El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
La lentitud de su marcha no era en absoluto apaciguante. El Camino del Norte —como continuaba denominándolo mentalmente Rand, pese a sospechar que a ese lado del Taren debía de recibir otro nombre—avanzaba recto en la misma dirección, pero ante la insistencia de Lan habían de desviarse y adentrarse en la espesura, para hollar su suelo con igual proporción que la tierra allanada de la carretera. Un pueblo, una granja, o cualquier evidencia de poblamiento los inducía a efectuar un rodeo de kilómetros para evitarlo, a pesar de que aquellos parajes parecían insólitamente deshabitados. El primer día Rand no vio nada que evidenciara la presencia de hombres en aquellos bosques. Tanto era así que se le ocurrió pensar que incluso cuando había ido hasta el pie de las Montañas de la Niebla, probablemente no se había encontrado tan alejado de cualquier habitáculo humano como lo estuvo aquella primera jornada.
La primera granja que vio, una amplia vivienda y un alto establo con empinados tejados de paja con una chimenea de piedra de la que brotaba una espiral de humo, le causó gran impresión.
—No se diferencia en nada de las de nuestra zona —dijo Perrin.
Frunció el entrecejo al contemplar los distantes edificios, en cuyos patios se movía la gente, inconsciente de la proximidad de viajeros.
—Claro que sí —objetó Mat—. Lo que pasa es que no estamos lo bastante cerca para verla bien.
—Te digo que es igual —insistió Perrin.
—No puede ser. Después de todo, estamos al norte del Taren.
—Callaos los dos —gruñó Lan—. Recordad que no debemos llamar la atención. Por aquí.
Dicho esto, viró rumbo oeste, para rodear la casa entre los árboles.
Rand miró hacia atrás y pensó que Perrin estaba en lo cierto. Aquella granja tenía un aspecto similar al de cualquiera de las situadas en los alrededores de Campo de Emond. Había un chiquillo que sacaba agua del pozo y unos muchachos de más edad que daban de comer a los corderos al lado de un cercado. Incluso tenía un cobertizo para secar el tabaco. Pero Mat tenía también razón. «Estamos al norte del Taren. Tiene que ser distinta».
Siempre se detenían con las últimas luces del día para seleccionar un lugar seco y resguardado del viento, el cual raras veces amainaba del todo, cambiando si acaso de rumbo. La fogata que encendían era siempre exigua, imperceptible a pocos metros y, una vez calentada el agua para el té, apagaban sus llamas y enterraban las brasas.
Al final del primer día, antes de la caída del sol, Lan comenzó a instruir a los muchachos en el uso de las armas que llevaban. Inició su clase con el arco. Después de ver cómo Mat clavaba tres flechas en un blanco del tamaño de la cabeza de un hombre, en el tronco estriado de un cedro, a cien pasos de distancia, indicó a los otros que dispararan por turnos. Perrin duplicó la marca de Mat y Rand, invocando la llama y el vacío, la calma callada que le permitía formar una unidad con el arco, prendió las puntas de sus tres proyectiles casi en el mismo punto central. Mat lo felicitó, dándole una palmada en el hombro.
—Ahora bien, si todos tuvierais arcos —dijo secamente el Guardián cuando empezaban a sonreír— y los trollocs acordaran acercarse tanto que no pudierais usarlos… —Sus sonrisas se disiparon de golpe—. Veamos qué puedo enseñaros en previsión de que se aproximaran hasta ese extremo.
Instruyó sucintamente a Perrin en el manejo de aquella hacha de hoja ancha; esgrimir un hacha contra alguien, o contra algo, armado no era lo mismo que partir leña o blandirla con aire amenazador. Después de poner a practicar al fornido aprendiz de herrero los ejercicios básicos de obstrucción, elusión y ataque, pasó a aleccionar a Rand en el uso de la espada. Este no consistía en el salto de impulso y la salvaje cuchillada que Rand tenía en la mente, sino en movimientos relajados, que se entrelazaban semejando casi una danza.
—No basta con blandir la hoja —explicaba Lan—, aunque ésa sea, desde luego, la esencia. La inteligencia juega un papel preeminente. Deja la mente en blanco, pastor. Vacíala de odios, temores y emociones. Extermínalos. Vosotros dos escuchad también esto. Os puede servir tanto para el hacha, el arco, la lanza o la barra, e incluso para la lucha cuerpo a cuerpo.
Rand lo miró fijo.
—La llama y el vacío —dijo inquisitivamente—Es eso a lo que os referís, ¿no es cierto? Mi padre me lo enseñó.
El Guardián le dirigió una mirada inescrutable por toda respuesta.
—Aferra la espada como te he mostrado, pastor. No puedo convertir en una hora a un campesino harto de andar en el fango en un espadachín, pero tal vez evite que te cortes tu propio pie.
Con un suspiro, Rand levantó el arma ante sí con ambas manos. Moraine los observaba sin expresión alguna, pero al día siguiente pidió a Lan que prosiguiera con la instrucción.
La cena era siempre la misma que la comida y el desayuno, pan, queso y carne seca, excepto aquellas noches en que tomaban té caliente para acompañarlo, en lugar de agua. Thom los entretenía al atardecer. Lan no le consentía tocar el arpa o la flauta —no había necesidad de alborotos, decía el Guardián—, pero Thom hacía malabarismos y contaba historias. Mara y los tres reyes traviesos o una de los cientos de relatos sobre Anla el sabio consejero o alguna narración cargada de gloria y hazañas, como La Gran Cacería del Cuerno, que contenía siempre un final feliz y un alborozado regreso al hogar.
Aun cuando la tierra estuviera apacible a su alrededor, los trollocs no hicieran aparición entre los árboles ni el Draghkar entre las nubes, Rand tenía la impresión de que ellos solos avivaban la tensión, en toda ocasión en que ésta parecía a punto de ceder.
Fue una mañana especial aquella en que Egwene se levantó y comenzó a destrenzarse el pelo. Rand la miraba por el rabillo del ojo mientras liaba la manta. Cada noche, cuando apagaban el fuego, todo el mundo se acostaba salvo Egwene y la Aes Sedai. Las dos mujeres siempre se alejaban del grupo y charlaban durante una o dos horas, para volver cuando el resto dormía. Egwene se peinaba los cabellos, en cien pasadas, según calculó Rand, mientras él ensillaba a Nube, atando las albardas y la manta detrás de la silla. Después dejó el peine, se ahuecó el pelo sobre los hombros y se subió la capucha de la capa.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó atónito. Ella lo miró de soslayo, sin responder. Aquélla era la primera vez, cayó en la cuenta, que le dirigía la palabra desde hacía dos días, desde la noche en que se cobijaron en la cueva de troncos a orillas del Taren, pero ello no le impidió proseguir— toda la vida has estado esperando poder llevar trenza ¿y ahora la dejas a un lado? ¿Por qué? ¿Porque ella no se trenza el pelo?
—Las Aes Sedai llevan el cabello suelto —repuso simplemente la muchacha—. Al menos, si así les place.
—Tú no eres una Aes Sedai. Tú eres Egwene al’Vere de Campo de Emond y a las mujeres del Círculo les daría un ataque si te vieran así.
—Los asuntos del Círculo de mujeres no te conciernen a ti, Rand al’Thor. Y yo seré una Aes Sedai en cuanto llegue a Tar Valon.
—¿En cuanto llegues a Tar Valon? —respondió con un bufido—¿Por qué? En nombre de la Luz, contesta. Tú no eres un Amigo Siniestro.
—¿Crees que Moraine Sedai es un Amigo Siniestro? ¿De veras lo crees? —Se puso en guardia delante de Rand con los puños apretados y él casi pensó que iba a propinarle un puñetazo—. ¿Después de que fue ella quien salvó al pueblo? ¿Después de haberle salvado la vida a tu padre?
—Yo no sé lo que es, pero, sea lo que sea, eso no demuestra cómo son los demás. Las historias…