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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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– ¡No! Se lo he dicho cien veces. Yo no maté a Marc. Ni yo ni Edu…

– Pues en este momento tenéis todos los números para cargar con el marrón.

Aleix observó a Salgado y luego a Leire. No halló en ellos ni un ápice de comprensión. Finalmente echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y suspiró. Cuando volvió a abrirlos, empezó a hablar despacio, casi con alivio.

– Marc se enfadó mucho con su tío cuando éste se negó a decirle quién era aquel monitor. Y entonces se le ocurrió esa idea absurda… -Hizo una pausa-. Lo saben todo ya, ¿no? Supongo que han encontrado el USB en casa de Gina.

Leire ignoraba de qué le estaba hablando, pero asintió:

– Tuve suerte. Lo cogí cuando te fuiste.

– Pues entonces ya lo ha visto. Las fotos de Natalia, listas para ser introducidas en el ordenador de su tío. En parte habría sido divertido: ver la cara del ímprobo padre Castells cuando abriera el ordenador y descubriera en él las fotos de una niña desnuda, junto con algunas más que Marc había sacado de internet. Además, Marc se curró las fotos, le hizo un montón a la niña, una noche, mientras dormía. ¿Sabían que las chinitas tienen mucho éxito entre los pedófilos?

Leire intentó que su semblante no delatara la emoción y el asco que sentía. Iba atando cabos mentalmente, intentando anticiparse y no meter la pata. Pero entonces intervino Salgado:

– Le habría sido difícil explicar esas fotos si alguien se hubiera enterado.

– Claro. Y por una vez la sotana no le protegería de los rumores. Más bien al contrario.

– Rumores corno los que esparcisteis en el instituto sobre aquella profesora -dijo Héctor, recordándolo en ese momento.

Aleix sonrió levemente.

– Sí. Menuda zorra. Encontré un perfil suyo en internet, de lo más decente, se lo juro. Robé las fotos, jugué un poco con el photoshop para acentuar ciertos encantos, añadí otro texto y luego lo mandé completo a toda su lista de correo. Y no la privada: incluí hasta al director del colegio. ¡Fue genial!

– Y lo mismo pensaba hacer Marc con la cuenta de correo del padre Castells y las fotos de Natalia -añadió Héctor.

– Más o menos. En realidad Marc quería utilizarlo como amenaza. Gracias a cuatro cosas que yo le había enseñado descifró la contraseña del correo de su tío. Su plan era simple. Por un lado, descargar el archivo con las fotos en el ordenador del padre Castells; luego, pasado el puente de San Juan, llamarlo y ponerlo contra las cuerdas: o le daba el nombre que quería saber o esas fotos vergonzosas que Félix estaría viendo horrorizado por primera vez en su ordenador se divulgarían a todos sus contactos. Sabiendo su contraseña y teniendo el USB con las fotos, Marc podía hacerlo desde casa. ¿Se imaginan las caras de Enric, de Gloria, de los compañeros del cura, de las asociaciones de padres, si de repente les llegaba un e-mail de Castells con fotos de su sobrina desnuda?

– Es perverso -apuntó Leire-. ¿Iba a hacerle eso a un hombre que lo había criado, que había sido casi un padre para él?

Aleix se encogió de hombros.

– La teoría de Marc era que Félix habría hablado. En ese momento de desesperación le habría revelado el nombre que quería saber. Y entonces él no habría tenido que cumplir la amenaza. De todas formas, tampoco se sentía muy mal por darle un susto; en el fondo, era un encubridor.

– ¿Y pensaste que podía salirse con la suya?

El chico asintió.

– El plan podía fracasar estrepitosamente y Félix podía negarse a todo, pero… Corren malos tiempos para los curas en este tema. No se habría jugado la reputación por proteger a Edu… Intenté disuadir a Marc, exponerle los riesgos. Le insistí en que eso ya no era una broma de colegio, que esto era algo más serio. Que si se descubría la verdad, él y Gina podían pasarlo muy mal. Al menos conseguí convencerlo de que retrasara todo el plan unos días. Le dije que debíamos meditarlo bien para no meter la pata y le persuadí de que lo dejara todo para después de Selectividad. Él no volvió a sacar el tema, pero por Gina me enteré de que había seguido adelante con el plan a mis espaldas.

– Y eso no podías permitirlo… Así que convenciste a Gina de que se quedara con el USB -siguió interrogándole Héctor.

– Fue fácil. Tenía unos celos enormes de la chica de Dublín y a ella sí la asusté de verdad. Además, Gina era una chica sensible. -Sonrió-. Demasiado sensible… La visión de esas fotos la horrorizaba. Marc las había pasado al USB para borrarlas de su ordenador. Gina le convenció, a instancias mías, de que era mejor que lo guardara ella en su casa hasta que él tuviera la oportunidad de acceder al ordenador de Félix.

– Y la oportunidad se presentaba durante el puente de San Juan -dijo Leire, recordando que Félix se quedaba con el resto de su familia en la casa de Collbató-. Pero Gina no le llevó el USB a la fiesta y Marc se enfadó. -Ahí avanzaba segura gracias al relato de Rubén, así que siguió hablando-: Se enfadó contigo y con ella, y acabó tirando la droga que tú tenías para vender. La droga que aún tienes que pagar, por cierto. Intentaste impedírselo y le diste un golpe. La camiseta que llevaba se manchó de sangre. Por eso se la quitó luego y se puso otra.

– Más o menos…

– Tú dices que te fuiste y tu hermano lo confirma, pero vuestra coartada mutua no es muy satisfactoria ahora, ¿no te parece?

El se inclinó sobre la mesa.

– ¡Es la verdad! Me fui a casa. Edu estaba allí. No le dije nada de todo eso. Dios, se lo conté anoche sólo porque necesito dinero para pagarles a esos tíos. Si no, no le habría dicho nunca nada. Es… mi hermano.

Leire miró a Héctor. El chico parecía decir la verdad. Salgado fingió ignorar a su compañera y se sentó en una esquina de la mesa.

– Aleix, lo que no entiendo es que un chico tan listo como tú cometiera un error tan burdo. ¿Cómo dejaste que Gina se quedara con el USB? Tú lo controlabas todo. Y sabías que no se podía confiar en ella…

– ¡No lo hice!-protestó él-. Se lo pedí el mismo día que vinieron ustedes a interrogarla. Pero se confundió y rae dio uno equivocado. ¿Saben una cosa? Sí, soy más listo que ustedes. ¿Tienen a mano la transcripción de la nota de suicidio que escribió Gina? ¿La recuerdan? ¡Gina jamás habría escrito eso! Era incapaz de dejarse un acento o de utilizar abreviaturas. Su padre, el escritor, las detesta.

Héctor observó a Aleix sin decir nada. Pero quien llamó su atención entonces fue la agente Castro, que con una voz que intentaba ser firme, preguntó:

– ¿Qué contenía el USB que te dio Gina, Aleix?

– Sus apuntes de historia del arte. ¿Qué más da eso?

Leire se apoyó en el respaldo de la silla. Oía de fondo que Héctor seguía interrogando al testigo, aunque ella ya sabía que no merecía la pena. Que Aleix no había matado a Marc, y desde luego tampoco a Gina. Era un capullo y se merecía que los camellos le partieran la cara, pero no era un asesino. Ni su hermano, el santurrón pedófilo, tampoco.

Sin decir nada, salió de la sala e hizo una llamada. No necesitaba más: sólo confirmar un dato con Regina Ballester, la madre de Gina Martí.

Capítulo 40

Sentado en el sofá blanco de la casa de los Castells, mientras esperaba que Gloria terminara de bañar a la niña y bajara a reunirse con ellos, Héctor se dijo que en ese salón se respiraba la misma paz que había notado la última vez que estuvieron allí. Pero ahora, mientras contemplaba la elegante decoración y oía la suave música que flotaba en el ambiente, Héctor sabía que todo eso no era más que un decorado. Una falsa calma.

Él y Leire habían discutido mucho cómo enfocar la siguiente parte de ese asunto. Salgado había escuchado el razonamiento de Castro atento a todos los puntos que desembocaban a una única conclusión. Pero cuando llegó al final del proceso, cuando el nombre de la persona que había matado a Marc, y probablemente también a Gina, estuvo claro para ambos, Héctor recordó algo que él le había dicho a Joana. «Es posible que este caso no se resuelva nunca.» Porque, incluso con la verdad ante ellos, las pruebas eran mínimas. Tan mínimas que sólo podía confiar en que la tensión y el miedo acumulado fueran más fuertes que la entereza y la sangre fría. Por eso había impuesto su criterio y había ido él solo. Para lo que iba a hacer, dos personas eran multitud.

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