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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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—¡Pues claro que lo sé!

—¿Y usted insiste en que es uno de los principales cabecillas de la conspiración de la que me habla?

—Lo es…

—¿Qué pruebas tiene de ello?

—Coronel, estoy seguro de que me comprenderá si le digo que no puedo hablar de este asunto con nadie que no sea el Procurador Ennius.

—¿Acaso pone en duda mi competencia para ocuparme de este asunto? —preguntó el coronel frunciendo el ceño mientras se estudiaba las uñas.

—En absoluto, coronel. Se trata sencillamente de que el Procurador Ennius es el único que tiene la autoridad necesaria para tomar las medidas drásticas que requiere la gravedad del asunto.

—¿A qué clase de medidas drásticas se refiere?

—Cierto edificio de la Tierra debe ser bombardeado y destruido por completo en algún momento dentro de las próximas treinta horas, o de lo contrario la mayoría de los habitantes del Imperio o quizá todos ellos morirán irremisiblemente.

—¿De qué edificio se trata? —preguntó el coronel con voz de apacible.

—Le ruego que me permita hablar con el Procurador Ennius —replicó Arvardan.

Hubo un silencio cargado de tensión.

—¿Es consciente de que ha secuestrado por la fuerza a un terrestre y de que puede ser juzgado y castigado por las autoridades de la Tierra? —preguntó secamente el coronel—. Lo habitual es que el gobierno imperial proteja a sus ciudadanos por una cuestión de principios, y casi siempre se insiste en que el proceso se lleve a cabo según las leyes galácticas; pero la situación actual en la Tierra es bastante delicada, y he recibido instrucciones terminantes de evitar cualquier posible motivo de fricción. Por lo tanto y si no contesta con claridad a mis preguntas, usted y sus compañeros serán entregados a la policía terrestre… No tendré más remedio que hacerlo, ¿comprende?

—¡Pero eso equivaldría a una condena a muerte…, incluso para usted! Coronel, soy ciudadano del Imperio y solicito una audiencia con el Procu…

Arvardan fue interrumpido por el zumbido del intercomunicador que había encima del escritorio. El coronel se volvió hacia él y pulsó un botón.

—¿Sí?

—Señor, una turba de nativos ha rodeado el fuerte —dijo una voz firme y clara—. Se cree que están armados.

—¿Ha habido actos de violencia?

—No, señor.

El rostro del coronel no reflejó ninguna emoción. Había sido educado precisamente para aquel tipo de situaciones.

—Preparen la artillería y las aeronaves, y que todos los hombres acudan a sus puestos de combate. No hagan fuego salvo en defensa propia. ¿Me ha entendido?

—Sí, señor. Un terrestre con bandera de parlamentario solicita ser recibido.

—Que entre en el fuerte…, ah, y envíeme también al secretario del Primer Ministro. —El coronel se volvió hacia el arqueólogo y le contempló sin inmutarse—. Espero que comprenda la gravedad del conflicto que ha provocado.

—¡Solicito estar presente durante la entrevista! —gritó Arvardan, al que la furia casi hacía desvariar—. También le exijo que me explique por qué permitió que estuviera encerrado durante horas mientras usted conversaba con un traidor nativo, y le informo de que no ignoro que se entrevistó con él antes de recibirme.

—¿Me está acusando de algo, señor? —preguntó el coronel, levantando la voz tanto como lo había hecho Arvardan—. En ese caso, le ruego que sea claro.

—No le acuso de nada, pero le recuerdo que a partir de este momento usted será el único responsable de sus actos y que en el futuro, si es que hay algún futuro, quizá sea recordado como el hombre cuya testarudez destruyó a todo su pueblo.

—¡Cállese, doctor Arvardan! Una cosa está clara, y es que no soy responsable ante usted. A partir de ahora manejaremos este asunto a mi manera. ¿Me ha entendido?

20. SE CUMPLE EL PLAZO

El secretario entró por la puerta que un soldado mantenía abierta. Sus labios amoratados e hinchados se curvaban en una débil y gélida sonrisa. Hizo una reverencia al coronel y pareció pasar por alto la presencia de Arvardan.

—Señor, he comunicado al Primer Ministro los detalles de su presencia en este lugar y la forma en que llegó aquí —dijo el coronel—. Naturalmente, su permanencia aquí viola todas las reglas, y tengo el firme propósito de dejarle en libertad lo antes posible; pero también tengo aquí al doctor Arvardan, que como usted probablemente sabe ha presentado una acusación muy grave contra su persona. Dadas las circunstancias actuales, debemos averiguar si hay algo de cierto en esa acusación, y…

—Lo comprendo, coronel —replicó secamente el secretario—, pero como ya le he explicado antes creo que este hombre apenas lleva dos meses en la Tierra, por lo que su desconocimiento de nuestra política interna es prácticamente total. Le aseguro que dispone de una base muy poco firme sobre la que sostener cualquier acusación.

—Soy arqueólogo, y durante los últimos tiempos me he especializado en el estudio de la Tierra y en sus costumbres —dijo Arvardan en un tono bastante encolerizado—. Mis conocimientos sobre su política interior son bastante profundos y, de todas maneras, no soy el único que hace esa acusación.

El secretario no miró al arqueólogo ni entonces ni después. Cada vez que hablaba se dirigía exclusivamente al coronel.

—Uno de nuestros científicos también está complicado en este asunto —dijo—. Es un anciano muy próximo a cumplir los sesenta años, por lo que sufre delirios de persecución. También se halla involucrado otro hombre de antecedentes desconocidos, y que parece sufrir un cierto retraso mental. No me parece que sea un trío de acusadores muy digno de confianza, coronel.

—¡Exijo ser escuchado! —exclamó Arvardan poniéndose en pie.

—Siéntese —ordenó secamente el coronel—. Se ha negado a hablar del asunto conmigo, ¿no? Bien, pues ahora mantenga su negativa… Que entre el hombre que ha venido con la bandera de parlamentario.

Era otro miembro de la Sociedad de Ancianos, y cuando vio al secretario la única señal de emoción que dio fue un fugaz parpadeo. El coronel se puso en pie.

—¿Habla en nombre de la gente que está fuera? —preguntó.

—Sí, señor.

—Bien, entonces he de suponer que esta reunión tumultuosa e ilegal tiene como objetivo exigir que les devolvamos a este compatriota suyo, ¿no?

—Sí, señor. Debe ser puesto en libertad inmediatamente.

—¡Ya! Pero los intereses de la ley y el orden y el respeto debido a los representantes de Su Majestad Imperial en este mundo requieren que el asunto no sea discutido mientras haya hombres reunidos en rebelión armada contra nosotros. Tendrá que ordenar a sus compañeros que se dispersen.

—El coronel tiene toda la razón, hermano Cori —intervino afablemente el secretario—. Le ruego que calme a la gente. Estoy totalmente a salvo, y no hay ningún peligro…, para nadie. ¿Me ha entendido, hermano? Para nadie… Le doy mi palabra de Anciano al respecto.

—De acuerdo, hermano, y me alegra ver que se encuentra bien.

El emisario fue acompañado hasta la puerta.

—Haremos que salga de aquí sano y salvo en cuanto la ciudad haya vuelto a la normalidad —dijo secamente el coronel—, y le agradezco su actitud de cooperación en este conflicto que acaba de resolverse felizmente.

—¡Lo prohíbo! —exclamó Arvardan volviendo a ponerse en pie—. .Piensa dejar en libertad a este hombre que planea asesinar a toda !a raza humana, mientras que me impide ejercer mis derechos como ciudadano galáctico obteniendo una entrevista con el Procurador Ennius? ¿Es que piensa tratar con más consideración a un asqueroso terrestre que a mí? —acabó gritando en un paroxismo de frustración.

El secretario empezó a hablar apenas hubo terminado el estallido de furia casi incoherente de Arvardan.

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