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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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—Todo ha terminado, Arvardan.

—Entonces Ennius…

—Ennius no ha querido arriesgarse —dijo Shekt—. Qué extraño, ¿verdad? —El anciano físico dejó escapar una risita enronquecida—. Sin ayuda de nadie, nosotros tres descubrimos un siniestro complot contra la humanidad, capturamos al cabecilla de la conspiración y hacemos que comparezca ante la justicia… Parece uno de esos holodramas en que los héroes acaban triunfando gloriosamente justo cuando todo parecía perdido, ¿no? Los holodramas suelen terminar en ese momento, pero en nuestro caso la acción continuó y descubrimos que nadie nos creía. Eso no ocurre en los holodramas, ¿verdad? Los holodramas siempre acaban bien… Sí, resulta muy extraño…

Las palabras se convirtieron en sollozos desgarradores.

Arvardan se sintió incapaz de soportar el espectáculo de su dolor, y apartó la mirada. Los ojos de Pola eran universos oscuros, húmedos e inundados de llanto; y Arvardan se perdió en ellos durante un momento. Sí, sus ojos eran dos cosmos llenos de estrellas, y pequeños bólidos de metal brillante volaban hacia ellas devorando años luz a medida que penetraban en el hiperespacio siguiendo siniestras trayectorias meticulosamente calculadas; y muy pronto, tal vez en ese mismo instante, se acercarían, atravesarían atmósferas, descargarían lluvias invisibles de virus mortales…

Bien, todo había acabado. Ya era imposible impedirlo.

—¿Dónde está Schwartz? —preguntó con un hilo de voz.

—No hemos vuelto a verle desde que se lo llevaron —respondió Pola meneando la cabeza.

La puerta se abrió. Arvardan aún no estaba tan resignado a la idea de la muerte como para no alzar la cabeza con una débil luz de esperanza en los ojos.

Pero era Ennius, y el semblante de Arvardan se endureció y giró la cabeza.

Ennius se acercó y contempló en silencio durante unos momentos al padre y a la hija, pero incluso en aquellos instantes Shekt y Pola eran antes que nada dos terrestres y no podían decir nada al Procurador, a pesar de que sabían que aunque sus vidas terminarían pronto y de manera violenta la del Procurador terminaría todavía más pronto y de forma todavía más violenta.

—¿Doctor Arvardan? —murmuró Ennius poniendo una mano sobre el hombro del arqueólogo.

—¿Sí, Su Excelencia? —replicó Arvardan imitando con sarcástica amargura la entonación de su interlocutor.

—Son más de las seis —le informó Ennius.

El Procurador no había dormido en toda la noche. La decisión de absolver oficialmente a Balkis no le había convencido de que los acusadores estuvieran locos…, o sometidos a un inexplicable control mental. Ennius había pasado las horas contemplando cómo el cronómetro sin alma marcaba la aproximación del fin de la Galaxia.

—Sí —asintió Arvardan—. Son más de las seis y las estrellas continúan brillando.

—Pero usted sigue creyendo que estaban en lo cierto, ¿no?

—Las primeras víctimas morirán dentro de pocas horas, Su Excelencia —dijo Arvardan—. Nadie prestará una atención especial a ello, porque todos los días mueren seres humanos. Dentro de una semana habrá centenares de miles de muertos, y el porcentaje de mejorías se aproximará al cero. Ningún medicamento conocido será capaz de curar la enfermedad, y muchos planetas enviarán mensajes de emergencia solicitando ayuda contra la epidemia. Dentro de dos semanas infinidad de planetas se habrán sumado a la petición de ayuda, y se declarará el estado de emergencia en los sectores más próximos. Dentro de un mes la Galaxia se retorcerá en las garras implacables de la infección, y dentro de dos meses habrá muerto… ¿Qué hará usted cuando empiecen a llegarle los primeros informes?

»Permítame que extienda mi predicción a ese punto. Enviará comunicados diciendo que el origen de la epidemia quizá haya que buscarlo en la Tierra, pero eso no ayudará a salvar ninguna vida. Después declarará la guerra a la Sociedad de Ancianos, y borrará de la faz del planeta a todos los terrestres…, lo cual tampoco salvará ninguna vida. Si no hace eso, quizá decida actuar como intermediario entre su amigo Balkis y el Consejo Galáctico o los supervivientes del mismo. Quizá incluso acabe teniendo el honor de entregar a Balkis los restos miserables de lo que había sido un Imperio colosal a cambio de la antitoxina, que podrá o no llegar a un número de mundos suficiente en cantidades suficientes y en el tiempo suficiente como para salvar la vida de un solo ser humano.

Ennius sonrió, pero su sonrisa carecía de convicción.

—¿No cree que está exagerando un poco?

—Oh, sí. Yo soy un muerto y usted es un cadáver; pero será mejor que nos lo tomemos con la frialdad y la calma que exigen las condenadas tradiciones del Imperio, ¿no le parece?

—Si me guarda rencor porque utilicé el látigo neurónico contra usted…

—Oh, le aseguro que no siento ni el más mínimo rencor hacia Su Excelencia —respondió el arqueólogo irónicamente—. De hecho, estoy tan acostumbrado al látigo neurónico que ya apenas noto sus efectos.

—Bien, entonces intentaré explicárselo de la forma más lógica posible. Este asunto se ha convertido en un embrollo de lo más desagradable… Sería difícil presentar un informe que tuviera alguna apariencia de lógica, y ocultar lo ocurrido resultará igualmente difícil a menos que se tenga alguna razón sólida para ello. Los otros acusadores son terrestres, doctor Arvardan, por lo que su voz es la única que tiene cierto peso. ¿Qué me diría de firmar un documento en el que se dijera que hizo esa acusación cuando no se hallaba en pleno uso de sus…? Bueno, ya buscaremos alguna frase que pueda resultar convincente sin que sea necesario hablar del control mental.

—No hay ningún problema. Diga que estaba loco, borracho, hipnotizado o bajo los efectos de alguna droga… Cualquier excusa servirá.

—Oiga, ¿le importaría tratar de ser razonable? Le repito que ha sido engañado. —La voz de Ennius se había convertido en un susurro cargado de tensión—. Usted nació en Sirio. ¿Por qué se ha enamorado de una terrestre?

—¿Qué?

—No grite. Quiero decir que… Bueno, ¿cree que de haberse hallado en su estado normal podría haber llegado a enamorarse de ella? ¿Podría haber llegado a pensar en algo semejante?

Ennius movió la cabeza en un gesto casi imperceptible señalando a Pola.

Arvardan contempló al Procurador Ennius con expresión sorprendida durante unos momentos. Después movió velozmente un brazo y agarró por el cuello a la más elevada autoridad imperial existente en la Tierra. Ennius tiró desesperada e inútilmente de las robustas manos de su agresor.

—¡Considérese…, arrestado, doctor … Arvardan —jadeó Ennius.

La puerta volvió a abrirse y el coronel fue hacia ellos.

—Su Excelencia, la chusma de la Tierra ha vuelto.

—¿Cómo? ¿Es que Balkis no habló con sus funcionarios? Se suponía que iba a hacer los arreglos necesarios para permanecer una semana en el fuerte sin que hubiese disturbios.

—Habló con ellos, y sigue aquí; pero la turba también está aquí. Todo está preparado para hacer fuego contra los terrestres, y en mi calidad de comandante militar es precisamente lo que aconsejo que se haga. ¿Tiene alguna sugerencia que hacer al respecto, Su Excelencia?

—No disparen hasta que haya hablado con Balkis. Haga que venga aquí. —Ennius se volvió hacia Arvardan—. Después me ocuparé de usted, doctor Arvardan.

Balkis entró en la habitación con una sonrisa en los labios. Hizo un reverencia formal a Ennius, quien respondió con una ligera inclinación de cabeza.

—Me han informado de que sus hombres han ocupado todos los caminos que llevan al Fuerte Dibburn —dijo el Procurador sin perder tiempo en más preámbulos—. Esto no era lo convenido, Balkis. No queremos derramar sangre, pero nuestra paciencia también tiene un límite. ¿Puede conseguir que se dispersen pacíficamente?

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