto. Creo que están buscando inmunidad. No estoy seguro por qué.
Stern se sintió como un insecto en medio de una tempestad. No podía preguntar mucho más. Por orgullo y por temor a lo que pudiera llegar a oídos del gobierno, era reacio a comentar sus puntos débiles en su conocimiento de la investigación. Además había otros lugares donde preguntar. Lo que John había dicho a Mel, si le había dicho algo, estaba fuera de su alcance dada la situación. Muchos abogados defensores barbotaban las confidencias de sus clientes como noticias puestas en una pizarra de informaciones, pero Stern nunca había compartido esta inclinación. En una situación de adversidad potencial, no preguntaba ni repetía las frases privadas de su cliente, y su rigor en esta cuestión ética se aceptaba como parte de Sandy Stern y su formalidad extranjera, como el seto y la cerca de hierro de algunas casas antiguas.
– Apenas empiezo con este asunto -dijo Tooley-. Quizá te llame la semana próxima, cuando esté más al corriente.
– Sí, claro -dijo Stern.
Nunca más tendría noticias de Tooley, no hasta un par de días antes de la acusación, cuando Mel describiría vagamente los factores que obligaban a John a liquidar a Dixon. Stern había hecho lo mismo en otros casos parecidos. Pero intentaba brindar a sus colegas la escasa ayuda que entretanto podía suministrarles. Stern se dispuso a cortar, revisando la lista de cosas que Tooley le había pedido. Mel, astutamente, había invertido la situación para recibir todos los datos.
– Es un buen chico -concluyó Tooley-. Tal vez no llegue a experto en informática, pero le irá bien.
– Eso espero -suspiró Stern, intrigado por el hecho de que Tooley se hubiera molestado en dar esta sombría evaluación del yerno.
– Es increíble cómo llegó a mí. Supongo que le diste un par de nombres.
– Algunos -admitió Stern.
Ni él ni Tooley abrigaban la ilusión de que Mel figurara en la lista.
– Llamó a esos tipos, pero no había nadie. Parece que tú lo asustaste. Quería conseguir un abogado deprisa. Así que llamó a todos sus conocidos y al fin tu hijo le dio mi nombre.
– ¿ Peter?
– Peter y mi hermano Alan eran amigos en la escuela secundaria. ¿Recuerdas a Alan? Tengo que llamar a Peter para darle las gracias.
Alan era un chico apuesto y simpático. Parecía imposible que el mismo hogar hubiera producido una criatura tan viperina como Mel Tooley. Stern se rascó la cabeza mientras absorbía esta novedad. ¡Peter! ¡De nuevo! Claro que era inevitable que se entrometiera si alguien se lo pedía. Ignorante o no, su hijo consideraba todo problema familiar como de su incumbencia. Stern imaginó que Mel debía de estar disfrutando en su brillante oficina. El cliente de Stern le pagaba la minuta mientras John pensaba en darle un duro golpe a Dixon, y el hijo de Stern le había conseguido ese trabajo. Todo un triunfo.
Un punto más para el gobierno, pensó Stern mientras colgaba. Algunos abogados, con buenas intenciones hacia el posible acusado o su asesor, o naturalmente reacios a ayudar a la fiscalía, charlarían con John para recordarle las lagunas de su memoria y hasta qué punto sería desagradable testificar para el gobierno. Pero sin duda no era el plan de Mel. Entregaría a John a la fiscalía, alentándolo a respaldar la menor corazonada o sospecha. Y John -por lo que indicaba el silencio de Tooley y los indicios obtenidos en las conversaciones con su yerno- tenía mucho que decir.
Se preguntó cómo se habrían desarrollado los hechos entre John y Dixon. Era improbable que Dixon hubiera anunciado en qué andaba, era demasiado prudente para eso. Impartía órdenes que John temía desobedecer. Pero debía de haber algo furtivo en el plan. Entre tú y yo. No digas nada. Como Clara siempre decía, John no era tonto. Tarde o temprano tenía que haber descubierto que esas transacciones eran diferentes de las demás. Así que continuaron en el turbio mundo de la colaboración y el engaño, cada cual profesando cierto desdén hacia el otro: eres débil, eres deshonesto. Su yerno era el típico testigo del gobierno, un sujeto manso que no cuestionaba nada y carecía de convicciones. En cuanto Tooley le explicara un par de verdades -que peligraban su registro de bienes y su derecho a trabajar en los mercados financieros-, se ablandaría. Cuando al fin compareciera como testigo, sería otra alma inconstante declarando que sólo había seguido órdenes, sin un instante de reposo para reflexionar. Con su aire de inocencia infantil y su relativa falta de experiencia, John actuaría mejor que la mayoría.
Al pensar en todo esto y el modo en que la situación se le escapaba de las manos, Stern se sintió inquieto. Por un instante tuvo una estremecedora visión donde toda su familia concurría al tribunal, testificando, acusando, irremediablemente involucrada. En este escenario, él era la víctima, no el acusado sino el excluido. Todos sabían más que él. Rechazó la idea, pero siguió mirando el teléfono, con un nuevo presentimiento de daños inevitables.
25
Margy se había hecho algo en el cabello. Una maraña de rizos le caía sobre los hombros y el tinte rubio parecía más brillante bajo la luz. Parecía más robusta de lo que Stern recordaba, una persona fuerte y voluminosa, llena de vida. Stern se negó a permitir que los recuerdos o la imaginación lo llevaran más lejos.