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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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– Pero Marc no lo olvidó -siguió Héctor-. Lo decía en su blog: hablaba de medios y de fines, de venganza y de justicia, de verdad.

– No sé lo que planeaba. No volví a hablar con él de ese tema. -Miró a Inés, como si ella tuviera la respuesta.

– No me contó los detalles, pero sí que era algo contra usted. No quiso decirme de qué se trataba.

Héctor se plantó delante del padre Castells.

– Pues ahora ha llegado el momento de dar ese nombre, ¿no cree? El nombre del monitor que abusó de esa niña y es, moralmente al menos, responsable de su muerte. El nombre que Marc pretendía conseguir.

Él asintió con la cabeza.

– Hacía tiempo que no lo veía, pero coincidí ayer con él, en casa de los Martí. Se llama Eduard. Eduard Rovira.

Capítulo 39

Cerdos -dijo Leire mientras conducía hacia la casa de los Rovira-. Son todos unos cerdos. Estoy segura de que la amistad con los Rovira contaba más que lo que le había pasado a la hija de la cocinera. Un muchacho cristiano de buena familia que ha cometido un error…

Héctor la miró y no pudo negarlo.

– Algo hubo de eso, estoy seguro. Y también de orgullo herido o de miedo. ¿Cómo justificar que todo eso ha estado pasando delante de tus narices sin que lo veas? Con Iris muerta, lo más práctico era zanjar el asunto.

Leire aceleró.

– Tengo ganas de pillar a ese hijo de puta.

Lo pillaron en casa. Los señores Rovira no estaban, así que fue un sorprendido Aleix quien les abrió la puerta creyendo que era a él a quien iban a buscar.

– Creí que era mañana…

Héctor lo agarró de la solapa.

– Vamos a hablar un ratito tú y yo luego. Pero, antes, queremos charlar con tu hermanito. ¿Está en su cuarto?

– Arriba. Pero no tiene derecho a…

Le cruzó la cara de un bofetón. La marca roja se extendió por la mejilla del chico.

– ¡Eh, eso es brutalidad policial! -protestó, recabando con la mirada la ayuda de Leire.

– ¿El qué? -preguntó ella-. ¿Lo dices por eso que te ha salido en la cara? Te habrá picado un mosquito. En verano hay muchos. Incluso en este barrio.

El tumulto había sacado a Edu de su habitación. Héctor había soltado ya a Aleix y concentraba toda su atención en su hermano. Se esforzó por olvidar lo que Inés les había leído hacía apenas media hora, por sofocar esa rabia sobrehumana que amenazaba con nublarle la vista otra vez. Permaneció durante un par de segundos tenso, con los puños apretados. Su rostro debía de dar miedo, porque Eduard retrocedió.

– Sabes a lo que venimos, ¿verdad? -preguntó Leire, colocándose entre el inspector y Eduard Rovira-. Vamos a ir todos a comisaría, y allí podremos hablar más tranquilos.

Leire observó a Aleix, quien, sentado al otro lado de la mesa de interrogatorios, no se atrevía a levantar la mirada. La mancha roja casi había desaparecido de su cara, pero aún se notaba un rastro leve.

– Tenemos que hablar de Edu, Aleix. -Su tono era frío, imparcial-. Tú sabes que tu hermano está enfermo.

Se encogió de hombros.

– Vamos. ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Abusó de ti también?

– ¡No! A él no…

– No le gustan los niños. ¡Es un detalle! Al menos prefiere las niñas. ¿Cuándo te enteraste?

– No voy a decir nada.

– Sí. Sí que me lo vas a decir. Porque puede ser que tu hermano matara a Marc y a Gina para ocultar todo esto. Y quizá Marc te importara poco, pero a Gina la querías…

– ¡Edu no ha matado a nadie! Ni siquiera sabía nada de esto hasta ayer.

Leire iba con cuidado. Cualquier desliz podía ser fatal.

– Si eso es verdad, habla conmigo, Aleix. Convénceme de ello. ¿Cuándo supiste que a Edu le gustaban las niñas?

Él la miró a los ojos; ella sabía que estaba calculando todas las posibilidades y cruzó los dedos mentalmente hasta que él respondió por fin.

– Yo no sé nada de eso.

– Sí lo sabes… Te gusta saber cosas de los demás, Aleix. Y no tienes un pelo de tonto.

Aleix le sonrió.

– Bueno, digamos que hace un par de años, un verano que vino, encontré algunas cosas en su ordenador. Se me dan bien las contraseñas. Pero no podrán demostrarlo porque no encontrarán nada en él ya. -Seguía sonriendo-. Ni un solo rastro.

«Gracias a ti, cabrón», pensó Leire. Aleix se pavoneaba, quería demostrar siempre que era el más listo. «Te voy a pillar por chulo, gilipollas.»

– Y cuando Marc volvió de Dublín decidido a encontrar al chico que había abusado de Iris, tú terminaste por atar cabos y pensar que podía ser Edu, ¿verdad? Te sonaba que había sido monitor de campamentos con Félix, y es obvio que tu familia y los Castells se llevaban bien. Marc ni siquiera se acordaba de Edu, ni te conocía cuando pasó todo eso. Y Edu lleva años fuera… En lugares donde realiza labores humanitarias. Y juega con las niñas.

Él le sostuvo la mirada con insolencia.

– Eso lo ha dicho usted, no yo.

Leire hizo una pausa. Llegaban al punto más importante de todo el asunto, el punto en que ella dejaba de saber y necesitaba preguntar, el punto en que necesitaba ser más hábil que ese niñato engreído. Se tomó unos segundos antes de formular la siguiente pregunta.

En la sala contigua, un silencioso y amedrentado Eduard se enfrentaba a la voz áspera, tensa, del inspector Salgado. Éste le había contado, punto por punto, detalle a detalle, todo lo que contenía el diario de Iris.

– Y además has tenido mala suerte -terminó-. Porque por alguna razón legal que no acabo de entender, estos casos de abusos prescriben a los quince años. Y hace sólo trece de aquel verano. ¿Has oído hablar de lo que les hacen a los pederastas en la cárcel?

Edu palideció, dio la impresión de que se encogía en el asiento. Sí, todo el mundo había oído hablar de eso.

– Pues en tu caso será peor, porque me aseguraré de que los funcionarios se lo digan a los presos de confianza. Y que de paso dejen caer que eres un niño bien que se ha librado durante años de la justicia gracias a los contactos de papá. -Se rió al ver la cara que iba poniendo ese gusano-. Si hay dos cosas que los presos odian es a los pederastas y a los niños ricos. De verdad que no me gustaría estar en tu pellejo cuando tres o cuatro te acorralen en una de las salas… mientras los vigilantes miran hacia otro lado.

Parecía a punto de desmayarse. «Bien, así me gusta», pensó Salgado.

– Claro que, si colaboras un poquito, quizá haga lo contrario. Pedir a los funcionarios que te protejan, decirles que eres un buen chico que ha cometido un par de errores.

– ¿Qué quiere saber?

– ¿Qué te contó tu hermano?

Leire iba a formular la siguiente pregunta cuando un serio Héctor Salgado apareció en la sala y, avanzando despacio hacia Aleix, le dijo en voz muy baja:

– Edu ha estado explicándome un montón de cosas, chico. La perspectiva de ir a la cárcel le ha vuelto muy comunicativo.

Salgado se sentó en el borde de la mesa, muy cerca de Aleix.

– Y al final me he formado una opinión de ti. ¿Quieres saberla?

El chico se encogió de hombros.

– Contéstame cuando te hablo.

– Me la va a decir igual, ¿no? -repuso Aleix.

– Sí. Eres un tío listo. Muy listo. Al menos en el instituto. El primero de la clase, el líder del grupo. Un chico guapo con una familia rica detrás. Pero en el fondo sabes que en esa familia hay mucha mierda oculta. Los demás no te importan, pero Edu es especial. Por Edu hiciste muchas cosas…

Aleix levantó la vista.

– Edu me ayudó mucho hace años.

– Ya… Por eso no podías dejar que el plan de Marc surtiera efecto. Era un plan algo descabellado, pero podría haberle salido bien y tu querido Edu hubiera tenido que enfrentarse a unos momentos muy desagradables. ¿Por eso mataste a Marc? ¿Para que no siguiera adelante?

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