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Un amor dulce y peligroso

Электронная книга - «Un amor dulce y peligroso». Краткое содержание книги:

Alice Loudon tiene veintitantos años, se lleva de maravilla con su pareja y comparten un grupo de amigos muy enrollados. Pero una mañana cualquiera, al cruzar la calle en pleno centro de Londres, su mirada se clava en la de Adam Tallis, un famoso escalador que salvó a varias personas en una accidentada expedición al Himalaya. A partir de ese instante, es como si Alice viviese en un sueño permanente. Convencida de haber encontrado el amor de su vida, se entrega a una aventura erótica que lo justifica todo. Sin embargo, a medida que el amor de Adam se vuelve una obsesión posesiva, Alice comienza a darse cuenta de lo poco que conoce de verdad a ese hombre que le ha hecho perder la cabeza y, sobre todo, de lo difícil que será romper esta extraña relación
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Llegué a la oficina a las cuatro. Pasé una hora informando al departamento de marketing, y media hora con el de contabilidad, discutiendo sobre mi futuro presupuesto. Al final cedieron ellos, porque quedó claro que yo no pensaba hacerlo. Eché un vistazo a los papeles de mi mesa, y me marché antes de lo habitual. Adam estaba esperándome, tal como yo me había imaginado. No lo encontré leyendo un periódico, ni mirando alrededor, ni observando el reloj, sino de pie, muy quieto, como si estuviera en posición de firmes, con la paciente mirada clavada en las puertas giratorias. Seguramente llevaba una hora así.

Al verme no sonrió, pero me cogió el bolso, me rodeó con el brazo y me miró a los ojos.

– Hueles a cloro.

– He ido a nadar.

– Y a perfume.

– Me lo regalaste tú.

– Hoy estás preciosa, cariño. Fresca y preciosa. No puedo creer que seas mi mujer.

Me besó, un beso largo y profundo, y yo le devolví el beso y me apreté contra él. Tenía la impresión de que mi cuerpo estaba hecho de algún material inerte y pesado que jamás volvería a estremecerse de deseo. Cerré los ojos porque no soportaba ver sus ojos mirándome con tanta intensidad, sin apartarse de mí. ¿Qué veía él? ¿Qué sabía?

– Esta noche te voy a invitar a cenar -dijo-. Pero antes iremos a casa y te follaré.

– Lo tienes todo calculado -comenté, conforme y sonriente, atrapada en el círculo de sus brazos.

– Sí. Hasta el último detalle, Alice.

TREINTA Y SIETE

No protesté cuando cogió mi caja de anticonceptivos y tiró las pequeñas píldoras amarillas, una a una, al retrete. Si seis meses atrás alguien me hubiera dicho que yo iba a permitir que mi amante, o mejor dicho mi marido, tirara mis anticonceptivos al retrete sin mi permiso, me habría muerto de risa. Después de tirar la última píldora, Adam me cogió de la mano y, sin decir ni una palabra, me llevó al dormitorio y me hizo el amor con ternura, obligándome a mirarlo a los ojos. Y tampoco protesté. Pero no dejaba de hacer cálculos mentalmente. Él no debía de saber que el efecto de la píldora dura un tiempo, y que no corría peligro de quedarme embarazada al menos hasta pasadas dos semanas. Tenía tiempo. Con todo, sentía que él me estaba haciendo un hijo y que yo se lo consentía, sin oponer resistencia. Me di cuenta de lo poco imaginativa que había sido siempre respecto a las mujeres maltratadas o casadas con alcohólicos. El desastre se acerca sigilosamente, como un maremoto en una playa de turistas. Cuando se ve, ya no se puede hacer nada, y lo arrolla a uno y se lo lleva. Supongo que había sido poco imaginativa respecto a muchas otras cosas. La tragedia nunca había estado presente en mi vida, y pocas veces había tenido que pensar en cómo vivían y sufrían otras personas.

Cuando rememoraba los últimos meses, me horrorizaba la facilidad con que había abandonado mi antigua vida: mi familia, mis amigos, mis aficiones, mis ideas. Jake me había acusado de haber quemado todas las naves, lo cual hacía que mi comportamiento pareciera temerario y decidido. Pero también había abandonado a mucha gente. Ahora necesitaba poner las cosas en orden, o al menos hacer un intento de reconciliación con aquellas personas a las que pudiera haber hecho daño. Escribí a mis padres, diciéndoles que ya sabía que últimamente no les había hecho caso, pero que recordaran siempre que los quería mucho. Le envié una postal a mi hermano, al que no veía desde hacía un año, en la que intentaba sonar desenfadada y afectuosa. Llamé por teléfono a Pauline, y le dejé un mensaje en el contestador preguntándole por su embarazo y diciéndole que me gustaría verla pronto y que la había echado de menos. Le envié una tardía tarjeta de cumpleaños a Clive. Y, después de respirar hondo unas cuantas veces, llamé a Mike. Más que resentido, lo encontré apagado, y no me pareció que le desagradara oírme. Se iba de vacaciones al día siguiente, con su esposa y su hijo pequeño, a una casa de la Bretaña; eran las primeras vacaciones que tenía desde hacía meses. Me estaba despidiendo de todos, aunque ellos no lo supieran.

Había destrozado mi antigua vida a conciencia, y ahora intentaba encontrar la manera de destrozar también mi nuevo mundo, de modo que pudiera escapar de él. Todavía había ocasiones, aunque cada vez menos, en que no podía creer que aquello me estuviera pasando a mí. Estaba casada con un asesino, un atractivo asesino de ojos azules. Si se enteraba de lo que yo sabía, me mataría también a mí: de eso no tenía ninguna duda. Si intentaba huir también me mataría. Me encontraría y me mataría.

Aquella noche tenía pensado asistir a una conferencia sobre las nuevas estadísticas de la relación entre los tratamientos de fertilidad y el cáncer de ovarios, en parte porque el tema estaba vagamente relacionado con mi trabajo, y en parte porque la daba un conocido mío, pero sobre todo porque era una excusa para no estar con Adam. Él me estaría esperando en la puerta de la oficina, y, si insistía, yo no podría impedir que me acompañara a la conferencia. Pero al menos, por una vez, estaríamos juntos en mi mundo, un mundo de investigaciones científicas, de empirismo y de seguridad provisional. No me vería obligada a mirarlo, ni a hablar con él, ni a abrazarme a él, gimiendo y fingiendo pasión.

Adam no me esperaba fuera. Sentí un alivio tan enorme que me puse eufórica. Me sentía más ligera, más despejada. Todo parecía diferente ahora que él no estaba allí plantado, esperando a verme aparecer por la puerta, mirándome fijamente con aquella mirada persistente e inquietante que yo ya no sabía descifrar. ¿Era odio o amor, pasión o intención asesina? Con Adam, las dos cosas siempre habían estado demasiado mezcladas, y volví a recordar (ahora con un estremecimiento de puro asco, mezclado con un cosquilleo de vergüenza) la violencia de nuestra noche de bodas en Lake District. Me sentía atrapada en una larga y gris mañana con resaca.

Fui andando al auditorio, lo cual me llevó cerca de un cuarto de hora, y al doblar la esquina, y cuando casi había llegado al edificio, lo vi allí de pie, con un ramo de rosas amarillas. Las mujeres que pasaban por su lado lo miraban con codicia, pero él no les prestaba atención. Él solo pensaba en mí. Me estaba esperando, pero por lo visto se imaginaba que yo iba a llegar desde otra dirección. Me paré y me metí en el primer portal que vi, mientras me invadía una oleada de náuseas. Jamás lograría escapar de éclass="underline" siempre se me adelantaba, siempre me estaba esperando; me agarraba y no me soltaba. No podía combatir contra él. Esperé hasta que me serené un poco, y entonces, cuidando de que Adam no me viera, di media vuelta y eché a correr hasta que llegué a la esquina, donde paré un taxi.

– ¿Adónde la llevo?

¿Adónde? ¿Adónde podía ir? No podía huir de Adam, porque entonces él sabría que yo lo sabía. Me encogí de hombros, desanimada y vencida, y le di al taxista la dirección de mi casa. Mi prisión. Me di cuenta de que no podía seguir así. El horror que me había invadido al ver a Adam frente al auditorio había sido una sensación completamente física. ¿Durante cuánto tiempo podría seguir fingiendo que lo amaba, fingiendo que me moría de placer cuando él me acariciaba, fingiendo que no tenía miedo? Mi cuerpo había empezado a rebelarse. Pero no sabía qué podía hacer.

Cuando entré en el apartamento estaba sonando el teléfono.

– ¿Diga?

– ¡Alice! -Era Sylvie, y parecía nerviosa-. No pensaba encontrarte en casa.

– Entonces ¿para qué has llamado?

– En realidad quería hablar con Adam. Verás, esto me resulta un poco violento.

De pronto me entró un sudor frío, como si estuviera a punto de vomitar.

– ¿Con Adam? ¿Y para qué querías hablar con Adam, Sylvie?

Se hizo el silencio al otro lado de la línea.

– Sylvie…

– Sí, sí. Mira, no pensaba decírtelo. Bueno, él iba a hablar contigo, pero ya que te has puesto tú al teléfono… -Oí cómo daba una calada al cigarrillo; luego continuó-: El caso es que he leído la carta. Ya sé que pensarás que te he traicionado, pero algún día comprenderás que lo he hecho por nuestra amistad. Y luego le he enseñado la carta a Adam. Resulta que él se presentó en mi casa por las buenas, y yo no sabía qué hacer, pero se la enseñé porque creo que debes de tener una crisis nerviosa o algo así, Alice. Lo que has escrito es una locura, una auténtica barbaridad. Tienes que darte cuenta, Alice. Así que, como no sabía qué hacer, se la enseñé a Adam. Alice, ¿sigues ahí?

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