Huye rápido, vete lejos
- Автор: Варгас Фред
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Huye rápido, vete lejos». Краткое содержание книги:
En el otro extremo de la ciudad, Joss, el viejo marino bretón que se ha convertido en pregonero de noticias, está perplejo. Desde hace tres semanas, en cuanto cae la noche, una mano desliza incomprensibles misivas en su buzón. ¿Se trata de un bromista? ¿Es un loco? Su bisabuelo le murmura al oído: «Ten cuidado Joss, no sólo hay cosas bonitas en la cabeza del hombre».
Danglard empujó la puerta de El Vikingo a la hora del postre, se acodó en la barra, puso la bola a sus pies y le hizo un signo discreto a Adamsberg.
– Tengo poco tiempo -dijo Danglard-. Los niños me esperan.
– ¿Hurfin no ha montado lío? -preguntó Adamsberg.
– No. Ferez ha estado viéndolo. Le ha dado un calmante. Él ha obedecido y descansa.
– Muy bien. Todo el mundo va a terminar durmiendo esta noche, a fin de cuentas.
Danglard le pidió un vaso de vino a Bertin.
– ¿Usted no? -preguntó.
– No sé. Quizás camine un poco.
Danglard tragó la mitad de su copa y contempló a la bola que se había instalado sobre su zapato.
– ¿Crece, verdad? -dijo Adamsberg.
– Sí.
Danglard terminó su vaso y lo volvió a dejar sin ruido sobre el mostrador.
– Lisboa -dijo deslizando un papel doblado sobre la barra-. Hotel Sao Jorge. Habitación 302.
– ¿Marie-Belle?
– Camille.
Adamsberg sintió cómo su cuerpo se ponía tenso como bajo un brusco empellón.
– ¿Cómo lo sabe, Danglard?
– He hecho que la siguiesen -dijo Danglard inclinándose para recoger al gatito o para ocultar su rostro-. Desde el principio. Como un cabrón. No debe saberlo nunca.
– ¿Por un policía?
– Por Villeneuve, un veterano del distrito 5.
Adamsberg se quedó inmóvil, con el ojo fijo en el papel doblado.
– Habrá otras colisiones -dijo.
– Lo sé.
– Y por otro lado…
– Lo sé. Por otro lado.
Adamsberg observó sin moverse el papel blanco, después avanzó lentamente la mano y la volvió a cerrar sobre él.
– Gracias, Danglard.
Danglard volvió a colocar al gatito bajo su brazo y salió de El Vikingo haciendo una seña con la mano, de espaldas.
– ¿Era su colega? -preguntó Bertin.
– Un mensajero. De los dioses.
Cuando se hizo de noche en la plaza, Adamsberg, apoyado en el plátano, abrió su cuaderno y arrancó una página. Reflexionó y después escribió Camille. Esperó un instante y añadió Yo.
El principio de una frase, pensó. No está tan mal.
Después de diez minutos, como la continuación de la frase no venía, puso un punto después del Yo y dobló la hoja alrededor de una moneda de cinco francos.
Después, con paso lento, atravesó la plaza y metió su ofrenda en la urna azul de Joss Le Guern.
Fred Vargas