El Prisionero Enmascarado
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 9788466615976
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:
Durante todo ese tiempo, Philippe d'Orleans se comportó como un hijo perfecto, lleno a la vez de dolor, cariño y compasión. Cuando su madre fue llevada del Val-de-Grâce al Louvre, no se apartó de ella y se convirtió en su acompañante diario, su enfermero y casi su consejero espiritual. Un día, al ver cómo el terrible dolor crispaba el rostro enflaquecido pero aún tan bello, gritó:
— ¡Quiera Dios concederme el soportar la mitad de vuestros sufrimientos!
Ella respondió:
— No sería justo. Dios quiere que yo haga penitencia…
También la reina María Teresa se volcaba sin cálculo en atenciones hacia la mujer en la que había encontrado una segunda madre. Sylvie y Molina la acompañaban, porque a la reina le gustaba oír hablar a su alrededor la lengua de su infancia, y la primera pasaba largas horas en compañía de su amiga Motteville. A veces la enferma pedía a su antigua doncella de honor que cantara para ella como antaño, en aquellos días tan difíciles que ahora recordaba como una época feliz. Entonces, Madame de Fontsomme cogía la guitarra y, durante el tiempo de una canción, volvía a ser la «gatita» de antes. Mientras, el vientre de La Vallière se redondeaba por tercera vez…
Las únicas buenas noticias de aquellos días dolorosos llegaron del Mediterráneo, donde Beaufort llevaba a cabo verdaderas proezas. Por dos veces asestó a los piratas infieles golpes sensibles: primero, al entrar por la fuerza en el puerto de La Goleta, donde el anciano Barbier Hassan fue muerto en los comienzos de la batalla y perdió quinientos hombres, mientras los navíos del rey bombardeaban Túnez. Tres barcos cayeron en manos francesas. La segunda vez, después de un rápido paso por Tolón para reparar lo que podía ser reparado y embarcar tropas de refresco, Beaufort y los suyos pasaron a sangre y fuego el puerto berberisco de Cherchell, incendiaron dos barcos y capturaron tres más. Los estandartes de los vencidos fueron enviados a París y exhibidos en Notre-Dame, colgados de las bóvedas seculares, en el Te Deum triunfal del 21 de octubre. Y la capital del reino cantó con entusiasmo la gloria de aquel en que siempre vería al Rey de Les Halles. Al día siguiente, el padre de su héroe, César de Borbón, duque de Vendôme y almirante titular de la armada, murió en su hôtel del faubourg Saint-Honoré.
Tenía setenta y un años y las enfermedades, fruto de una vida de excesos, habían minado la fortaleza de aquel organismo apto para vivir cien años. La gota, los cálculos del riñón y también la sífilis le consumían entre grandes dolores que se esforzaba en mitigar recurriendo a todos los remedios que le ofrecían, no los médicos, a los que consideraba ignorantes, sino los herboristas y los curanderos de campo. Pasó sus últimos meses en compañía de su mujer en los castillos que tanto amaba: Anet, Chenonceau y sobre todo Vendôme, su ducado, que se esforzaba en embellecer y hacer progresar. En ocasiones se instalaba en Montoire, donde poseía una casita en la que se encontraba a gusto y descansaba del lujo de sus restantes mansiones. El gran pecador se arrepentía y encontraba un poco de ternura junto a la fiel esposa que nunca había dejado de amarle y que, poco a poco, le había conducido a Dios.
A finales de septiembre, aprovechando una mejoría que atribuyó a un remedio de un curandero de Montoire, se hizo trasladar a París con el fin de estar más cerca de las noticias que llegaban sobre la gloria de su hijo menor, pero los sufrimientos recomenzaron muy pronto y su agonía se prolongó tres semanas. Sin embargo, unos días antes de dejar este mundo, envió recado a Sylvie de que fuera a verle. Ella lo hizo sin dudar.
Al penetrar en la suntuosa habitación que tantas veces había visto en su infancia, sintió en la garganta el olor terrible de la enfermedad, mal disimulado por el del incienso que hacían quemar con la esperanza de que aquel alivio para las almas confortara también su cuerpo. La duquesa François e estaba allí, en compañía de un capuchino que rezaba al pie del lecho. Las dos mujeres se abrazaron con el calor de su antiguo cariño, y luego Madame de Vendôme murmuró:
— El buen padre y yo vamos a dejaros con él. Quiere hablaros…
Y Sylvie se quedó sola con el hombre que había permitido que tuviera una infancia feliz, pero que tanto daño le había hecho luego… Se acercó al lecho, que sin duda acababan de rehacer porque estaba tan liso y limpio como un lecho mortuorio, y examinó la cabeza enflaquecida, amarillenta y casi calva del que había sido uno de los hombres mejor parecidos de su época. Parecía dormir, y ella vaciló. De súbito, aquellos terribles ojos azules, apenas un poco empalidecidos, se abrieron y se posaron en ella.
— Habéis venido…
— Creo que es evidente…
— ¿Por qué? ¿Para ver a qué estado ha reducido la proximidad de la muerte a vuestro más antiguo enemigo?
— No sois mi enemigo más antiguo. Lo fue el hombre que asesinó a mi madre; y en aquel momento fuisteis vos, recordadlo, quien me proporcionó los medios para seguir viviendo en la seguridad de vuestros castillos.
— No fui yo; fue la duquesa…
— Pero vos aceptasteis sus decisiones.
La sombra de una sonrisa se insinuó en sus labios secos.
— Quizás a fin de cuentas pueda atribuirme algún mérito… No os detestaba, al principio, pero desconfiaba de vos… sobre todo debido a ese amor testarudo que os obstinabais en dedicar a mi hijo…
— Lo sé. Ya me lo habíais dicho… en otras circunstancias.
— No lo he olvidado. Estaba seguro de que por encima de todo lo que queríais era ser duquesa.
— ¡Qué extraña es la vida! Lo soy, sin haberlo deseado.
— Creo que fue ese matrimonio con un hombre de calidad lo que me abrió los ojos sobre vos. En especial después de su muerte a manos de mi hijo, tan poco tiempo antes de que matara también a su cuñado. Somos hombres terribles, y yo mismo me doy miedo. Yo… os he hecho mucho daño…
— No tanto como lo habríais deseado, porque no me habéis destruido… y tampoco el amor que nunca he dejado de sentir por él.
— ¿Le amáis todavía?
— Sí. Le amaré hasta el final… y quizás incluso más allá, si Dios lo permite.
Hubo un silencio, roto enseguida por la respiración pesada del moribundo.
— ¿Me creeréis si os digo que eso me hace… muy feliz? Ahora… debo deciros por qué os he hecho venir. En primer lugar… para pediros que me perdonéis… un perdón a la medida de mis remordimientos, que son profundos. Después… querría que cuidarais de François… Va a ser almirante de Francia y tiene muchos enemigos a los que ese alto cargo no va a apaciguar, antes al contrario.
— ¿Cómo podré hacerlo? Surca los mares a cientos de leguas de mí, expuesto a todos los peligros del mar y de los hombres.
— Cuando la muerte se aproxima, sucede que el futuro entreabre algo el velo que lo oculta. Un gran amor posee un poder infinito… y sé que un día él necesitará el vuestro… ¿Me lo prometéis?
Abrumada por la emoción, Sylvie se dejó caer de rodillas junto al lecho.
— ¡Os lo juro, monseñor! Haré por él todo lo que esté en mi poder.
— ¿Me perdonáis?
— De todo corazón.
Entonces, entre los sollozos que la sacudían, sintió en su frente la mano de César, que trazaba con lentitud la señal de la Cruz.
— Que Dios os bendiga… como os bendigo yo. Si se digna oír al pecador que soy, rezaré por vosotros dos…
Al contrario de lo que se habría podido esperar, Luis XIV mostró un pesar auténtico por la muerte de aquel tío suyo tan contradictorio, a un tiempo bravo hasta la locura y calculador, libertino y sin embargo profundamente cristiano, con arrepentimientos espectaculares; y también generoso y compasivo con los humildes como el propio François; aquel tío al que el rey llamaba «mi primo». Además, era el último de los hijos de Enrique IV que retornaba al Padre. De modo que, para sorpresa general, ordenó que sus funerales fuesen los de un príncipe de sangre. Y en su propio hôtel de Vendôme, cuatro heraldos de armas velaron en las cuatro esquinas del catafalco que el primer gentilhombre de la Cámara roció regularmente de agua bendita. Dividida entre el orgullo y la pena, la duquesa rezaba al pie del ataúd. Sylvie fue a arrodillarse y musitar una plegaria acompañada por Perceval, pero también por Jeannette e incluso por Corentin, que había venido desde Fontsomme para saludar por última vez al príncipe del que ambos habían sido servidores. Sylvie tuvo ocasión entonces de saber que, en su castillo de Picardía, el joven Nabo recuperaba el gusto por la vida aprendiendo el arte de la agricultura y la jardinería: para Corentin era una ayuda no desdeñable, y siempre sonriente…