Un amor dulce y peligroso
- Автор: Френч Никки
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un amor dulce y peligroso». Краткое содержание книги:
Por primera vez desde hacía muchos años, sentía una intensa necesidad de estar con mis padres; pero no tal como eran en el presente, mayores e inseguros, aferrados a su desaprobación y obstinadamente ciegos a la amargura y el terror que había en el mundo. No, yo los quería como los veía cuando era pequeña, antes de aprender a desconfiar de ellos: unos personajes altos y sólidos que me decían lo que estaba bien y lo que estaba mal, que me protegían y me guiaban. Recordé a mi madre cosiendo los botones de las camisas, sentada en la gran butaca junto a la ventana, y lo eficiente y tranquilizadora que yo la encontraba. Recordé a mi padre trinchando el asado un domingo, cómo iba cortando delgados filetes rosados de buey. Me veía sentada entre ellos, creciendo bajo su protección. ¿Qué había hecho aquella niña sensata, con aparatos de ortodoncia y calcetines cortos, para acabar en esa comisaría de policía, muerta de miedo? Quería volver a ser aquella niña, y que alguien me rescatara.
La agente de policía que se había ocupado de mí regresó con un hombre de mediana edad que llevaba una camisa arremangada. Parecía una colegiala que volvía con un profesor exasperado. Me imaginé que habría recorrido la oficina buscando a alguien que no estuviera hablando por teléfono ni rellenando formularios, y que aquel individuo había accedido a salir un momento al pasillo, a ser posible para echarme de allí. El policía me miró desde arriba, y yo no supe si tenía que levantarme. Se parecía un poco a mi padre, y ese parecido hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas. Parpadeé varias veces para contener las lágrimas. Tenía que conservar la calma.
– Señora…
– Loudon -dije-. Alice Loudon.
– Tengo entendido que quiere dar parte de algo.
– Sí -confirmé.
– ¿Y bien?
Miré alrededor.
– ¿Tenemos que hablar aquí?
El policía frunció el entrecejo.
– Lo siento, pero ahora mismo estamos un poco justos de espacio. Si no le importa…
– Está bien -concedí. Cerré los puños sobre el regazo, para que el policía no viera que me temblaban las manos; carraspeé e intenté dominar mi voz-. Hace unas semanas encontraron el cadáver de una mujer llamada Tara Blanchard en un canal. ¿Está usted al corriente? -El policía negó con la cabeza. Por el pasillo seguía pasando gente, pero continué -: Sé quién la mató.
El policía levantó una mano y dijo:
– Un momento, por favor. Lo mejor será que averigüe qué comisaría lleva el caso; llamaré por teléfono, y usted puede ir allí y hablar con ellos. ¿Le parece bien?
– No, no me parece bien. He venido aquí porque estoy en peligro. La persona que mató a Tara Blanchard es mi marido.
Me imaginaba que aquella declaración suscitaría algún tipo de reacción, aunque sólo fuera una risa de incredulidad, pero no la hubo.
– ¿Su marido? -dijo el policía, y miró a la agente-. ¿Y en qué se basa para hacer esa afirmación?
– Creo que Tara Blanchard le hacía chantaje, o al menos lo estaba acosando, y que por eso mi marido la mató.
– ¿Acosando?
– Recibíamos llamadas telefónicas constantemente, a altas horas de la noche y a primera hora de la mañana. Y también anónimos.
Me miró sin comprender. ¿Iba a tener que descifrar todo lo que yo le contaba? Seguro que esa perspectiva no le atraía demasiado. Miré alrededor. No podía seguir hablando allí. Lo que tenía que decir resultaría más convincente en un ambiente un poco más tranquilo.
– Perdone, señor… No me ha dicho su nombre.
– Byrne. Inspector Byrne.
– ¿No podemos hablar en un sitio más privado? Me resulta incómodo tener esta conversación en un pasillo.
El inspector exhaló un suspiro para expresar su impaciencia.
– No hay ninguna habitación libre -dijo-. Si lo prefiere, podemos ir a mi mesa.
Asentí, y Byrne me guió por las dependencias de la comisaría. Por el camino me ofreció un café; yo lo acepté, aunque no me apetecía, porque me interesaba todo lo que pudiera aportar confianza a nuestra relación.
– Veamos, ¿dónde estábamos? ¿Se acuerda? -me preguntó cuando nos hubimos sentado a ambos lados de su mesa.
– Le estaba explicando que desde hace un tiempo recibíamos amenazas.
– ¿De la mujer asesinada?
– Sí, de Tara Blanchard.
– ¿Estaban firmadas esas cartas?
– No, pero después de su muerte fui a su casa y encontré unos recortes de periódico que hablaban de mi marido en el cubo de la basura.
Byrne se mostró sorprendido, por no decir alarmado.
– ¿Registró usted el cubo de la basura?
– Sí.
– ¿De qué trataban esos recortes de prensa?
– Mi marido es un alpinista famoso. Se llama Adam Tallis. Estuvo implicado en una terrible catástrofe que ocurrió en una montaña del Himalaya el año pasado, y en la que murieron cinco personas. Está considerado un héroe, por decirlo así. En fin, el caso es que recibimos otro anónimo después de la muerte de Tara Blanchard. Y no sólo eso: entraron en nuestro apartamento y mataron a nuestro gato.
– ¿Informaron del incidente?
– Sí. Dos agentes de esta comisaría fueron a tomarnos declaración.
– Bueno, eso ya es algo -dijo Byrne con cautela, y entonces, como si aquello exigiera tanto esfuerzo que no valiera la pena comentarlo, añadió-: Pero si dice usted que eso ocurrió después de la muerte de…
– Exacto -lo interrumpí-. Era imposible. Pero hace unos días estaba limpiando el apartamento, y encontré un sobre arrugado debajo de un escritorio. Adam había estado practicando en aquel papel, para imitar la letra de Tara Blanchard y escribir la última nota.
– ¿Y?
– Pues que Adam pretendía eliminar cualquier posible relación entre los anónimos y esa mujer.
– ¿Puedo ver esa nota?
Aquél era el momento que yo estaba temiendo.
– Adam se ha enterado de que sospecho de él. Hoy, cuando he vuelto a casa del trabajo, he visto que el papel había desaparecido.
– ¿Cómo se ha enterado?
– Lo escribí todo y lo metí en un sobre que le entregué a una amiga mía, por si me pasaba algo. Pero ella lo leyó y se lo enseñó a Adam.
Byrne esbozó una sonrisa, pero la borró rápidamente de sus labios.
– Quizá su amiga lo hizo con buena intención -comentó-. Quizá sólo quería ayudarla.
– Estoy convencida de que quería ayudarme. Pero no me ha ayudado. Lo que ha hecho ha sido ponerme en peligro.
– El problema, señora…
– Alice Loudon.
– El problema, señora Loudon, es que el asesinato es una acusación muy grave. -Me hablaba como si estuviera instruyendo a un niño de primaria sobre educación viaria-. Y, como es una acusación tan grave, necesitamos pruebas, no sólo sospechas. Mucha gente tiene sospechas respecto a personas conocidas. Esas sospechas suelen aparecer después de que haya habido discusiones. Lo mejor es solucionar esas diferencias de opiniones.
Noté cómo se me escapaba. Tenía que continuar como fuera.
– No me ha dejado acabar. Creo que el motivo por el que Tara acosaba a Adam es que sospechaba que él había matado a su hermana Adele.
– ¿Que había matado a su hermana?
Byrne levantó una ceja. La situación empeoraba por momentos. Apoyé ambas manos en la mesa, para detener aquella sensación de que el suelo oscilaba bajo mis pies; intenté no pensar en Adam esperándome delante de la comisaría. Debía de estar allí plantado, muy quieto, con sus azules ojos clavados en la puerta por la que yo iba a salir. Yo sabía qué aspecto tenía cuando esperaba algo que quería: paciente, completamente concentrado.