Beatriz y los cuerpos celestes
- Автор: Эчеварриа Лусия
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Beatriz y los cuerpos celestes». Краткое содержание книги:
Tres mujeres: Cat, lesbiana convencida, Mónica devorahombres compulsiva Y Beatriz, que considera que el amor no tiene género. Tres momentos de la vida de una mujer y dos ciudades, Edimburgo y Madrid, para una novela únicasobre el amor a los amigos, a la familia y a los amantes.
Me lleva a recorrer la granja y me enseña un gallinero donde habitan unas cuantas gallinas raquíticas y su gallo, y un huerto en el que crecen lechugas, tomates, patatas y unos calabacines enormes, tan grandes que parecen el resultado de una mutación genética. Son comestibles, aclara, pero no tan sabrosos como los más pequeños, por eso no los he visto nunca en tiendas. También hay unos cerdos a los que apenas nos acercamos. En todo momento intento disimular la repugnancia que me provoca el olor de la granja, especialmente el gallinero. Se me viene a la cabeza que Cat creció en un ambiente semejante, y pregunto si hay establos. «Hay uno -me responde-. Podemos verlo luego, si quieres. Sólo tenemos una vaca. No hay caballos ni burros, porque no los necesitamos. Ésta es una granja muy pequeña. Más simbólica que otra cosa.»
Nos sentamos en un banco de madera. A nuestros pies crecen unas flores raquíticas. Le pregunto cómo ha ido a parar a este sitio y ella me dice que es una historia muy larga como para contármela, que sólo puede hacerme un resumen sucinto, una historia que no difiere mucho de la que Charo me ha contado. Cómo al principio intentó jugar al juego de la niña buena y pija, y cómo se aburría horriblemente, y cómo después de siete meses de salir con Javier, y de haber ido a esquiar a los Alpes y haber pasado fines de semana en el Algarve y haber montado a caballo en La Dehesa los fines de semana y haber cenado en La Dorada y haber visto películas que tenían a Demi Moore como protagonista, y haber ido a conciertos de Eric Clapton y Joe Cocker, y haber hecho, en suma, todo lo que de la novia de un joven y brillante ejecutivo podía esperarse, acabó por volver con Coco, que no la había palmado en aquel hotel, pero que la palmaría año y medio más tarde de un pico chungo, una cosa absurda porque para entonces Coco llevaba muchos meses sin probar el jaco y se había metido aquel pico casi en broma, para darse un homenaje, como él dijo, y a partir de entonces todo se resumía en una caída vertiginosa, un descenso en picado, la vida consistía en ir a pillar y meterse y volver a empezar, y al principio no había mayor problema porque el dinero le sobraba, pero luego le empezó a hacer falta más dinero y cada mañana resultaba más difícil levantarse, y un buen día ya no sabía quién era, ni con quién se iba a dormir, ni dónde se despertaba. Pero todo eso, gracias a Dios, ha quedado atrás, me dice, pues el servicio a la comunidad le ha proporcionado una felicidad desconocida, y me describe el trabajo diario que realiza -ir a rastrillar la huerta, dar de comer a los animales, limpiar los dormitorios, ayudar en la cocina- con la mayor vulgaridad, sin un asomo de ironía. Relata estas experiencias con un entusiasmo de iluminada y su tono sugiere una conversión religiosa. Una sonrisa estúpida alumbra su rostro mofletudo. Toda la historia hubiese resultado tópica y predecible, ridícula incluso, un guión de telefilme de sábado por la tarde, de no haberse tratado de mi mejor amiga, la misma que ahora, ante mis ojos, cita constantemente lugares comunes, refiriéndose a la entrega a los demás y al encuentro con una misma y la alegría que supone dar, con la entonación exacta que las monjas utilizaban en su día para hablarnos de la trascendencia de la vida cristiana. Definitivamente, ha perdido su antigua gracia de raconteuse. Reparo en cómo al hablar se le marcan unas arrugas profundas que le surgen de las sienes, y que aportan a su piel el aspecto de una tierra agrietada y reseca, un territorio yermo en el que nada crece. Tomo una de sus manos en la mía y la siento callosa y áspera. Cuanto más la miro y pienso en la persona fascinante que una vez fue, más me cuesta comprender que se haya convertido en esta especie de campesina regordeta de manos rudas. Comprendo que es absurdo volver sobre las pisadas del tiempo para intentar hallar lo perdido más allá de las grietas que se abran en la memoria, porque la vida sigue, y el destino trama sus intrincadas redes, y lo que buscábamos ha seguido creciendo y nunca más será lo que era, excepto en el recuerdo.
Han pasado las horas sin que nos diésemos cuenta, la tarde está cerrando sus puertas a la luz y sólo permanecen algunos rayos débiles, atrapados entre las ramas más bajas de los árboles. Vislumbro a lo lejos la silueta de la doctora, o lo que sea, que me ha hablado antes. Llega hasta nosotros y me comunica, con su impasible corrección hermética, que ya ha acabado el tiempo de visitas y que debo darme prisa si pretendo coger el último autobús de regreso a Madrid. Mónica, obediente, se alza del banco y me toma de la mano para que haga lo mismo. Se despide de mí con un abrazo y una sonrisa de postal. «Hasta pronto, Betty», me dice, y me hace prometer que pronto volveré a verla, pero lo cierto es que no sé si tendré valor; y la dejo allí, inmersa en su delirio místico.
Sólo me llamaba Betty cuando estaba especialmente cariñosa. Casi lo había olvidado ya.
La he sentido más alejada que nunca, nada mío ya, como una estrella lejanísima, a millones de años luz. La luz de las estrellas más distantes tiene una peculiaridad: cuando nos llega, ha podido tardar en el viaje hasta miles de millones de años y entonces estamos viendo la estrella tal como era hace milenios. Es como un viaje en el tiempo, y lo curioso es que podemos ver la luz de un astro que se extinguió siglos ha, quizás incluso antes de que los dinosaurios poblaran la Tierra. Al despedirme de Mónica comprendo que todo aquel amor que he mantenido vivo durante cuatro inacabables años no ha sido más que la luz de una estrella muerta.
He dormido de un tirón toda la noche y he soñado con gatos de todos los pelajes y colores: gatos persas grises de ojos amarillos, gatos callejeros blancos y negros, gatitos que parecían bolitas de algodón e inmensos gatos de callejón gordos y peleones; gatos de pelo largo, gatos de pelo corto, gatos de todo tipo de raza y condición. Cuando despierto, pienso que quizá Cat está intentando enviarme un mensaje y luego se me ocurre que lo más lógico es pensar que soy yo la que me envío un mensaje a mí misma.
Así que marco el número de la que ha sido mi casa en Edimburgo, aun a sabiendas de que Cat probablemente estará dormida. Una afectada vocecita, meliflua e infantil, me responde al otro lado de la línea. Superada la sorpresa inicial reconozco la voz de Aylsa y pregunto por Cat. Cat está durmiendo, me dice, y no sé si debería despertarla. Se pone nerviosa y al final de la frase el tono digno degenera en un gañidito nervioso. Al percibir la arrogancia que subyace en su voz es cuando me pregunto qué diablos hace Aylsa en mi casa, a esas horas de la mañana. Y entonces rectifico mentalmente: ésta es mi casa, no aquélla. Haciendo gala de autodominio le encargo a Aylsa que informe a Cat de que he llamado y de que he tenido un buen viaje, y no acabo de pronunciar la frase cuando me doy cuenta de que es demasiado tarde para anunciar que he tenido buen viaje, puesto que yo debería haber llamado a la mañana siguiente de mi llegada, no casi diez días después. El caso es que Caitlin tampoco me ha llamado, aunque tiene este número. ¿No es sorprendente que hasta ahora no haya echado de menos su voz? Quizá Cat no me ha llamado por orgullo, o quizá estaba muy ocupada rehaciendo su vida con la propietaria de esa vocecita que me responde que muy bien, que avisará a Cat de que he llamado, y que corta acto seguido la comunicación, sin darme ni siquiera la oportunidad de despedirme. Aylsa, pequeña zorra, qué poco tiempo te ha hecho falta para correr a ocupar mi cama y adoptar ese tonillo de reina ofendida con el que me has hablado por teléfono. Devuelvo el auricular a su cuna de plástico y me preciso a mí misma que el hecho de que Aylsa haya dormido en mi casa (y vuelvo a pensar en la casa de Cat como la mía) no implica necesariamente que haya dormido con Cat; quizá se haya quedado acompañándola para ayudarla a sobrellevar su recién estrenada soledad. E incluso si hubiera dormido con Cat, ¿con qué derecho me preocupo yo por ello? Yo que tantas noches dormí con Cat arrastrando en mi piel el olor de Ralph. Yo que, al marcharme, dejé claro que no sabía muy bien si volvería y eché de esa manera por tierra tres años y medio de relación. Yo, que contrapuse a la generosidad de Cat todas mis dudas y mis inseguridades. Yo, que jamás he utilizado la palabra amor en un solo párrafo que haya escrito sobre ella.