El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
– Todavía no logro superar lo que le pasó a esa pobre chica.
– ¿A qué chica?
– Laura Hutchinson. Estaba trabajando en una clínica, en Haití. Era uno de nuestros cursos optativos. Las carreteras allí, bien, me dijeron que son espantosas. El auto cayó en un embalse y se dio vuelta encima de ella.
– Entonces fue un accidente.
– Ella viajaba en la parte trasera del auto. No la pudieron sacar hasta diez horas después.
– ¿Y qué hay del otro estudiante? Hay uno más que no se graduó con la promoción.
La mirada de Winnie cayó sobre su escritorio, y pudo notar que no se sentía cómoda al tratar el tema.
– ¿Señora Bliss?
– Sucede cada tanto -dijo ella-, que un estudiante abandona. Tratamos de ayudarlo para que se quedara en el programa, pero ya sabe, algunos tienen problemas con los materiales.
– Entonces este estudiante… ¿cómo se llamaba?
– Warren Hoyt.
– ¿Abandonó?
– Sí, podría decirse que abandonó.
– ¿Fue un problema académico?
– Bueno… -Ella miró alrededor, como si buscara ayuda sin encontrarla-. Tal vez debería hablar con uno de nuestros profesores, el doctor Kahn. Él podrá contestar a sus preguntas.
– ¿Usted no conoce la respuesta?
– Es un asunto… algo privado. El doctor Kahn debería ser el más indicado para responderle.
Moore miró su reloj. Pensaba tomar el avión de regreso a Savannah esa noche, pero no parecía que pudiera lograrlo.
– ¿Dónde puedo encontrar al doctor Kahn?
– En el laboratorio de anatomía.
Podía oler el formol en el corredor. Moore se detuvo frente a la puerta con el letrero anatomía, preparándose para lo que le esperaba. Aunque se consideraba preparado, cuando dio un paso dentro del laboratorio quedó pasmado por unos segundos ante lo que vio. Veintiocho mesas, dispuestas en cuatro hileras, ocupaban la longitud de la sala. Sobre las mesas había cadáveres en diversos estados de disección. A diferencia de los cuerpos que Moore estaba acostumbrado a ver en el laboratorio forense, estos cuerpos parecían artificiales, con la piel como vinilo, y los vasos expuestos embalsamados en brillantes colores rojos o azules. Hoy los estudiantes trabajaban con las cabezas, separando los músculos de la cara. Había cuatro estudiantes por cada cadáver, y la sala retumbaba de voces que leían en voz alta los textos de medicina, planteando preguntas u ofreciendo consejos. De no ser por los mortecinos cuerpos sobre las mesas, estos estudiantes podrían haber sido obreros de una fábrica, trabajando con partes mecánicas.
Una joven levantó la mirada con curiosidad hacia Moore, el extraño de traje que recorría su sala.
– ¿Está buscando a alguien? -preguntó con el escalpelo listo para cortar la mejilla de un cadáver.
– Al doctor Kahn.
– Está en la otra punta de la sala. ¿Ve a ese señor grande de barba blanca?
– Lo veo, gracias.
Siguió atravesando las hileras de mesas, con la mirada inexorablemente atraída hacia cada cadáver por el que pasaba. La mujer con los miembros arruinados como ramas marchitas sobre la superficie de acero. El negro con la piel abierta revelando el grueso músculo de su pierna. Al final de la hilera un grupo de estudiantes escuchaba con atención a una suerte de Papá Noel que señalaba las delicadas fibras del nervio facial.
– ¿Doctor Kahn?
El doctor Kahn alzó la vista, y toda su semejanza con Papá Noel se desvaneció. Este hombre tenía ojos intensos y oscuros, sin un trazo de humor.
– ¿Sí?
– Soy el detective Moore. La señora Bliss, del Centro de Estudiantes, me dijo que podía hablar con usted.
Kahn se enderezó, y Moore de pronto observó a un hombre gigantesco. El escalpelo se veía como un objeto incongruentemente delicado en su amplia palma. Depositó el instrumento y se quitó los guantes. Mientras se daba vuelta para lavarse las manos en la pileta, Moore vio que el pelo blanco del doctor Kahn estaba recogido en una cola de caballo.
– ¿De qué se trata todo esto? -preguntó Kahn mientras buscaba una toalla de papel.
– Tengo un par de preguntas para hacerle acerca de un estudiante que fue alumno suyo hace siete años. Warren Hoyt.
Kahn estaba de espaldas, pero Moore pudo ver que el brazo macizo y mojado se ponía rígido por encima de la pileta. Luego Kahn arrancó la toalla de papel de la caja y se secó las manos en silencio.
– ¿Usted lo recuerda? -preguntó Moore.
– Sí.
– ¿Lo recuerda bien?
– Fue un estudiante memorable.
– ¿Podría ser un poco más preciso?
– En realidad no. -Kahn lanzó el bollo de papel arrugado en el cesto.
– Esto es una investigación criminal, doctor Kahn.
Para entonces, varios estudiantes los miraban con curiosidad. La palabra criminal les había llamado la atención.
– Vamos a mi oficina.
Moore lo siguió al cuarto adyacente. Detrás de un tabique de vidrio tenían la visión del laboratorio y sus veintiocho mesas. Una población de cadáveres.
Kahn cerró la puerta y se volvió hacia él.
– ¿Por qué me pregunta sobre Warren? ¿Qué hizo?
– Nada que sepamos. Sólo necesito saber acerca de su relación con Andrew Capra.
– ¿Andrew Capra? -Kahn resopló-. Nuestro graduado más famoso. Ahora hay algo por lo que a las facultades de medicina les encanta ser populares. Por enseñar a los psicópatas cómo cortar en pedacitos.
– ¿Cree que Capra estaba loco?
– No estoy seguro de que haya un diagnóstico psiquiátrico para gente como Capra.
– ¿Cuál es la impresión que le producía, entonces?
– No vi nada fuera de lo común. Andrew me parecía una persona perfectamente normal.
Una descripción que parecía más escalofriante cada vez que Moore la escuchaba.
– ¿Y qué hay de Warren Hoyt?
– ¿Por qué me pregunta sobre Warren Hoyt?
– Necesito saber si él y Capra eran amigos.
Kahn reflexionó.
– No lo sé. No puedo hablarle de lo que sucede fuera del laboratorio. Todo lo que veo es lo que sucede en esa sala. Estudiantes que luchan por asimilar esas enormes cantidades de información en sus cerebros sobreexigidos. No todos ellos son capaces de manejar la tensión.
– ¿Fue eso lo que sucedió con Warren? ¿Es por eso que abandonó la carrera de medicina?
Kahn se inclinó hacia el tabique de vidrio y paseó la vista por el laboratorio de anatomía.
– ¿Alguna vez se preguntó de dónde vienen los cadáveres?
– ¿Perdón?
– ¿Cómo los consiguen las facultades de medicina? ¿Por qué terminan allí, arriba de esas mesas, para que los abran?
– Presumo que la gente donará sus propios cuerpos para la facultad.
– Exactamente. Cada uno de esos cadáveres fue un ser humano que tomó una decisión de profunda generosidad. Nos donaron sus cuerpos. En lugar de pasar la eternidad en algún féretro de palisandro, eligieron hacer algo útil con sus restos. Enseñan a nuestra próxima generación de terapeutas. No se puede hacer nada sin cadáveres reales. Los estudiantes necesitan ver en tres dimensiones todas las variables del cuerpo humano. Necesitan explorar con un escalpelo las ramificaciones de la arteria carótida, los músculos de la cara. Sí, se puede aprender algo de eso en la computadora, pero no es lo mismo que cortar la piel o que separar un nervio delicado en serio. Para eso se necesita un ser humano. Se necesita gente con la generosidad y el desprendimiento suficientes como para resignar la parte más personal de ellos mismos; sus propios cuerpos. Considero que todos los cadáveres que están extendidos allí deben de haber pertenecido a gente extraordinaria. Los trato como tales, y espero que mis estudiantes los honren del mismo modo. No hay bromas pesadas ni humor negro en esa sala. Están obligados a tratar los cuerpos, y cada parte de los cuerpos, con respeto. Cuando la disección ha terminado, los restos son cremados y dispuestos con dignidad. -Se dio vuelta para mirar a Moore-. Así son las cosas en mi laboratorio.
– ¿Y en qué se relaciona eso con Warren Hoyt?
– En todo.
– ¿También con su alejamiento de la carrera?
– Sí. -Volvió a enfrentarse a la ventana.
Moore esperó, con los ojos clavados en la amplia espalda del profesor, dándole tiempo a que encontrara las palabras exactas.
– La disección -dijo Kahn- es un proceso laborioso. Algunos estudiantes no pueden completar las tareas durante las horas programadas para cada clase. Algunos necesitan un tiempo extra para revisar una anatomía complicada. De modo que les permito el acceso al laboratorio a cualquier hora. Cada uno tiene la llave de este edificio, y pueden entrar a trabajar en medio de la noche si así lo necesitan. Algunos lo hacen.