El club De la buena Estrella
- Автор: Tan Amy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
En lugar de hacer eso, tía Lindo llevó la carta al Club de la Buena Estrella y habló con las tías Ying y An-mei de lo que debía hacerse, pues sabían desde hacía mucho tiempo que mi madre no había cejado en la búsqueda de sus hijas gemelas y su esperanza había sido inagotable. Tía Lindo y las demás lloraron por esta doble tragedia: tres meses atrás habían perdido a mi madre y ahora la perdían de nuevo. Por ello pensaron inevitablemente en algún milagro, alguna manera posible de resucitar a mi madre de entre los muertos, a fin de que pudiera hacer realidad su sueño.
La carta que escribieron las tías a mis hermanas de Shanghai decía así: «Queridísimas hijas: Tampoco yo os he olvidado ni en mi memoria ni en mi corazón. Nunca he abandonado la esperanza de que pudiéramos vemos de nuevo en una alegre reunión. Lo único que siento es que haya tenido que pasar tanto tiempo. Quiero contaras toda mi vida desde la última vez que os vi. Quiero hablaros de esto cuando nuestra familia os visite en China…». Firmaron la carta con el nombre de mi madre.
Sólo entonces me hablaron de mis hermanas, de la carta que recibieron y de la que ellas habían enviado.
– Entonces creen que ella va a ir -murmuré, e imaginé a mis hermanas como si ahora tuvieran diez u once años: daban saltos, se cogían de las manos, sus coletas brincaban, embargadas de emoción porque su madre iba a vedas, mientras que mi madre estaba muerta.
– ¿Cómo puedes decir en una carta que ella no irá? -dijo tía Lindo-. Es su madre y la tuya. Debes decido tú. Durante todos estos años han soñado con ella.
Pensé que tenía razón. Pero entonces también yo empecé a soñar con mi madre, mis hermanas y cómo sería mi llegada a Shanghai. Durante todos aquellos años, mientras ellas esperaban que las encontraran, yo viví con mi madre y luego la perdí. Imaginé que veía a mis hermanas en el aeropuerto. Estarían de puntillas, la ansiedad reflejada en su rostro, escudriñando a cada pasajero a medida que bajábamos del avión, y las reconocería al instante, vería sus rostros con idéntica expresión preocupada.
– Jyejye, jyejye, hermana, hermana, ya estamos aquí -me veía chapurreando en chino.
– ¿Dónde está mamá? -me preguntarían ellas, mirando a su alrededor, todavía sonrientes, sus rostros encendidos y ansiosos-. ¿Se ha escondido?
Esconderse habría sido muy propio de mi madre, quedarse algo rezagada para bromear un poco, divirtiéndose con la impaciencia de los demás. Yo menearía la cabeza y les diría a mis hermanas que no estaba escondida.
– Ah, ésa debe de ser mamá, ¿verdad? -susurraría excitada una de mis hermanas, señalando a otra mujer menuda, totalmente absorta en una torre de regalos.
Y eso también habría sido propio de mi madre, llevar montañas de regalos, comida y juguetes para los niños -todos comprados en las rebajas-, y habría rehuido los agradecimientos, diciendo que los regalos no valían nada, aunque más tarde diera la vuelta a las etiquetas para mostrar a mis hermanas: «Calvin Klein, pura lana 100%».
Me imaginé diciendo:
– Lo siento, hermanas, pero he venido sola…
Y antes de que pudiera explicarme -lo habrían leído en la expresión de mi rostro- se echarían a llorar y comenzarían a tirarse del pelo, el dolor contraería su boca y se alejarían de mí corriendo. Entonces me veía subiendo al avión y regresando a casa.
Tras soñar esta escena muchas veces, viendo cómo la desesperación de mis hermanas pasaba del horror a la cólera, le rogué a tía Lindo que escribiera otra carta. Al principio ella se negó.
– ¿Cómo puedo decides que está muerta? -replicó con obstinación.
– Pero es una crueldad hacerles creer que volará a China. Cuando vean que sólo he ido yo, me odiarán.
Ella frunció el ceño.
– ¿Odiarte? Eso no puede ser. Eres su hermana, su única familia.
– No lo comprendes -protesté.
– ¿Qué es lo que no comprendo?
– Pensarán que soy responsable de su muerte, que murió porque yo no la apreciaba.
Y tía Lindo pareció satisfecha y triste al mismo tiempo, como si esto fuese cierto y por fin se hubiera dado cuenta. Se sentó a escribir y al levantarse, una hora después, me entregó una carta de dos páginas. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Comprendí que acababa de hacer exactamente lo que yo había temido, pues aunque hubiera escrito la noticia de la muerte de mi madre en inglés, yo no habría sido capaz de leerla.
Le susurré las gracias.
El paisaje se ha vuelto gris, lleno de construcciones bajas de cemento, fábricas viejas, vías y más vías con trenes como el nuestro que circulan en dirección contraria. Veo andenes atestados de gente con grises ropas occidentales, y aquí y allá puntos de brillantes colores: niños con prendas de color rosa, amarillo, rojo, melocotón. Hay soldados uniformados de verde oliva y rojo, y señoras con suéteres grises y faldas hasta media pantorrilla. Estamos en Guangzhou.
Antes de que frene el tren, los pasajeros cogen sus pertenencias de los portaequipajes. Por un momento hay un peligroso chaparrón de pesadas maletas cargadas de regalos para los parientes, cajas medio rotas, atadas con kilómetros de cordel para evitar que caiga su contenido, bolsas de plástico repletas de madejas de lana y verduras, paquetes de setas deshidratadas y cámaras fotográficas. Entonces nos vemos en medio de un torrente de personas apresuradas que nos empujan, nos llevan con ellos, hasta que nos encontramos en una de las varias colas, quizás una docena, que esperan para pasar por la aduana. Me siento como si estuviera subiendo al autobús número 30 de Stockton, en San Francisco, y he de recordarme que estoy en China. Por alguna razón, la multitud no me molesta, me parece natural que haya tanta gente, y también yo empiezo a abrirme paso empujando.
Saco los formularios de declaración y mi pasaporte. «W00», dice en la primera línea, y debajo «June May», que nació en «California, EE.UU.», en 1951. Tal vez los aduaneros me preguntarán si soy la misma persona de la foto. En esta foto el cabello, que me llegaba a la barbilla, está recogido atrás y peinado con elegancia. Llevo pestañas postizas, tengo los ojos sombreados y los labios perfilados. El maquillaje me realza las mejillas. Pero no había previsto este calor en octubre. Ahora el pelo me cuelga lacio a causa de la humedad. No llevo maquillaje. En Hong Kong el rímel se licuó, formando círculos negruzcos, y el resto del maquillaje me producía la sensación de estar embadurnada con varias capas de grasa. Por eso hoy no llevo nada en la cara, ningún adorno salvo la pátina brillante de sudor en la frente y la nariz.
Sabía que, incluso sin maquillaje, no podría pasar por una china auténtica. Mido un metro sesenta y ocho y mi cabeza sobresale por encima de la muchedumbre, mis ojos sólo están a la altura de los de otros turistas. En cierta ocasión mi madre me dijo que debo mi altura al abuelo, originario del norte y tal vez con algo de sangre mongola.
– Eso es lo que tu abuela me contó una vez -dijo mi madre-, pero ahora es demasiado tarde para preguntarle. Todos están muertos, tus abuelos, tus tíos, sus esposas e hijos, todos murieron en la guerra, cuando cayó una bomba en nuestra casa. Tantas generaciones desaparecidas en un solo instante.
Dijo esto con tanta naturalidad que tuve la impresión de que había superado su pesadumbre mucho tiempo atrás. Entonces me intrigó que supiera con tanta certeza que todos habían muerto.
– Quizá salieron de la casa antes de que cayera la bomba -le sugerí.
– No -dijo mi madre-. Toda nuestra familia ha desaparecido. Sólo quedamos tú y yo.
– ¿Pero cómo lo sabes? Es posible que algunos se salvaran.
– No puede ser -replicó, ahora casi enojada. Entonces una expresión de perplejidad alisó su ceño fruncido, y empezó a hablar como si tratara de recordar dónde había extraviado algo-. Regresé a la casa, me quedé mirando el lugar donde se levantó. Ya no era una casa, por encima del suelo sólo había el espacio vacío, y bajo mis pies estaban sus cuatro pisos reducidos a ladrillos y madera quemados. A un lado, en el patio, había varios objetos arrojados allí por la explosión, nada valioso. Una cama que alguien usaba y que, en realidad, no era más que un armazón metálico torcido hacia arriba en un ángulo, y un libro, no sé de qué clase, porque todas sus páginas estaban carbonizadas. Vi una tetera intacta pero llena de cenizas, y entonces encontré mi muñeca, con las manos y las piernas rotas y el pelo chamuscado… De pequeña lloré por aquella muñeca, al veda solitaria en el escaparate de la tienda, y mi madre me la compró. Era una muñeca americana con el pelo amarillo, brazos y piernas que podían doblarse. Los ojos se movían arriba y abajo. Cuando me casé y abandoné la casa de mi familia, regalé la muñeca a mi sobrina más pequeña, porque era como yo y lloraba si aquella muñeca no estaba siempre a su lado. ¿Te das cuenta? Si ella estaba en la casa con aquella muñeca, sus padres y todos los demás también estaban allí, esperando juntos, porque así era nuestra familia.