Antihielo [Anti-Ice - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1998
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-8824-5
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Antihielo [Anti-Ice - es]». Краткое содержание книги:
El antihielo, como no podía ser de otra manera, es empleado en la campaña de Crimea, pero también se revela útil en otras aventuras del espíritu humano que, a priori, parecen menos. sangrientas. En la Nueva Gran Exposición de Manchester de 1870, un joven agregado del Foreing Office descubrirá el inmenso poder del antihielo y, junto al visionario sir Josiah Traveller, tendrá que enfrentarse a un inesperado y decimonónico viaje espacial a la Luna.
Stephen Baxter, la nueva y gran estrella de la ciencia ficción británica, es considerado el sucesor de Arthur C. Clarke y un igual de Isaac Asimov y Robert A. Heinlein. Sus homenajes a Herbert G. Wells (Las naves del tiempo) y a Julio Verne (Antihielo) son un verdadero tour de force de la mejor ciencia ficción.
El mundo se llenó de luz, de horizonte a horizonte; era como si el mismo cielo se hubiese incendiado.
Parecía como si la Pequeña Luna hubiese explotado.
Pudiendo apenas ver, caí pesadamente sobre el suelo en medio de un grupo de asombrados soldados franceses.
EPÍLOGO
UNA CARTA A UN HIJO
4 de noviembre de 1910
Sylvan, Sussex
Mi querido Edward:
Confío en que este envío te encuentre como me deja a mí: es decir, en buena salud y disposición.
Sin duda te sorprenderá, al abrir este último paquete de casa, el encontrar que la habitual misiva de tu madre ha sido reemplazada por esas páginas garabateadas por mí. Y espero que me perdones si omito el boletín de noticias habitual; de esas cuestiones sólo diré que todos estamos sanos y felices, y que te echamos tremendamente de menos.
Mi intención al escribirte es intentar en mi forma inadecuada de compensar las deficiencias de comprensión mutua que pudiesen existir entre nosotros como padre e hijo. Acepto toda la responsabilidad por esa situación; y puede que hayas comprendido que nuestra última conversación larga antes de tu partida para Berlín —recordarás ese acontecimiento de pipas, whisky y zapatillas frente a un fuego moribundo una noche de sábado— fue un primer intento de romper la barrera que nos separa. Fracasé, por supuesto. Y, sin embargo, en la pureza de tu furia aquella noche, ¡cómo se rasgaba mi corazón al ver en ti tanto de mi mismo, el yo de hace treinta o cuarenta años!
Permíteme simplemente decirte esto. Soy tu padre. No me considero un cobarde, ni soy menos patriota. No necesitas avergonzarte por ese punto, te lo aseguro. Pero mi visión del conflicto venidero con Prusia son ideas que claramente no puedes compartir.
No tengo deseos de imponerte mi filosofía; eres un oficial en el mejor ejército del mundo, y estoy muy orgulloso de ti. Pero quiero que me entiendas. Cuando llegue la guerra —porque creo que es inevitable entonces, rezando por que Dios te proteja, te cambiará con toda seguridad, para bien o para mal; y quiero intentar, una vez más, explicarme a mí mismo —mi vida desde aquellos días aciagos de 1870— al joven que he criado.
Has leído mi propia narración manuscrita de las aventuras que me sucedieron hace cuarenta años, así como la versión más pulida de sir George Holden. George, antes de su muerte final por un consumo liberal de oporto y otras sustancias, se las arregló para convertir sus experiencias en una carrera gratificante y lucrativa. Ganó una fortuna, por supuesto, con su novela científica La nueva Cartago, cuya premisa era el descubrimiento del antihielo por los habitantes de esa antigua ciudad, y la posterior y espectacular venganza sobre sus enemigos, los romanos. Los críticos la consideraron «una lectura agradable pero apenas plausible»… ¡que era exactamente el juicio de Josiah Traveller cuando le arrojó la idea a Holden todos aquellos años antes a bordo de la Faetón!
No le envidio a George sus ganancias inesperadas —buena suerte para el caballero— pero ese tipo de autopublicidad no era para mí.
Después de mi regreso a Inglaterra a continuación del uso del primer proyectil Gladstone, renuncié a mi puesto en Londres y volví al hogar de Sussex. Estudié, hice prácticas y desde entonces he trabajado con tranquilidad —y de forma anónima en la medida de lo posible— como abogado de no mas que logros modestos en el area local.
Pero he seguido el desarrollo de los acontecimientos internacionales después de aquel otoño cataclismático; y a veces me ha parecido que los asuntos humanos se han desarrollado como una fea flor alrededor de ese único y deslumbrante punto de luz que fue el proyectil Gladstone.
No me detendré en lo que vi de la destrucción de Orléans. Le ruego a Dios que te evite visiones similares, Edward. Pero quizá tu carrera te llevará al lugar terrible donde todavía descansa el Príncipe Alberto, inmóvil después de recibir el regalito de la artillería prusiana, un monumento oxidado a otra guerra.
La explosión de antihielo marcó, por supuesto, el fin de la guerra europea; si el temor de una nueva intervención británica no fue suficiente, creo que el deseo de luchar de aquellos hombres reunidos en los valles del Loira fue expurgado por el trabajo de recuperación en medio de la pestilencia de Orléans. Recuerdo ver cómo las columnas prusianas formaban, sucias, lentas y solemnes, para dirigirse a casa; y supe que allí había una nueva generación para la que la guerra había terminado.
Edward, ahora me asusta ver referencias al bombardeo de Orléans como si fuese un gran triunfo de Gran Bretaña. Fue un accidente —el proyectil no iba siquiera dirigido a la ciudad— y el hecho de que la intervención consiguiese muchos de los fines de Gladstone se debe solamente al total horror y a la escala de la carnicería que había provocado.
Se alcanzó un acuerdo formal entre Francia y Prusia, bajo presidencia británica, en el Congreso de Tours durante la primavera de 1871. Después de un revés tan costoso, las ambiciones de Bismarck por reunificar Alemania fueron abandonadas a la fuerza, y el viejo y astuto caballero tuvo que luchar para mantener su propia posición de influencia y poder (pero, por supuesto, sobrevivió). Por tanto, Alemania sigue siendo hoy un cómodo batiburrillo dirigido por principillos y duques con el estandarte del águila prusiana en una esquina; y claro que es preferible, a ojos británicos, a la gran potencia alemana centroeuropea que hubiese podido surgir.
Mientras tanto, en Francia, el nuevo Gobierno provisional, dirigido por Gambetta, dio la bienvenida a la asistencia británica para sofocar las rebeliones continuas en París; y Gambetta incluso solicitó el consejo de ilustres parlamentarios ingleses para crear una constitución para un nuevo Tercer Imperio. Y es así como un Parlamento —indistinguible en todos sus aspectos importantes de la Madre de los Parlamentos en Manchester— se reúne cada día en París, y durante cuatro décadas la forma constitucional británica que forma la base se ha filtrado hasta todos los rincones de la sociedad francesa.
Sí, ahora tenemos una Europa establecida como hubiese querido el hombre de estado —británico— más justo y escrupuloso de 1860; y para mantenerla tenemos guarniciones dispersas por todos los puntos conflictivos tradicionales como Bélgica, Alsacia y Lorena, Dinamarca, e incluso las afueras del mismo Berlín. Puede que no hayamos edificado las fortalezas normandas soñadas por los Hijos de la Gascuña, pero podemos decir que hemos logrado una Europa británica.
Y si ese dominio político y militar no fuese suficiente, está la maravilla continua de la tecnología de antihielo. La red de tren ligero se extiende aun más profundamente en el Continente, y los barcos aéreos para pasajeros y cargas, lo suficientemente grandes para tragarse a la vieja Faetón, saltan a diario sobre las nubes, haciendo que Manchester y Moscú no estén a más que unas pocas horas de viaje. Carros transatmosféricos vuelan de la Tierra a la Luna, y cada año la Real Sociedad Geográfica nos regala con relatos de las hazañas de sus nuevos exploradores, en el cráter Traveller y entre las formas de vida rocosas febianas.
Y, por supuesto, en silos ocultos bajos los campos de Kent, esperan los proyectiles de Gladstone, uno para cada ciudad europea.
Es extraño recordar ahora que Josiah Traveller creía —hasta el mismo —final de su vida— que, con el agotamiento de la reserva conocida de antihielo en el Polo Sur, la explotación de esa sustancia, para bien o para mal, acabaría… Qué irónico que en su último y desesperado acto le señalase a la humanidad cómo alargar sus manos ambiciosas para obtener más antihielo —más del que él mismo hubiese podido imaginar— ¡una reserva tan grande que puede considerarse prácticamente inagotable!
¿Quién hubiese imaginado que la Pequeña Luna estuviese compuesta casi por completo de antihielo? Les quedó claro inmediatamente a los astrónomos que una explosión de la magnitud producida por el impacto final de la Faetón sólo podía ser el resultado de una detonación de antihielo. Los científicos entienden ahora que la Pequeña Luna es un fragmento de ese cometa que se destruyó a sí mismo al formar el cráter Traveller en la Luna —un fragmento que entró en órbita alrededor de la Tierra— quizá después de varios roces, lentos, en los que rascó la capa de aire de la Tierra. Todo eso sucedió en el siglo XVIII, dicen los salvajes; y, por tanto, mientras los aborígenes australianos veían cómo otro fragmento del cometa recorría los cielos hacia la Antártica, la Pequeña Luna se colocaba en los cielos de la Tierra.