Beatriz y los cuerpos celestes
- Автор: Эчеварриа Лусия
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Beatriz y los cuerpos celestes». Краткое содержание книги:
Tres mujeres: Cat, lesbiana convencida, Mónica devorahombres compulsiva Y Beatriz, que considera que el amor no tiene género. Tres momentos de la vida de una mujer y dos ciudades, Edimburgo y Madrid, para una novela únicasobre el amor a los amigos, a la familia y a los amantes.
– Y supongo -dije yo, irónica- que la moraleja de la historia es que uno sólo se hace fuerte después de superar todo tipo de pruebas.
– Fuerte no. Fuertes lo eran ya la piedra y el hierro -afirmó ella categórica-. Flexible. Ahí radica la diferencia. No puedes sobrevivir si no lo eres.
Parece que fue ayer cuando dejé Edimburgo. La primavera llegó sin avisar, y la ciudad amaneció un día vestida de novia, cubierta por un manto de flores blancas. Los parques resplandecían bañados de luz. Aún hacía frío pero ya no resultaba un suplicio pasear por las calles, todo se solucionaba con un par de jerseys. Mi estado de ánimo mejoró, y a veces me despertaba tarareando tonadillas pop que había oído en la radio o una canción de Bjork (el amor platónico de Cat) que se había instalado en mi cabeza como un invitado de lujo: Violently Happy cause I love you… Pero se acercaban los exámenes, y la perspectiva de todos los ensayos que tenía que entregar y todas las fechas y títulos que tendría que aprenderme de memoria ensombrecía a mis ojos el radiante panorama del Edimburgo primaveral. Prefería concentrarme en mis estudios para olvidar una decisión inminente que debía adoptar: ahora que me licenciaba, ¿qué se suponía que iba a hacer con mi vida?
Ralph también se encontraba muy ocupado redactando su tesis de doctorado sobre Rembrandt. Me lo encontraba a diario en la universidad y escuchaba sus comentarios enfurruñados sobre la ineptitud de los responsables de la biblioteca, incapaces de proporcionarle la documentación que buscaba. Contemplaba el vello que sombreaba sus nudillos y el corazón me daba un vuelco al recordar su tórax cubierto de pelo, y cómo, hacía no tanto, yo me había quedado dormida recostada contra su pecho.
Caitlin había debido advertir de alguna manera el cambio que supuso en mi vida el final de mis amoríos con Ralph, gracias a esa intuición de gato y de bruja que ella tenía y que le ayudaba a interpretar pistas invisibles para el resto de los mortales. Quién sabe, quizá yo ya no despidiera por las noches ese olor a leche agria que sucede al sexo, o quizá mi aura había cambiado de color y ya no era bermellón, sino color marfil. Caitlin había desterrado de su expresión un ceño adusto y preocupado que rondaba sus facciones mientras duró lo de Ralph, y ahora una radiante sonrisa le iluminaba la carita minina, haciendo juego con el blanco de las margaritas que sembraban los Meadows. Remoloneaba por la casa con expresión tierna y perezosa, me preparaba todo tipo de platos exóticos para «que repusiera fuerzas» y se esforzaba (podía notarlo) por sonreír y estar amable. A veces se sentaba en el enorme cojín marroquí del salón, enroscaba las piernas como una contorsionista, y se me quedaba mirando largamente mientras yo ordenaba bloques de folios fotocopiados.
Yo estudiaba a todas horas, tanto en la universidad como en casa. Pasaba las noches a solas con mis libros y mis apuntes, tomando notas y subrayando frases con rotuladores fluorescentes de tres colores: rosa, naranja y verde. Me emborrachaba de datos, de consignas y de fechas, y procuraba no pensar en lo que no debía. Las líneas impresas me mantenían anestesiada.
Una de esas noches recibí una visita inesperada. El timbre sonó a las nueve de la noche, acontecimiento inusitado porque no era normal recibir visitas en casa a la hora en que Cat estaba trabajando. Estuve tentada de no abrir la puerta, dando por hecho que se trataba de una equivocación, pero como los timbrazos eran insistentes no me quedó más remedio que salir a recibir al inoportuno visitante. Mi sorpresa fue mayúscula cuando al abrir la puerta me di de lleno con el rostro ratonil de Barry. Apoyado en el marco de la puerta, los filos de sus facciones pequeñas y angulosas aparecían más cortantes aún debido a la falta de luz. Me dijo que había venido a casa en busca de Cat, explicación que me resultaba absurda porque él debía de saber de sobra que Cat trabajaba aquella noche. Le ofrecí una cerveza y él asintió con la cabeza y se aposentó en una de las sillas de la cocina. Abrí el frigorífico, le lancé una lata de Heineken que cogió al vuelo y me senté frente a él. Sacó papel y una china, y empezó a liar un porro mientras me taladraba con sus brillantes ojillos de roedor.
– Veo que te lo tomas en serio -comentó, señalando con la cabeza la mesa abarrotada de papeles.
– No me queda más remedio, si quiero aprobar.
– Aprobar… ¿Eso es lo que quieres? ¿Lo que quieres de verdad?
– Claro que sí. Lo sabes perfectamente. Llevo tres años esforzándome por este puto título.
– Me sorprende la manera en que la gente se convence de que desea algo que no desea en absoluto. Secadores de pelo, vídeo, hipotecas, matrimonios… Degrees. Por cierto, ¿qué estudias? Literatura, ¿no?
– Literatura inglesa.
– Literatura inglesa… Flipo. En primer lugar no entiendo cómo alguien puede estudiar literatura: los libros se leen o no se leen, y punto. No se estudian. Lo que es yo, jamás he entendido eso de la crítica literaria. Si alguien tiene que venir a explicarte un libro, es que no has sentido nada al leerlo. Malo.