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La tercera virgen

Электронная книга - «La tercera virgen». Краткое содержание книги:

La tercera virgen es sin duda alguna una de las mejores novelas de Fred Vargas, no tanto por la trama, que como en todas las novelas de esta autora de género negro resulta envolvente y convincente en su desarrollo, sino por los personajes, trazados de una manera tal que, aunque extravagantes, incomprensibles a veces y llenos de secretos, resultan más cercanos que el vecino de la puerta de al lado con el que nos cruzamos todas las mañana a la misma hora. El comisario Adamsberg sigue siendo un hombre extraño, no sólo para nosotros los lectores, sino también para su propio equipo, con el que mantiene una relación de amor-odio, reflejo muy conseguido de micro-sociedad fruto del ambiente opresor del lugar de trabajo. La extravagancia no es propiedad exclusiva del comisario, casi todos sus subordinados tienen una característica especial, un defecto, una marca que les hace especiales y diferentes al resto de los humanos, un deje que les infiere una particularidad propia, tan bien creada, que les hace ser universales. En esta novela Adamsberg se enfrenta, al mismo tiempo que con la resolución de los asesinatos de las jóvenes vírgenes, con su pasado. Un pasado que se presenta en forma de subordinado, el teniente Veyrenc, que con su presencia en el equipo pretende saldar una cuenta pendiente de su infancia. Así Fred Vargas nos hace dudar de la bondad del comisario, creando una incertidumbre que lastra la confianza ciega que el lector siempre otorga al bueno, al policía, al salvador, y creando un juego fascinante del que queremos saber la resolución lo antes posible, para poder restablecer nuestra confianza ciega en la justicia y la bondad de quienes la manejan. La trama y los personajes implicados nos atrapan sin remedio, llegando tal vez a una resolución final un poco decepcionante, tal vez demasiado increíble, que no consigue aun así, desmerecer en nada el resto de esta magnífica novela.
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Los hombres se volvieron hacia su discreta colega, siempre estupefactos de que Froissy sólo pensara en comer, incluso cuando uno de los suyos agonizaba. Fuera, el fragor del helicóptero anunciaba el despegue inminente de Retancourt. El médico pensaba que no volvería del limbo, Adamsberg lo había leído en sus ojos.

Adamsberg recorrió los rostros extenuados que las linternas emblanquecían. La perspectiva incongruente de una cena de lujo en un sitio refinado les parecía tan inaccesible como deseable, alojada en otra vida, efímera pompa en que el artificio tendría el poder de suspender el horror.

– De acuerdo, Froissy -dijo-. Nos vemos todos allí, en La Rose des Vents. Venga, doctor, nos vamos con Retancourt.

– Lavoisier, como Lavoisier simple y llanamente.

XLIX

Veyrenc no había ido a París para interesarse por las vicisitudes de la Brigada. Pero a las nueve y media de la noche, habiendo engullido hacía un buen rato la cena del hospital, no conseguía fijar su atención en la película. Irritado, alcanzó el mando a distancia y apagó en televisor. Levantó la pierna, se sentó en el borde de la cama, empuñó la muleta y avanzó a paso comedido hasta el teléfono de pared del pasillo.

– ¿Comandante Danglard? Veyrenc de Bilhc. ¿Tiene noticias?

– La hemos encontrado, a treinta y ocho kilómetros de París, siguiendo al gato.

– No entiendo.

– El gato, que quería reunirse con Retancourt, joder.

– De acuerdo -dijo Veyrenc notando al comandante con los nervios de punta.

– Está entre la vida y la muerte, vamos de camino a Dourdan. En letargia paraletal.

– Intente explicarme un poco, comandante. Tengo que saberlo.

¿Por qué?, se preguntó Danglard.

Veyrenc escuchó el relato del comandante, mucho menos organizado que de costumbre, y colgó. Se puso la mano sobre la herida del muslo, experimentando el dolor con la punta de los dedos, imaginando a Adamsberg inclinado sobre Retancourt, tratando desesperadamente de arrastrar a su sólida teniente hacia la vida.

Aquella que os salvó otrora del peligro

la veis yacer ahora al linde de la ausencia.

No cedáis, mi señor, a la desesperanza,

pues los dioses, clementes, frenarán su venganza

y sus manos calmadas harán don de indulgencia

para aquel que consiga rescatarla del limbo.

– ¿No estamos durmiendo todavía? No somos razonables -dijo la enfermera tomándolo del brazo.

L

Con las manos apretadas encima de las sábanas, Adamsberg permanecía en pie junto a la cama de Retancourt, a quien seguía sin ver respirar. Los médicos habían inyectado, limpiado, aspirado, pero él no notaba el menor cambio en la teniente. Aparte del hecho de que las enfermeras la habían lavado de arriba abajo, le habían cortado y tratado el pelo, infestado de pulgas. Los perros, claro. Encima de la cama, una pantalla emitía débiles señales vitales que Adamsberg prefería no mirar, por si dejaba de emitirlas.

El médico tiró del brazo a Adamsberg y lo alejó de la cama.

– Vaya a reunirse con ellos, vaya a restaurarse, piense en otra cosa. Ya no puede hacer nada aquí, comisario. Ella tiene que descansar.

– No está descansando, doctor. Se está muriendo.

El médico desvió la mirada.

– No está muy bien -admitió-. El calmante, Novaxon inyectado en altas dosis, ha paralizado todo el organismo. El sistema nervioso está por los suelos, el corazón resiste no se sabe cómo. Ni siquiera entiendo que siga viva. Incluso si la salvamos, comisario, no estoy seguro de que recupere todas sus facultades mentales. Digamos que la sangre irriga el cerebro al mínimo. Es el destino, trate de entenderlo.

– Hace ocho días -dijo Adamsberg, a quien costaba separar las mandíbulas-, salvé a un tipo cuyo destino era morir. No hay destino. Ha aguantado hasta aquí, y seguirá aguantando. Ya lo verá, doctor, es un caso que figurará en sus anales.

– Reúnase con los demás. Puede pasar todavía días en este estado. Llamaré si hay cualquier novedad.

– ¿No se le puede sacar todo, limpiar todo y volver a poner todo?

– No, no se puede.

– Perdone, doctor -dijo Adamsberg soltándole el brazo.

Adamsberg volvió hacia la cama, pasó los dedos por los cabellos cortados de la teniente.

– Vuelvo pronto, Violette -dijo.

Era lo que Retancourt decía siempre al gato antes de irse, para que no se preocupara.

La alegría explosiva que reinaba en la sala del restaurante recordaba más a una fiesta de cumpleaños que a un grupo de maderos sumido en la angustia. Adamsberg los miró un rato desde la puerta del comedor, a través de las tenues luces de las velas, que les conferían a todos una belleza falaz, con los codos apoyados en el mantel blanco, los vasos circulando de mano en mano, las bromas rodando a ras del suelo. Muy bien, mejor, eso era lo que había esperado, esa pausa fuera del tiempo, que usaban con exceso, sabiendo perfectamente que sería breve. Temía que su llegada hiciera caer esa alegría frágil, tras la cual las inquietudes se perfilaban como a través de una ventana. Se forzó a sonreír mientras se aproximaba a ellos.

– Está mejor -dijo sentándose-. Pásenme un plato.

Incluso a él, cuya mente había quedado aferrada al cuerpo de Retancourt, la cena, el vino y las risas le hicieron algún bien. Adamsberg nunca había sabido participar correctamente en una comida colectiva, y todavía menos festiva, incapaz de ocurrencias o de bromas rápidas. Al igual que un bucardo mirando pasar el tren a gran velocidad por el valle, asistía como oyente ajeno y conciliador a la turbulencia de sus agentes. Froissy, curiosamente, daba lo mejor de sí en esos momentos, ayudada por la pitanza y un humor feroz, insospechable en tiempo de trabajo. Adamsberg se dejaba llevar, vigilando constantemente la pantalla de su móvil. Que sonó a las once cuarenta.

– Está declinando -anunció el doctor Lavoisier-. Optamos por una transfusión completa, es nuestra última posibilidad. Pero es del grupo A negativo y, vaya por Dios, las reservas quedaron vacías ayer por un accidentado en la carretera.

– ¿Y donantes, doctor?

– Tenemos uno solo, y necesitaríamos tres. Los otros dos están de vacaciones. Estamos en Semana Santa, comisario, la mitad de la ciudad se ha largado, lo siento. Y si buscamos donantes en otros centros, será demasiado tarde.

Se hizo un silencio brutal en la mesa, a la vista del rostro descompuesto de Adamsberg. El comisario abandonó la sala corriendo, seguido inmediatamente por Estalère. El joven volvió unos instantes después y se sentó como un fardo.

– Transfusión urgente -dijo-. Grupo A negativo, pero no tienen donantes.

Adamsberg entró cubierto de sudor en la sala blanca en que el único donante A negativo de Dourdan acababa su transfusión. Le pareció que las mejillas de Retancourt tiraban a azul.

– Grupo 0 negativo -anunció al médico quitándose ya la chaqueta.

– Muy bien, tome usted el relevo.

– He bebido dos vasos de vino.

– Da lo mismo, a estas alturas.

Un cuarto de hora después, con el brazo entumecido por el garrote, Adamsberg sentía su sangre fluir hacia el cuerpo de Retancourt. Estirado boca arriba a su lado, miraba fijamente el rostro de su teniente, pendiente del menor signo de regreso a la vida. Haz que. Pero por mucho que se concentrara y rezara a la tercera virgen, no daría más sangre que cualquier otro. Y el médico había dicho tres. Tres donantes. Como las tres vírgenes. Tres. Tres.

La cabeza empezaba a darle vueltas, apenas había comido. Aceptaba el vértigo sin disgusto, sintiendo que el hilo de sus pensamientos empezaba a disiparse. Se obligaba a mirar fijamente el rostro de Retancourt, notando que la raíz de su pelo era más rubia que las mechas que le caían en la nuca. Antes nunca se había fijado en que Retancourt se había teñido de un rubio más intenso que su color natural. Vaya ocurrencia, esa preocupación estética. Conocía mal a Retancourt.

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