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Antihielo [Anti-Ice - es]

Электронная книга - «Antihielo [Anti-Ice - es]». Краткое содержание книги:

En 1870, cuando el poder del Imperio británico es absoluto, en las remotas tierras de una península antártica al sur del continente australiano se descubre un nueva material: el antihielo. Por el fenómeno que Faraday denominará de «conductancia aumentada», el material libera prodigiosas cantidades de energía cuando su temperatura se eleva. Su potencial energético, casi infinito, va a acelerar la Revolución Industrial de forma insospechada.
El antihielo, como no podía ser de otra manera, es empleado en la campaña de Crimea, pero también se revela útil en otras aventuras del espíritu humano que, a priori, parecen menos. sangrientas. En la Nueva Gran Exposición de Manchester de 1870, un joven agregado del Foreing Office descubrirá el inmenso poder del antihielo y, junto al visionario sir Josiah Traveller, tendrá que enfrentarse a un inesperado y decimonónico viaje espacial a la Luna.
Stephen Baxter, la nueva y gran estrella de la ciencia ficción británica, es considerado el sucesor de Arthur C. Clarke y un igual de Isaac Asimov y Robert A. Heinlein. Sus homenajes a Herbert G. Wells (Las naves del tiempo) y a Julio Verne (Antihielo) son un verdadero tour de force de la mejor ciencia ficción.
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Por tanto, una reserva inmensa de antihielo da vueltas a la Tierra, y no se funde o explota por su rápida rotación y porque frecuentemente entra en la sombra de la Tierra.

Una vez que Traveller señaló inadvertidamente el camino, los restos de antihielo terrestres se emplearon para fabricar nuevas Faetones, justo capaces de llegar hasta la Pequeña Luna y regresar con los valiosos Dewars llenos de la energía congelada. Y ahora todos los europeos pueden ver las pequeñas chispas que son las naves orbitales británicas que suben hasta la Pequeña Luna y regresan al estanque de aire, consolidando aún más nuestro poder.

¡Cómo hubiese odiado el pobre Traveller semejante resultado! A menudo me pregunto si en aquellos momentos finales, mientras aquella luz terrible quemaba las paredes de aluminio de la Faetón, no comprenderla las implicaciones de lo que había hecho. Rezo por que no fuese así; que su gran e inventivo cerebro se detuviese mucho antes de la destrucción final de la nave, del momento en que se alteró lo que pretendía…

Pero divago.

Edward, vuelvo al tema de nuestro debate esa noche de sábado. ¿Es el mundo un lugar mejor con esta Pax Britannica que hemos impuesto con nuestro antihielo, y con nuestra industria y administración?

Mi respuesta debe ser, con tristeza: no. Ni siquiera, al final, para nosotros los británicos.

Sé que tu fascinación por la política es leve en el mejor de los casos, Edward, pero incluso tú debes haber seguido los terribles acontecimientos en casa, tales como las huelgas contra los nuevos impuestos de alimentos —impuestos que parecen directamente diseñados para machacar a los pobres sin derecho al voto— y la brutal represión de esas huelgas por las tropas de Churchill.

Desde hace siglos no estaba Inglaterra tan llena de revueltas. ¿Cómo hemos llegado los británicos, con nuestro talento para el acomodo y el compromiso, a esta situación? Porque, históricamente, el modo británico ha sido dar un poco para evitar el descontento sangriento. Por ejemplo, quizás una reforma parlamentaria —como la fallida reforma de Disraeli en los años 1860— podría, aunque fuese parcialmente, haber actuado como compensación, para liberar esta nueva presión por el cambio. Ahora un compromiso podría ser que Balfour adoptase algunas de las ideas del galés David Lloyd George, que defiende reformas fiscales dirigidas a los superricos y los grandes propietarios. Sí, Edward; ¡me refiero a Lloyd George, el demagogo y convicto reciente! ¿Te sorprende? Bien, quizá si se invitase a hombres como él a contribuir al Gobierno encontraríamos una solución más feliz.

Pero Gran Bretaña hoy no tiene lugar para acomodos, por pequeños que sean. Edward, ésta es una influencia malévola del antihielo y las nuevas tecnologías, que tanto poder han dado a los industriales; a costa de otras secciones de nuestra sociedad sin representación. Hemos cambiado para peor, y ahora —como un francés que conocí me predijo una vez— corremos el peligro de quedar destruidos por nuestras propias contradicciones.

No espero que estés de acuerdo con nada de esto: simplemente que respetes mi punto de vista por lo que es.

El cuadro no es mucho mejor fuera.

Centrémonos en Francia. Edward, conozco a los franceses. ¿Supones que han aceptado la imposición de un parlamento británico? Te digo que lo tienen atravesado en la garganta, al igual que el seco pan francés se me atraviesa en la mía. No tengo que demostrar los méritos o imperfecciones del sistema británico. Mi argumento es simplemente que no es francés; ¿no debíamos haber permitido que nuestros primos galos siguiesen su camino hacia un acuerdo constitucional que abordase los aspectos de su carácter y pasado? Pero no lo hicimos; y, por tanto, los franceses siguen soñando con los gloriosos días de su Revolución, y con su querido Bonaparte.

Y en lo que se refiere a Prusia, está el astuto viejo zorro del príncipe Otto von Schönhausen Bismarck, todavía controlando la batuta de Berlín a los noventa y cinco años de edad. El nuevo emperador, el segundo Guillermo, es masilla en las manos manchadas por la edad de Bismarck.

Durante mucho tiempo se argumentó que Bismarck se había convertido en un amigo, aunque renuente, de los británicos; sólo hay que ver los intercambios culturales y comerciales que se han producido en las décadas pasadas entre las dos naciones.

Pero seguro que acontecimientos recientes —principalmente la vergonzosa intervención de Bismarck en el asunto de la sucesión austríaca, que tanto recuerda a la intervención en el asunto real español, con el que provocó su anterior guerra con Francia— demuestran que es mentira.

Bismarck ha actuado en las décadas pasadas como el político oportunista y taimado que es; y por medio de una serie de ardides, estratagemas y fintas ha mantenido su posición en Prusia, y la posición de Prusia en Europa.

Bismarck no es amigo de Gran Bretaña. Gran Bretaña evitó que obtuviese la meta de su vida: la unificación de Alemania. Es como si Bismarck se negase a morir hasta conseguirlo… O al menos hasta que Manchester ya no pueda intervenir.

Ahora está listo para atacar. Y nosotros esperamos el nuevo telegrama Ems que provocará el conflicto armado con Gran Bretaña. ¿Qué posición adoptará Francia? Si el fin de Prusia es eliminar la influencia británica de las llanuras de Europa, entonces lo mejor que podemos esperar es que los franchutes permanezcan neutrales. No olvidemos el fantasma de Orléans… Y no ayuda que el actual ministro de exteriores francés sea un tal Frédéric Bourne.

Pero claro, dirás, incluso ahora Bismarck sólo está probándonos. Que nunca se atreverá a provocar una lluvia de fuego de antihielo sobre sus compatriotas.

Pero lo hará, digo yo. Porque, Edward, creo que Bismarck tiene ahora armas de antihielo propias con las que responder; la seguridad de nuestras existencias de antihielo, por muy buena que sea, no puede haber permanecido sin violar durante tantas décadas. Las armas prusianas serán tan poderosas como las británicas… o incluso más, con la aplicación del ingenio militar prusiano.

¿Cuál será entonces el resultado?

Supongo que podría surgir un equilibrio neto de poder: un enfrentamiento entre dos estados, Gran Bretaña y Prusia, cada uno erizado con armas de antihielo, cada uno disuadido de embarcarse en una guerra por la capacidad devastadora del otro… ¿Garantizará la paz ese equilibrio? Quizá. Pero estas décadas pasadas de hegemonía británica no se olvidarán con facilidad en los salones europeos. Recuerda el discurso a la Commonwealth de Su Majestad al comienzo del nuevo siglo, en el que describía el futuro. Mil años de poder británico… la sombra de la bandera británica extendiéndose por los siglos; esas cosas simplemente se añaden al montón de desastres que esperan a caer sobre nosotros o nuestros descendientes.

Edward, me temo que ahora la guerra es inevitable. Los viejos amargados de Berlín y París apenas parpadearán antes de la destrucción de su propia población, si eso significa borrar a Gran Bretaña del mapa europeo. Y, por tanto, engañados por nuestra vana y arrogante complacencia, nos enfrentamos a la guerra más terrible que el, hombre haya conocido.

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