Huye rápido, vete lejos
- Автор: Варгас Фред
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Huye rápido, vete lejos». Краткое содержание книги:
En el otro extremo de la ciudad, Joss, el viejo marino bretón que se ha convertido en pregonero de noticias, está perplejo. Desde hace tres semanas, en cuanto cae la noche, una mano desliza incomprensibles misivas en su buzón. ¿Se trata de un bromista? ¿Es un loco? Su bisabuelo le murmura al oído: «Ten cuidado Joss, no sólo hay cosas bonitas en la cabeza del hombre».
– ¿Y el perro de su amigo?
– No, no es eso.
– ¿Cómo está tan seguro?
El tono del comisario se modificaba, Roubaud lo sintió y se encogió en la silla.
– En el periódico -repitió.
– No, Roubaud, es otra cosa.
Danglard acababa de llegar, eran las seis de la mañana y Adamsberg le indicó que se instalase. El capitán se desplazó en silencio y se situó frente al teclado.
– Ya veo -dijo Roubaud recuperando la seguridad-, me amenazan, un pirado trata de matarme pero es conmigo con quien se meten.
– ¿A qué se dedica? -preguntó Adamsberg suavizando el tono.
– Trabajo en la sección de linóleos de unos grandes almacenes de muebles, detrás de la Gare de l'Est.
– ¿Está casado?
– Estoy divorciado desde hace dos años.
– ¿Hijos?
– Dos.
– ¿Viven con usted?
– Con su madre. Tengo derecho de visita los fines de semana.
– ¿Cena fuera o en su casa? ¿Sabe cocinar?
– Depende -dijo Roubaud un poco desconcertado-. A veces me hago una sopa y un plato congelado. A veces bajo al café. Son demasiado caros los restaurantes.
– ¿Le gusta la música?
– Sí -dijo Roubaud, un poco perdido.
– ¿Tiene una cadena, una tele?
– Sí.
– ¿Ve el fútbol?
– Sí, evidentemente.
– ¿Entiende?
– Bastante.
– Nantes-Burdeos, ¿lo ha visto?
– Sí.
– No jugaron mal, ¿verdad? -dijo Adamsberg, que lo había visto.
– Si usted lo dice -dijo Roubaud con una mueca-, jugaron más bien flojo y terminó con un empate. Ya se veía venir desde la primera mitad.
– ¿Ha seguido las noticias en el descanso?
– Sí -dijo Roubaud maquinalmente.
– Entonces -dijo Adamsberg sentándose ante él-, ya sabrá que cogimos ayer por la noche al sembrador de la peste.
– Es lo que dijeron -murmuró Roubaud confuso.
– En ese caso, ¿qué es lo que le asusta?
El tipo se mordió los labios.
– ¿Qué le da miedo? -repitió Adamsberg.
– No estoy seguro de que sea él -soltó el hombre con voz vacilante.
– ¿Sí? ¿Usted entiende de asesinos?
Roubaud se mordió completamente su labio inferior, con los dedos hundidos en los pelos de su torso.
– ¿Soy yo el amenazado y es conmigo con quien se mete? -repitió-. Tenía que haberlo sabido. Los policías, en cuanto se les llama, te cuelgan el muerto, es lo único que saben hacer. Tenía que habérmelas arreglado yo solo. Uno quiere ayudar a la justicia y he aquí el resultado.
– Pero va a ayudar, Roubaud, y mucho, incluso.
– ¿Sí? Creo que se está haciendo la picha un lío, comisario.
– No te las des de avispado, Roubaud, porque no eres lo suficientemente listo para eso.
– ¿Ah, no?
– No. Pero si no quieres ayudarme, te volverás a tu casa como has venido. A tu casa, Roubaud. Si tratas de irte por las ramas, te llevaremos a tu domicilio. Allí esperarás tu muerte.
– ¿Desde cuándo los policías me dictan adónde debo ir?
– Desde que me jodes. Pero vete, Roubaud, eres libre. Lárgate.
El hombre no se movió.
– ¿Tienes miedo, eh? ¿Tienes miedo de que te estrangule con el cable de muescas como a los otros cinco? Sabes que no podrás defenderte. Sabes que te atrapará donde quiera que estés, en Lyon, en Niza o en Berlín. Eres el objetivo. Y sabes por qué.
Adamsberg abrió su cajón y después desplegó ante el hombre las fotos de las cinco víctimas.
– ¿Sabes que vas a reunirte con ellos, eh? Los conoces, a todos, y por eso tienes miedo.
– Déjeme en paz -dijo Roubaud volviéndose de lado.
– Entonces, lárgate. Vete.
Pasaron dos largos minutos.
– Bueno -se decidió el hombre.
– ¿Los conoces?
– Sí y no.
– Explícate.
– Digamos que los conocí una noche, hace mucho tiempo, siete u ocho años. Bebimos unas copas juntos.
– Ah, sí. Bebisteis unas copas juntos y por eso os eliminan de uno en uno.
El hombre transpiraba, y el olor de su sudor inundaba toda la habitación.
– ¿Quieres un café? -preguntó Adamsberg.
– Sí.
– ¿Con algo de comer?
– Sí.
– Danglard, dígale a Estalère que traiga todo eso.
– Y tabaco -añadió Roubaud.
– Cuenta -repitió Adamsberg mientras Roubaud se reanimaba con ayuda de un café con leche muy azucarado-. ¿Cuántos erais?
– Siete -murmuró Roubaud-. Nos encontramos en un bareto, se lo juro.
Adamsberg contempló de inmediato sus grandes ojos negros y vio que un poco de verdad había pasado con este «se lo juro».
– ¿Qué hicisteis?
– Nada.
– Roubaud, tengo al sembrador en la celda. Si quieres, te meto con él, cierro los ojos y no hablamos más. En una media hora, estás muerto.
– Digamos que le apretamos las tuercas a un tipo.
– ¿Por qué?
– Queda lejos. Nos pagaron para que ese tipo soltase algo, eso es todo. Había robado en una tienda y tenía que devolverlo. Le apretamos las tuercas, era el trato.
– ¿El trato?
– Sí, nos habían contratado. Un trabajillo, ya sabe.
– ¿Dónde le «apretasteis las tuercas»?
– En un gimnasio. Nos dieron la dirección, el nombre del tipo y el nombre del bareto donde debíamos reunimos. Porque no nos conocíamos de nada.
– ¿Ninguno de vosotros?
– No. Éramos siete y nadie se conocía. Nos habían pescado separadamente. Un tipo listo.
– ¿Dónde os habían pescado?
Roubaud se encogió de hombros.
– En lugares donde se encuentran tipos a los que no les importa apretarle las tuercas a otros por pasta. No es complicado. A mí me pescaron en un pub de mierda en la Rue Saint-Denis. Se lo juro, yo no me meto en ese tipo de negocios desde hace años. Se lo juro, comisario.
– ¿Quién te pescó?
– No lo sé, todo estaba puesto por escrito. Una chica me dio la carta. Papel elegante, limpio. Me fié.
– ¿De parte de quién?
– Se lo juro, nunca supe quién nos había contratado. Demasiado listo, el jefe. Debimos haber pedido más.
– Entonces os reunisteis los siete y fuisteis a buscar a vuestra víctima.
– Sí.
– ¿Cuándo fue?
– Un 17 de marzo, un jueves.
– Y os lo llevasteis a ese gimnasio. ¿Y después?
– Ya lo he dicho, mierda -dijo Roubaud agitándose en su silla-. Le apretamos las tuercas.
– ¿Eficaz? ¿Soltó lo que tenía que soltar?
– Sí, terminó telefoneando. Dio toda la información.
– ¿De qué se trataba? ¿Pasta? ¿Droga?
– No lo supe, lo juro. El jefe debió de quedar satisfecho puesto que no volvimos a oír nada al respecto.
– ¿Os pagaron bien?
– Sí.
– Le apretasteis las tuercas, ¿eh? ¿Y el tipo lo soltó todo? ¿No dirías más bien que lo torturasteis?
– Le apretamos las tuercas.
– ¿Y vuestra víctima os hace pagar ocho años más tarde?
– Eso es lo que creo.
– ¿Por haberle apretado las tuercas? ¿Estás de cachondeo, Roubaud? Vas a volverte a casa.
– Es la verdad -dijo Roubaud agarrándose a la silla-. ¿Para qué mierda íbamos a torturarlos si no tenían estómago? Se cagaban sólo de vernos.
– ¿Ellos?
Roubaud se mordió de nuevo el labio inferior.
– ¿Eran varios? Espabila, Roubaud, siento que tenemos prisa.
– Había una chica también -murmuró Roubaud-. No tuvimos elección. Cuando fuimos a coger al tipo, estaba con su novia, ¿qué más daba? Nos los llevamos a los dos.
– ¿Le apretasteis también las tuercas a la chica?
– Un poco. Yo no, lo juro.
– Mientes. Sal del despacho, ya no quiero verte. Enfréntate a tu destino, Kévin Roubaud, yo me lavo las manos.
– No fui yo -dijo Roubaud susurrando-, lo juro. No soy un animal. Soy un poco borde si me provocan pero no como los otros. Yo sólo me reía un poco y les guardaba las espaldas.