El club De la buena Estrella
- Автор: Tan Amy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
La funcionaria de aduanas examina mis documentos, me echa un breve vistazo, con dos rápidos movimientos sella el visado y con un gesto adusto me invita a seguir adelante. En seguida mi padre y yo nos encontramos en una gran extensión llena de gente y maletas. Me siento perdida y mi padre es incapaz de tomar ninguna decisión.
– Perdone -le digo a un hombre que parece norteamericano-. ¿Sabe usted dónde puedo encontrar ahora un taxi?
El murmura algo, quizás en sueco u holandés.
– ¡Syau Yen! ¡Syau Yen! -oigo que grita a mis espaldas una voz aguda.
Una anciana tocada por un gorro de lana amarillo nos mira con un brazo alzado del que cuelga una bolsa de plástico rosa llena de envoltorios que parecen baratijas. Supongo que pretende vendernos algo, pero mi padre mira a esa mujercita menuda como un pájaro con los ojos entrecerrados. En seguida los abre y su rostro se ilumina con una sonrisa, como un chiquillo complacido.
– Aiyi! Aiyi!, ¡tía, tía! -exclama en tono afectuoso.
– ¡Syau Yen! -le arrulla mi tía abuela. Encuentro divertido que haya llamado a mi padre «pequeño ganso salvaje». Debe de ser el apodo que le pusieron de bebé, para ahuyentar a los espíritus que raptan a los niños.
Se cogen las manos, sin abrazarse, y permanecen así, diciéndose por turno:
– ¡Fíjate! ¡Qué viejo estás! ¡Cómo has envejecido! Ambos lloran abiertamente y ríen al mismo tiempo, mientras yo me muerdo el labio, procurando contener las lágrimas. Me da miedo experimentar su alegría, porque pienso en lo distinta que será mañana nuestra llegada a Shanghai, lo incómoda que me sentiré.
Ahora Aiyi sonríe alegremente y señala una foto Polaroid de mi padre, que tuvo el acierto de enviar fotografías cuando escribió anunciando nuestro viaje. «Mira qué lista soy», parece dar a entender mientras compara la foto con mi padre. El decía en su carta que la llamaría desde el hotel cuando llegáramos, por lo que es una sorpresa que hayan ido a recibirnos. Me pregunto si mis hermanas estarán en el aeropuerto.
Entonces me acuerdo de la cámara. Quería hacer una foto de mi padre y su tía en el momento de su encuentro. No es demasiado tarde.
– A ver, quietos un momento -les digo, alzando la Polaroid.
El flash destella y en seguida les ofrezco la instantánea. Aiyi y mi padre siguen juntos, cada uno sosteniendo un ángulo de la foto, contemplando cómo empiezan a formarse sus imágenes. Están casi reverentemente silenciosos. Aiyi sólo tiene cinco años más que mi padre, por lo que ronda los setenta y siete, pero parece ancianísima, encogida, una reliquia momificada. Su escaso cabello es de un blanco puro, los dientes estropeados, de color parduzco, y pienso en lo inverosímiles que son los relatos sobre mujeres chinas que parecen eternamente jóvenes.
Ahora Aiyi se dirige a mí en su tono arrullador.
– Jandale, qué grande eres ya.
Me mira de arriba abajo y luego inspecciona su bolsa de plástico rosa -sigo creyendo que contiene los regalos para nosotros- como si se preguntara qué podría darme, ahora que soy tan mayor. Y entonces cierra su mano en mi codo, como con una fuerte pinza, y me da la vuelta. Un hombre y una mujer cincuentones están estrechando la mano de mi padre, sonrientes, exclamando: «¡Ah! ¡Ah!». Son el hijo mayor de Aiyi y su esposa, y a su lado hay otras cuatro personas, más o menos de mi edad, y una niña de unos diez años. Las presentaciones son tan rápidas que sólo me entero de que uno de ellos es el nieto de Aiyi, con su esposa, y la otra es su nieta, acompañada de su marido. La pequeña es Lili, la biznieta de Aiyi.
Aiyi y mi padre hablan el dialecto mandarín de su infancia, pero el resto de la familia sólo habla el cantonés de su pueblo. Entiendo únicamente el mandarín, pero no sé hablarlo muy bien. Así, Aiyi y mi padre chismorrean a sus anchas en mandarín, intercambiando noticias sobre la gente de su antiguo pueblo, y sólo de vez en cuando hacen una pausa para hablamos a los demás, unas veces en cantonés y otras en inglés.
– Oh, ya me lo imaginaba -dice mi padre, volviéndose hacia mí-. Murió el verano pasado.
Ya he comprendido a quién se refiere, aunque no sé nada de esa persona, Li Gong. Me siento como si estuviera en las Naciones Unidas y los traductores se hubieran vuelto locos.
– Hola -le digo a la pequeña-. Me llamo Jing-mei.
Pero la chiquilla se aparta y me vuelve la cara. Sus padres ríen azorados. Intento pensar algunas palabras cantonesas y decírselas, cosas que aprendí de mis amigos en Chinatown, pero sólo se me ocurren tacos, términos para designar las funciones corporales y frases cortas como «sabe bien», «sabe a basura» y «es fea de veras». Entonces concibo otro plan: alzo la Polaroid y llamo a Lili moviendo un dedo. Ella se adelanta en seguida, se pone una mano en la cadera, como una modelo, saca pecho y sonríe enseñándome todos los dientes. En cuanto hago la foto se me acerca y se pone a brincar y reír mientras ve formarse su imagen en la película verdosa.
Cuando llamamos taxis para ir al hotel, Lili me tiene cogida la mano con fuerza y tira de mí.
En el taxi, Aiyi habla por los codos y no me da oportunidad de preguntarle por las cosas que vemos al pasar.
– En tu carta decías que sólo pasaríais aquí un día -le dice Aiyi a mi padre en tono agitado-. ¡Un día! ¿Cómo puedes ver a tu familia en un día? Toishan está a muchas horas de viaje de Guangzhou. Y la idea de llamarnos al llegar… Es una tontería. No tenemos teléfono.
El corazón se me acelera un poco. Me pregunto si tía Lindo les diría a mis hermanas que llamaríamos desde el hotel de Shanghai.
Aiyi sigue riñendo a mi padre.
– Me puse furiosa, pregúntale a mi hijo. ¡Menudo jaleo armé tratando de encontrar una solución! Al final decidimos que lo mejor era tomar el autobús en Toishan y venir a Guangzhou, veros nada más llegar.
Ahora retengo el aliento mientras el taxista esquiva camiones y autobuses, haciendo sonar el claxon constantemente. Parece ser que estamos en un paso superior de autopista, como un puente sobre la ciudad. Veo una hilera tras otra de edificios de viviendas, cuajados de ropa tendida en todos los balcones. Adelantamos a un autobús público, tan atestado de pasajeros que sus caras se aplastan contra las ventanillas. Entonces veo el perfil de lo que debe de ser el centro de Guangzhou. Desde lejos se parece a una gran ciudad de los Estados Unidos, con rascacielos y edificios en construcción por doquier. Cuando el taxista aminora la marcha en la parte más congestionada de la ciudad, veo docenas de tiendecillas con interiores tan oscuros que apenas se distinguen los mostradores y estanterías. Y ahora pasamos ante un edificio sobre cuya fachada se alza un andamio de cañas de bambú, unidas con tiras de plástico. Hombres y mujeres están de pie en las estrechas plataformas, sin cinturones de seguridad ni cascos, y pienso en el magnífico mercado que tendría aquí la empresa OSHA.
Oigo de nuevo la voz aguda de Aiyi.
– Es una lástima que no podáis ver nuestro pueblo y la casa. Mis hijos han tenido mucho éxito vendiendo nuestras verduras en el mercado libre. En los últimos años hemos ganado lo suficiente para construir una casa grande, de tres pisos, toda de ladrillo nuevo, lo bastante amplia para nuestra familia y algunos más. Y cada año las ganancias son mayores. ¡Los americanos no sois los únicos que sabéis haceros ricos!
El taxi se detiene y supongo que hemos llegado, pero al mirar por la ventanilla veo una versión más lujosa del Hyatt Regency.