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El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisi?n de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La ?nica clave de que dispone la polic?a es la doctora Catherine Cordell, v?ctima hace dos a?os de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior fr?o y elegante, y una bien ganada reputaci?n como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada est? a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisi?n, los detalles de la propia agon?a de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persigui?ndola y acercarse cada vez m?s…
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– ¿Warren lo hizo?

Una pausa.

– Sí.

Una horrible sospecha comenzó a taladrar la cabeza de Moore.

Kahn se acercó al fichero, abrió un cajón, y comenzó a revolver entre su apretado contenido.

– Era un domingo. Yo había pasado el fin de semana fuera de la ciudad, y tenía que regresar esa noche a preparar una muestra para la clase del lunes. Usted sabe que estos chicos, muchos de ellos, diseccionan con torpeza, y hacen carne picada con sus muestras. De modo que siempre trato de tener una buena disección a mano, para mostrarles la anatomía que pueden haber dañado en sus propios cadáveres. Estábamos trabajando con el aparato reproductor, y ya habían comenzado a disecionar esos órganos. Recuerdo que era tarde cuando llegué en auto al campus, pasada la medianoche. Vi luces en las ventanas del laboratorio, y pensé que sería algún estudiante compulsivo, que estaba allí para ganarles de mano a sus compañeros. Entré en el edificio. Llegué al corredor. Abrí la puerta.

– Warren Hoyt estaba allí -aventuró Moore.

– Sí. -Kahn encontró lo que estaba buscando en el cajón del fichero. Sacó una carpeta y miró a Moore-. Cuando vi lo que estaba haciendo, yo… bueno, perdí el control. Lo agarré de la camisa y lo empujé contra la pileta. No fui amable, lo admito, pero estaba tan furioso que no pude controlarme. Con sólo pensarlo vuelvo a sentir la misma furia. -Dejó escapar un profundo suspiro, pero incluso ahora, a casi siete años de distancia, no podía recuperar la calma-. Una vez que… que terminé de gritarle… lo arrastré hasta aquí, hasta mi oficina. Lo obligué a sentarse y lo hice firmar una declaración en la que constaba que abandonaba efectivamente la facultad a las ocho de la mañana siguiente. No le pedí que aclarara el motivo, pero tenía que abandonar la facultad, o de otro modo adjuntaría un informe por escrito de lo que había visto en este laboratorio. Él accedió, desde luego. No tenía otra opción. Ni siquiera parecía perturbado por toda la escena. Eso fue lo que más me chocó de él; nada parecía perturbarlo. Podía asumirlo todo con calma y razonablemente. Pero así era Warren. Muy racional. Nunca se sobresaltaba por nada. Era casi… -Kahn hizo una pausa-. Mecánico.

– ¿Qué fue lo que vio? ¿Qué estaba haciendo en el laboratorio?

Kahn le alcanzó la carpeta a Moore.

– Todo figura aquí por escrito. Lo mantuve archivado todos estos años, sólo para el caso de que hubiera cualquier acción legal por parte de Warren. Ya sabe, los estudiantes pueden demandarlo a uno por cualquier cosa en estos días. Sí intentaba ser readmitido en esta facultad alguna vez, quería que hubiera una respuesta preparada.

Moore tomó la carpeta. Llevaba simplemente una etiqueta con el nombre «Hoyt, Warren». Adentro había tres páginas mecanografiadas.

– A Warren se le asignó un cadáver femenino -dijo Kahn-. Él y sus compañeros de laboratorio comenzaron una disección pélvica, exponiendo la vejiga y el útero. Los órganos no debían ser extirpados, sino sólo expuestos. Ese domingo por la noche, Warren vino aquí para terminar el trabajo. Pero lo que debería haber sido una cuidadosa disección se convirtió en una mutilación. Como si al tener el escalpelo en la mano hubiera perdido el control. No se limitó a exponer los órganos. Los arrancó del cuerpo. Primero cortó la vejiga y la dejó entre las piernas del cadáver. Luego extirpó el útero. Hizo esto último sin guantes, como si quisiera sentir los órganos sobre su propia piel. Y así es como lo encontré. En una mano sostenía el órgano sangrante. Y con la otra mano… -La voz de Kahn se apagó con un tono de asco.

Lo que Kahn no lograba pronunciar con sus propios labios aparecía impreso en la página que ahora leía Moore. Terminó la oración por él.

– Se estaba masturbando.

Kahn se acercó al escritorio y se hundió en la silla.

– Es por eso que no podía permitir que se graduara. Dios, ¿qué clase de médico hubiera sido? Si le hizo eso a un cadáver, ¿qué le hubiera hecho a un paciente vivo?

«Yo sé lo que les hace. He visto su obra con mis propios ojos».

Moore pasó las páginas del informe de Hoyt hasta llegar a la tercera, donde leyó el párrafo final del doctor Kahn:

El señor Hoyt accede voluntariamente a retirarse de esta facultad y su decisión se hará efectiva a las ocho de la mañana del día siguiente. A cambio mantendré la confidencialidad en lo que respecta a este incidente. Dado el daño efectuado al cadáver, sus compañeros de la mesa 19 en el laboratorio serán reasignados a otros equipos para esta fase de la disección.

«Compañeros de mesa».

Moore miró a Kahn.

– ¿Cuántos compañeros de mesa tenía Warren?

– Hay cuatro estudiantes por mesa.

– ¿Quiénes eran los otros tres estudiantes?

Kahn frunció el entrecejo.

– No lo recuerdo. Fue hace siete años.

– ¿No mantiene un registro de esas asignaciones?

– No. -Se detuvo-. Pero recuerdo a uno de sus compañeros. Una muchacha. -Giró en la silla para enfrentarse a la computadora y buscó los datos de inscripción de sus estudiantes. El listado de clase del primer año de Warren Hoyt apareció en la pantalla. Le llevó un momento a Kahn leer todos los nombres, y luego dijo:

– Aquí está. Emily Johnstone. La recuerdo.

– ¿Por qué?

– Bien, en primer lugar porque era una verdadera belleza. Tipo Meg Ryan. En segundo lugar porque una vez que se retiró Warren, ella quiso saber por qué. No me atreví a confesarle el motivo. De modo que ella insistió y me preguntó si tenía algo que ver con las mujeres. Según parece Warren había estado persiguiendo a Emily por el campus, y ella comenzaba a asustarse. No hace falta decir lo aliviada que se sintió cuando Warren dejó la facultad.

– ¿Piensa usted que recordará a los otros compañeros de laboratorio?

– Existe la posibilidad. -Kahn tomó el auricular y llamó al Centro de Estudiantes-. Hola, ¿Winnie? ¿Tienes a mano alguna dirección actualizada de Emily Johnstone? -Tomó un bolígrafo y anotó el número, luego colgó-. Está haciendo una práctica privada en Houston -dijo mientras volvía a marcar-. Son las once para ella, así que debería estar… Hola, ¿Emily? Habla la voz de tu pasado. El doctor Kahn, de Emory. Exacto. Laboratorio de anatomía. ¿Historia vieja, verdad?

Moore se inclinó hacia delante, mientras su pulso se aceleraba.

Cuando Kahn colgó y lo miró, Moore vio la respuesta en sus ojos.

– Ella recuerda a los otros dos compañeros de anatomía -dijo Kahn-. Una era una mujer llamada Barb Lippman. Y el otro…

– ¿Capra?

Kahn asintió.

– El cuarto compañero era Andrew Capra.

Veintidós

Catherine se detuvo frente a la puerta de la oficina de Peter. Él se sentó frente a su escritorio, sin notar que ella lo observaba, y comenzó a rasguñar una planilla con su pluma. Nunca antes se había tomado el tiempo suficiente para observarlo con detenimiento, y lo que veía ahora le produjo una tenue sonrisa en los labios. Trabajaba con una feroz concentración, la imagen misma del médico dedicado, salvo por un toque caprichoso: el avión de papel que se destacaba en el piso. Peter y sus tontas máquinas voladoras.

Ella golpeó en el marco de la puerta. Él levantó la vista por encima de los lentes, sorprendido de verla allí.

– ¿Puedo hablar contigo? -preguntó ella.

– Desde luego. Pasa.

Ella se sentó en una silla frente al escritorio. Él no dijo nada, sólo esperaba con paciencia a que hablara. Ella tenía la impresión de que, sin importar cuánto tiempo le tomara, él seguiría allí esperándola.

– Las cosas han estado… tensas entre nosotros -dijo.

Él asintió.

– Sé que te fastidia tanto como a mí. Y a mí me fastidia muchísimo porque siempre me gustaste, Peter. Puede no parecer así, pero lo es. -Tomó una bocanada de aire, esforzándose por encontrar las palabras indicadas-. Los problemas entre nosotros no tienen nada que ver contigo. Todo fue culpa mía. Hay tantas cosas que suceden en mi vida en este momento. Me resulta difícil de explicar.

– No tienes que hacerlo.

– Es sólo que veo que lo nuestro se está arruinando. No sólo nuestra sociedad, sino nuestra amistad. Es gracioso que nunca haya advertido que estaba allí, entre nosotros. Que no haya advertido lo mucho que significa para mí hasta que lo dejé estropearse. -Se puso de pie-. De todos modos lo siento. Eso es lo que vine a decirte. -Se dirigió a la puerta.

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