Pasos sobre cristal [Walking on Glass - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 1989
- Язык: испанский
- Год: Serbal
- ISBN: 84-7628-055-6
- Переводчик: Jorge Lech Polianski
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Pasos sobre cristal [Walking on Glass - es]». Краткое содержание книги:
Steven contempló la luz que se filtraba por uno de los extremos del túnel, mientras el tren pasaba ruidosamente por encima de su cabeza haciendo vibrar levemente el asiento de hierro de la cortadora de césped. Los cuervos graznaron su nombre, sus ásperas voces no demasiado amortiguadas por el bullicio del tren: «¡Ge-rout! ¡Ge-rout! ¡Ge-rout!»
Steven era feliz.
Túnel
Quiss se encontraba de pie en el parapeto del balcón, contemplando hacia abajo la planicie nevada. Tenía la boca seca y su corazón latía con rapidez; estaba temblando, y un tic nervioso aparecía de tanto en tanto en una de las comisuras de su boca, mientras su cuerpo se balanceaba ligeramente, preparándose para saltar.
Se iba a suicidar porque había descubierto el secreto del castillo. Sabía en qué se basaba, qué era lo que escondía; incluso sabía en dónde hallarlo y cuándo. El cuervo rojo se lo había mostrado.
Habían terminado de jugar al Túnel, el cual se basaba en un juego llamado Bridge. Cada uno jugaba dos manos, utilizando naipes en blanco y teniendo que hacer algo llamado bazas. El Túnel era igual que el Bridge jugado por debajo de la mesa, o en la obscuridad. Al igual que en el Dominó sin Puntos, debían seguir los mismos pasos del juego, con la esperanza de que con el tiempo jugarían una partida en la que los naipes en blanco —a los cuales la pequeña mesa había adscrito distintos valores, cambiándolos en cada nueva partida— terminasen dispuestos sobre la mesa en una secuencia lógica, las «bazas» compuestas correctamente por naipes que cuadrasen entre sí.
La partida había terminado; después de mil días finalmente lo habían logrado, pero aún se hallaban indecisos con respecto a qué respuesta dar al acertijo. Ninguna de las opciones en las que ambos estaban de acuerdo les parecía la acertada. A Quiss ya no le preocupaba. De todas formas, no cambiaría en nada las cosas. En aquel lugar tan sólo se podía encontrar la muerte, esto es lo que el cuervo rojo le había mostrado. Quiss observó la nieve que cubría los peñascos de pizarra situados en la base del castillo. Era una caída de aproximadamente cien metros. Durante unos instantes sentiría un ruido a viento, luego un poco de frío, y por último le embargaría la ingravidez, entonces… la nada. Lo haría ahora, pero antes tenía que prepararse. De hecho, Ajayi podría venir de un momento a otro (como era habitual en ella había salido en busca de libros) y él no deseaba que le viera allí. Mordiéndose el labio, se inclinó hacia adelante, por encima del precipicio.
Esta vez sin ametralladoras, pensó.
Había estado en las profundidades del castillo.
Más puertas cerradas. Los mismos y mal iluminados corredores vetustos. Sus pinches no le ayudarían a buscar las llaves de las puertas; decían que no tenían ninguna influencia sobre los custodios de las llaves, no conocían a ninguno de ellos y si comenzaban a hacer preguntas inmediatamente serían sospechosos; suponían que el senescal ya estaba enterado de la lealtad que profesaban a Quiss, y meramente lo toleraba.
En las pocas ocasiones en que Quiss se encontraba con algunos ayudantes en las plantas inferiores del castillo, intentaba entablar con ellos una conversación; pero los ayudantes se mostraban taciturnos, poco serviciales. Varias veces pensó en dejar inconsciente a uno de ellos de un golpe para ver si tenía en su poder alguna llave que le fuera útil, pero ni bien hubo insinuado que quizá probara este método, los pinches que le eran leales comenzaron a chillar y a suplicarle que no lo hiciese. Él y ellos serían castigados severamente si intentaba abrir las puertas del castillo de esa manera. Los esbirros negros, habían dicho con voces temblequeantes; los esbirros negros… Quiss supuso que estarían hablando de los ayudantes que él había visto en una oportunidad acompañando al senescal, el día en que encontró la puerta abierta y más tarde ellos aparecieron en el chirriante ascensor. De mala gana desechó su idea de conseguir una llave por la fuerza.
Quiss caminó a lo largo del corredor. Se encontraba en el área general de la puerta que había encontrado abierta hacía muchos, muchos días atrás. Le parecía percibir muy lejanamente una especie de ruido machacón y sospechó que debía estar cerca de la sala trituradora de números; de pe, como la había llamado el irritable ayudante.
El corredor se desplegó a una sección transversal dos veces más grande de lo que Quiss recordaba era normal en el castillo. Adosado a una de las paredes había un banco de pizarra frente a una hilera de doce altas y pesadas puertas con bandas de metal.
Quiss se sentía fatigado, por lo que se sentó en el banco mirando a través de la penumbra las enormes y obscuras puertas.
—¿Cansado, viejo? —le dijo una voz encima suyo. Quiss se giró descubriendo al cuervo rojo posado sobre una estaca que sobresalía de la pared justo debajo del banco de pizarra y casi pegada al alto techo abovedado.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó, sorprendido de encontrarle en aquel sitio tan profundo del castillo.
—Te estoy siguiendo —dijo el cuervo.
—¿Y a qué debo semejante honor?
—A tu estupidez —dijo el cuervo rojo, desplegando sus alas como si se le hubieran quedado rígidas. Uno de sus pequeños ojos lanzó un destello bajo la mortecina luz de los tubos transparentes situados en la cima del techo.
—¿De veras? —dijo Quiss. Si el cuervo rojo tan sólo quería insultarle, pues adelante. Si deseaba hablar tendría que demostrarlo. Sospechó que quería hablar. Se encontraba allí por alguna buena razón.
—Sí, de veras —dijo con irritación el cuervo rojo. Dejándose caer desde la estaca, aterrizó en medio del pavimento, justo enfrente de Quiss. El cuervo volvió a doblar sus alas, levantando a su alrededor un poco de polvo—. Como no quieres escuchar razones, tendré que restregarte la nariz contra ciertas cosas.
—¿Ah sí? —dijo Quiss sin inmutarse. No le había gustado el tono de voz— ¿Qué «cosas»?
—Puedes llamarlas verdad —dijo el cuervo, escupiendo las palabras como pepitas de uva.
—¿Y qué puedes saber tú sobre eso? —se mofó Quiss.
—Oh, bastante, como tú mismo podrás comprobarlo, viejo. —La voz del cuervo rojo era tranquila, mesurada y burlona—. Claro, eso si lo deseas.
—Depende —dijo Quiss, mirándole con ceño fruncido—. ¿De qué estamos hablando exactamente?
El cuervo rojo sacudió su cabeza, indicando la pared y las puertas.
—Yo puedo hacer que tú entres ahí. Puedo mostrarte lo que has estado buscando durante todo este tiempo.
—¿De veras puedes hacer eso? —dijo Quiss, perdiendo tiempo. Se preguntaba si el cuervo estaría diciéndole la verdad. Si era así, ¿por qué a él?
El ave, cuyo brillante plumaje se veía de color borgoña a causa de la penumbra, asintió con un movimiento de su cabeza.
—Por supuesto. ¿Quieres ver lo que hay detrás de las puertas?
—Sí —dijo Quiss. No tenía sentido negarlo—. ¿A cambio de qué?
—Ah —dijo el cuervo rojo, y Quiss pensó que si el ave pudiese sonreír lo hubiera hecho—. Me tienes que dar tu palabra.
—¿Sobre qué?
—Que lo que te muestro lo hago bajo tu propia responsabilidad, que vas voluntariamente comprendiendo sin ninguna influencia externa de mi parte o de alguien otro que tal vez no desees regresar, o que desees suicidarte. Puedes no hacerlo, naturalmente, pero si no regresas o te suicidas, me tienes que dar tu palabra de que dirás que yo te había prevenido antes.