Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » La música del Adiós
La música del Adiós - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La música del Adiós

Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:

Otoño, Edimburgo, hacia el final de la carrera del inspector John Rebus, que intenta cerrar alguno de los casos pendientes antes de jubilarse, cuando aparece muerto joven poeta ruso, al parecer a causa de un atraco que ha salido mal. Como por casualidad, una delegación comercial rusa que intenta de hacer negocios en Escocia visita la ciudad, y políticos y banqueros se muestran decididos a que el caso sea rápidamente cerrado y sin ambigüedades. Pero cuanto más indagan Rebus y su colega, la sargento Siobhan Clarke, más convencidos están de que no se trata de una simple agresión; más aún al producirse un segundo y repugnante homicidio.
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 95
Перейти на страницу:

– Bueno, ¿qué hiciste anoche? -preguntó Hawes, que ocupaba el asiento del pasajero junto a Colin Tibbet.

– Fui a tomar unas copas con unos amigos -contestó él mirándola-. ¿Sientes envidia, Phyl?

– ¿Envidia de ti y de tus amigotes? Sí, claro, Col.

– Me lo imaginaba -añadió él sonriendo.

Iban hacia el sudeste de Edimburgo, camino de la circunvalación y del cinturón verde. A los vecinos de la zona no les sorprendió que al banco First Albannach lo autorizaran a construir su nueva sede en un lugar declarado zona protegida. El banco trasladó la madriguera de un tejón y compró un campo de golf de nueve hoyos para uso exclusivo de sus empleados. El enorme edificio de vidrio estaba a menos de kilómetro y medio del hospital Royal Infirmary, lo que a Hawes le pareció muy conveniente por si alguno se cortaba los dedos contando billetes. Aunque pensó que no sería nada extraño que el banco dispusiera en él de sala propia para su mutua.

– Yo me quedé en casa, ya que lo preguntas -dijo ella mirando cómo Col aminoraba la marcha al ver que el semáforo estaba a punto de cambiar de verde a rojo. Hacía lo que enseñan en las autoescuelas de no frenar de golpe y reducir las marchas. Todos los que ella había conocido hasta ahora prescindían de tal maniobra en cuanto obtenían el carnet; pero Colin no. Se imaginaba que también se plancharía los calzoncillos.

Estaba empezando a reventarle que, a pesar de todos los defectos que le encontraba, le siguiera gustando. Tal vez era que se agarraba a un clavo ardiendo. Detestaba la idea de que no podía vivir contenta sin un tío a remolque, pero al parecer era lo que sucedía.

– ¿Viste algo interesante en la tele? -preguntó él.

– Un documental sobre hombres que se convierten en mujeres -él la miró tratando de dilucidar si mentía-. De verdad -insistió ella-. Hay tanto estrógeno en el agua de grifo, que la bebes y te salen tetas.

Él reflexionó un instante.

– ¿Cómo llega el estrógeno al agua?

– ¿Hace falta explicarlo? -replicó ella imitando el gesto de accionar la cisterna del váter-. Además están todos esos aditivos de la carne. Esas cosas modifican el equilibrio químico del organismo.

– Yo no quiero que se modifique mi equilibrio químico.

Ella se echó a reír.

– De todos modos, ahora me explico algo -añadió ella en broma.

– ¿Qué?

– Por qué ha empezado a gustarte Derek Starr -añadió Hawes frunciendo el ceño y riendo otra vez-. Le mirabas de una manera mientras nos largaba su arenga… como si fuera Russell Crowe en Gladiator o Mel Gibson en Braveheart.

– Esa la vi yo en el cine -dijo Tibbet-. El público se puso en pie a dar vítores. Nunca había visto nada parecido.

– Porque los escoceses pocas veces se sienten satisfechos de sí mismos.

– ¿Tú crees que deberíamos tener la independencia?

– Quizá -respondió ella-. Con tal de que las empresas como el First Albannach no se larguen al sur.

– ¿Cuánto ganaron el año pasado?

– Ocho mil millones, o algo así.

– ¿Quieres decir ocho millones?

– Ocho mil -repitió ella.

– No puede ser.

– ¿Te crees que miento? -replicó ella, pensando en cómo él se las había arreglado para cambiar de tema sin que ella lo advirtiera.

– Eso da qué pensar, ¿no?

– Da que pensar, ¿qué?

– Donde está de verdad el poder -respondió él apartando la vista de la carretera para mirarla a ella-. ¿Quieres hacer algo después?

– ¿A qué te refieres?

Tibbet se encogió de hombros.

– Esta tarde inauguran la feria de Navidad. Podíamos ir a echar un vistazo.

– Podríamos.

– Y a cenar después.

– Me lo pensaré.

Tibbet puso el intermitente para doblar a la entrada de la sede del banco First Albannach. Ante ellos se alzaba un edificio de vidrio y acero de cuatro plantas, largo como una calle. De una garita salió un vigilante para anotar sus nombres y la matrícula del coche.

– Aparcamiento seis cero ocho -dijo. Aunque había bastantes espacios más cerca que el indicado, Hawes observó a su compañero dirigirse obedientemente al 608.

– No te preocupes -comentó cuando puso el freno de mano-, puedo caminar desde aquí.

Y caminaron por delante de apretadas filas de coches deportivos, monovolúmenes familiares y todoterrenos. No habían terminado de ajardinar la entrada y detrás de una esquina del cuerpo principal se divisaban matas de aulaga y una de las calles del campo de golf. Al abrirse las puertas se encontraron en un atrio de tres alturas. Detrás de recepción había un soportal con tiendas: farmacia, supermercado, café y librería, y un tablero exhibía información sobre la guardería, el gimnasio y la piscina. Unas escaleras mecánicas llevaban al segundo nivel, donde unos ascensores de cristal comunicaban con el resto de las plantas. La recepcionista les dirigió una sonrisa de oreja a oreja.

– Bienvenidos al First Albannach -dijo-. Hagan el favor de firmar y de enseñarme un carnet con foto…

Así lo hicieron y la mujer les dijo que el señor Janney estaba reunido pero que su secretaria les esperaba.

– En la tercera planta. La encontrarán al salir del ascensor -dijo, entregándoles unos pases plastificados y obsequiándoles con otra sonrisa.

Un vigilante de seguridad les hizo cruzar un arco detector de metales, pasado el cual recogieron las llaves, los móviles y la calderilla.

– ¿Esperan problemas? -preguntó Hawes.

– Alerta verde -dijo el hombre lacónico.

– Un alivio para todos.

El ascensor les llevó al tercer piso, donde ya les aguardaba una joven con pantalón y chaqueta negros que les tendió un sobre tamaño folio. Hawes lo cogió y la mujer les saludó con una inclinación de cabeza, dio media vuelta y se alejó por un pasillo interminable. A Tibet no le había dado tiempo ni a salir del ascensor, y nada más volver a entrar Hawes en él se cerraron las puertas e inició el descenso. Menos de tres minutos después de entrar al edificio estaban fuera, asombrados de la rapidez.

– Eso no es un edificio -comentó Hawes-. Es una máquina.

Tibbet corroboró sus palabras con un leve silbido y oteó el aparcamiento.

– ¿Cuál era el número de la plaza? -preguntó.

– El del fin del mundo -contestó Hawes echando a andar por el asfalto.

En el asiento del pasajero abrió el sobre y sacó una docena de extractos fotocopiados. En el primero había un post-it amarillo con una anotación que insinuaba que Todorov tenía dinero en otra entidad, tal como había señalado el cliente al abrir la cuenta y había una transferencia a un banco de Moscú. La nota la firmaba Stuart Janney.

– No pasaba grandes apuros -comentó Hawes-. Seis mil libras en la cuenta corriente y dieciocho mil en la de ahorros -comprobó las fechas de ingreso: no había ingresos ni cargos notables en los días anteriores a su muerte; ni tampoco después-. El que se llevó la tarjeta bancaria no la ha utilizado.

– Podrían haberle desplumado -asintió Tibbet-. Veinticuatro mil libras… No está mal para un artista muerto de hambre.

– Se ve que Garret’s ya no está tan de moda -dijo Hawes, marcando un número en el móvil. Clarke contestó a la llamada y Hawes le pasó la principal información-: Sacó cien libras el día en que lo mataron.

– ¿Desde dónde?

– Desde un cajero automático en Waverley Station -Hawes frunció el ceño de pronto-. ¿Cómo es que salió de Edimburgo por una estación y regresó por la otra?

– Porque iba a una cita con Charles Riordan, quien creo que frecuentaba un restaurante de las inmediaciones.

– Bueno, con él no podemos verificarlo, claro.

– Pues no -dijo Clarke. Hawes oyó voces en segundo término y le parecieron mucho más tranquilas que las de Gayfield Square.

– Shiv, ¿dónde está? -preguntó.

– En el Ayuntamiento, averiguando lo de la videovigilancia.

1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 95
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)