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El Prisionero Enmascarado

Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:

A la muerte de su esposo en duelo con François de Beaufort, Sylvie, duquesa de Fontsomme, jura no volver a ver nunca a éste y se retira a las propiedades de su familia a criar a su hija 1tilarie y al pequeño Philippe, el secreto de cuyo nacimiento guarda celosamente. Entre los amigos que la visitan está Nicolas Fouquet, que se ha convertido en superintendente de las Finanzas del reino.Es entonces cuando el joven rey Luis XIV, que no olvida, ordena a Sylvie que se incorpore a la corte en Saint-Jean-de-Luz: va a casarse con la infanta Marie-Thérése y ella debe formar parte de las damas de la nueva reina. Durante las fiestas de celebración de la boda tiene la oportunidad de sacar de una situación comprometida a un mosquetero enamorado pero pobre, y ello le vale la amistad de D`Artagnan.. .De nuevo en París, no puede evitar a Beaufort, que parece haber recuperado el favor real, y que también ha trabado amistad con el superintendente. La ayuda de ambos resultará inestimable al sobrevenir un peligro que amenaza la vida del pequeño Philippe. Para colmo, Fouquet cae en desgracia, y el vengativo ministro Colbert se dedica a perseguir a los amigos del vencido.El peso de los secretos de Estado se hace sentir de nuevo. ¿Guardará el último de ellos una esperanza de felicidad para Sylvie?
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Después, ella, Jeannette y Perceval marcharon a Vendôme, donde se iban a celebrar los funerales. Sólo el hijo primogénito, Louis de Mercoeur, ahora duque de Vendôme, y sus dos hijos Louis-Joseph y Philippe, respectivamente de once y diez años de edad, estuvieron presentes en la ceremonia: la escuadra de Beaufort seguía guerreando en algún lugar de la costa africana.

Después de que César fuera inhumado con gran pompa en la tumba de la colegiata de Saint-Georges, Sylvie se despidió con profunda emoción de la mujer que había sido para ella como una segunda madre: Françoise de Vendôme quiso quedarse para siempre al lado del hombre al que había amado, que le había dado unos hijos tan hermosos y que, a despecho de su vida disipada, siempre había sentido por ella una tierna admiración. Iba a entrar en el convento del Calvario, donde, desde hacía ya algún tiempo, se había hecho construir un alojamiento particular; allí quería vivir, bajo un hábito religioso.

Finalmente, antes de emprender el viaje de vuelta a París, Sylvie quiso hacer una última peregrinación: subir sola a lo alto de aquella torre de Poitiers que con tanta frecuencia había mirado entre lágrimas de rabia, cuando sus piernecitas de cuatro años no le permitían la ascensión. Entonces se había jurado hacerlo algún día.

Ahora era fácil; y azotada por el viento áspero de noviembre, contempló largo rato la ciudad y el campo que se extendían a sus pies, consciente de que nunca volvería a aquel lugar. Nada tenía que hacer allí: era duquesa, igual en rango a François, y la torre había sido vencida para siempre… pero no era más feliz por ello. Hoy, junto al duque César enterraba su infancia, y mañana, con la reina madre, diría adiós a una adolescencia demasiado breve, que ahora lamentaba que no hubiera durado más tiempo. Porque también Ana de Austria se dirigía hacia una muerte que le parecía más y más deseable. En su gran lecho de seda y terciopelo azul bordados en oro, coronado en lo alto de cada columna por plumas azules, rosadas y blancas, soportaba un martirio cuyos dolores conseguía amortiguar cada vez menos el opio con que la atiborraban sus médicos. Tortura suprema para aquella mujer hermosa, cuidadosa de su persona y siempre delicada en sus gustos, el pecho gangrenado desprendía un olor penoso que sus mujeres se esforzaban en alejar agitando continuamente abanicos de piel impregnada con perfumes cálidos.

Aquel largo suplicio se prolongó hasta enero. Una mañana, levantó para mirarla una de sus bellas manos y murmuró:

— Mi mano está hinchada… Es hora de partir. -Era hora, en efecto. Entonces se desplegó el lento ceremonial que acompaña a los reyes hasta su hora final, y que empezaba por una larga y minuciosa confesión.

Aquella mañana, en el momento en que su carroza la dejaba a la puerta del Louvre, Madame de Fontsomme vio a la mariscala de Schomberg descender de un coche demasiado sucio de barro y nieve para no venir directamente del campo. Corrió hacia ella con una exclamación de alegría.

— ¿Cómo habéis llegado tan pronto, Marie? -le preguntó al tiempo que la abrazaba-. De madrugada he enviado un correo a Nanteuil para pediros que os apresurarais si queríais volver a ver viva a nuestra reina…

— Mademoiselle de Scudèry, que me escribe con frecuencia (y no a mí sola, por cierto; debe de escribir un volumen todos los días), me informó ayer de que Su Majestad iba a morir. Tiende a exagerar las cosas, pero esta vez había un tono de verdad en su carta que me hizo ponerme en marcha esta noche.

— ¡Me alegro tanto de veros, amiga mía! Por supuesto, os alojaréis en mi casa. Enviad allí el coche para que cuiden y hagan entrar en calor a los caballos; yo os llevaré luego en mi carroza.

Cogidas del brazo, cruzaron juntas el gran patio, que una gran nevada había blanqueado durante la noche, y al llegar ante el Grand Degrè vieron a un hombre ya de edad que subía despacio la escalinata apoyado en un bastón, y al que saludaban al adelantarle algunos de los que subían a los aposentos de la reina madre. La ex Marie de Hautefort le reconoció de inmediato y lo detuvo.

— ¿La Porte? ¡Pero qué placer inesperado! Me habían dicho que habíais jurado no volver a salir nunca de Saumur.

La alegría iluminó de súbito un rostro en que las arrugas revelaban la fatiga de muchos años de servicio, primero junto a Ana de Austria, de la que había sido jefe de protocolo y confidente, y después junto al joven Luis XIV, del que había cuidado como camarero real.

— ¡La señora maríscala de Schomberg! ¡Y la señora duquesa de Fontsomme! Soy muy feliz… Esperaba veros al venir aquí. No voy a pediros que me informéis de vuestra salud: ¡las dos permanecéis fieles al recuerdo que yo conservo!

— A pesar de todo, hemos envejecido un poco -dijo Sylvie-. Pero no es difícil adivinar la razón de vuestra venida: queréis verla una última vez.

— Sí. Cuando fui apartado de la corte por haberme atrevido a decir lo que pensaba del cardenal Mazarino, vendí, como probablemente sabéis, mi cargo de camarero real y me retiré a una pequeña propiedad que poseo junto al Loira. Allí me han llegado los rumores de la muerte inminente de la que sigue siendo mi querida ama. Y he querido por última vez rendirle el homenaje de mi devoción y fidelidad… Luego volveré a mi casa para no salir más de ella.

— Pues bien, vamos a saludarla juntos -dijo Madame de Schomberg emocionada-. Tan unidos como lo estuvimos en los tiempos en que no vivíamos más que para ella y su felicidad.

Naturalmente, había mucha gente en los aposentos, en los que por una vez se hablaba en voz baja. En el Grand Cabinet, el trío encontró a D'Artagnan.

— ¿Está aquí el rey? -le preguntó Sylvie.

— Aún no, pero no tardará. He venido por propia iniciativa, para rendir un último homenaje mientras aún es posible. ¿Queréis entrar conmigo? La reina está dentro, y Monsieur también. Madame acaba de tener una ligera indisposición.

En la gran estancia de muebles de plata y maderas preciosas, en la que se habían vertido perfumes con generosidad, Ana de Austria, cuyo confesor acababa de retirarse, reposaba casi serena entre la blancura de las sábanas de batista que habían cambiado al amanecer y sobre las que habían dispuesto saquitos fragantes. Su hijo Philippe estaba a su lado, apretando una de las manos de ella contra su corazón, el rostro anegado en lágrimas. Su nuera rezaba al otro lado del lecho.

Detrás del capitán de los mosqueteros, cuyos anchos hombros les abrían paso con facilidad, los tres visitantes llegaron hasta la balaustrada de plata que impedía el paso al espacio inmediato al lecho real. Allí, perfectamente conjuntados, los dos hombres se inclinaron al tiempo que las dos mujeres se inclinaban en profundas reverencias. La moribunda, que acababa de abrir los ojos, les vio. Una expresión de sorpresa feliz transfiguró su rostro, al ver reunidos los rostros de los testigos de sus años jóvenes y de sus amores. Les sonrió y esbozó el gesto de tenderles la mano como para atraerles hacia ella, al tiempo que se incorporaba un poco sobre la almohada, pero un suspiro doloroso siguió a la sonrisa. Los ojos se cerraron de nuevo y dejó caer suavemente su espalda y su mano.

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