En tiempo de prodigios
- Автор: де ла Круз Марта Ривера
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:
Cambié completamente, como si aquellos años pasados bajo la sombra de una depresión en toda regla hubiesen dejado paso a una vida nueva. El contacto con mis padres se hizo más fluido, y empecé a telefonearles una vez a la semana. Había escrito a Efraín a la agencia internacional para la que trabajaba, y me contestó enseguida con una carta muy cordial que, si bien no era la de un hermano -ese tren lo habíamos perdido por mi culpa hacía ya mucho tiempo- sí me permitía albergar esperanzas de poder construir en un futuro una buena amistad entre nosotros. Y, por fin, casi un mes después de mi primer encuentro con Zachary, llegó una carta de Elijah, y con ella la tan ansiada amnistía que necesitaba mi conciencia. Mi amigo de la infancia no me hacía reproches ni preguntas, no me echaba en cara mis silencios ni mis desdenes. Sólo celebraba mi regreso y manifestaba sus deseos de volver a verme cuanto antes. Aún conservo aquella carta. Te leeré unas líneas:
«Ha pasado demasiado tiempo, ¿no crees? Tienes que conocer a Mary Jo. Le he hablado de ti y quiere que vengas a visitarnos. Supongo que ya te ha dicho Zachary que nos casamos en primavera. Te esperamos para la ceremonia, y me da igual lo que digas. Además, tienes que ser mi testigo de boda. Mary Jo cuenta con todo un ejército de primos, tíos y parientes lejanos, y yo apenas tengo en la familia adoptiva a media docena de carcamales a los que casi no conozco. Zachary lo arreglará todo para que vengas a Nueva York.»
Al principio había descartado la idea de trasladarme a América. Después de tres años de guerra y seis de vida fosilizada en un despacho del ministerio, consideraba que los viajes eran cosa de una etapa anterior. Pero, al leer la carta de Elijah, recordé de pronto el venturoso protocolo de los traslados, el engorro de hacer maletas, la ceremonia de visar pasaportes, de subir y bajar de trenes y de coches, la aventura de descubrir nuevas ciudades incógnitas donde siempre esperaban sorpresas. Sentí una nostalgia amable, y casi inmediatamente el deseo de volver a experimentar aquellas sensaciones que había dado por perdidas.
La boda se celebraría el 14 de abril, y aunque no lo comenté, supuse que no había nada de casual en la elección de la fecha. No había pedido vacaciones en el ministerio en los últimos dos años, y supuse que mis jefes no pondrían objeción alguna a concederme unas semanas libres. Sí me preocupaba el asunto del pasaporte. ¿Tendría dificultades para salir del país? Hablé con Zachary, que me tranquilizó al respecto.
– Tienes un pasado político sin mancha y trabajas para el gobierno. De todas formas, para anticiparte a cualquier contratiempo, habla con tus superiores en el ministerio.
– ¿Qué debería decirles?
– La verdad, por supuesto. Que quieres ir a Nueva York a la boda de un amigo de la infancia. Puedes dejar caer mi nombre, son muchos los que presumen de tener buenas relaciones conmigo. En cuanto te den luz verde, sacaré los pasajes.
– ¿Vamos a ir en avión?
– Por supuesto. Soy el hombre de Hughes, ¿no te acuerdas? Nadie espera que haga un largo viaje en barco cuando tenemos nuestra propia compañía aérea.
Tal como Zachary había previsto, conseguí mi pasaporte sin problemas, y él personalmente se ocupó de visarlo en la embajada americana. El director general se sorprendió cuando le anticipé que iba a tomarme unos días de vacaciones para viajar a Estados Unidos y asistir a una boda.
– Se trata del hijo de Zachary West. Él es padrino de mi hermano, y Elijah y yo fuimos amigos cuando éramos niños.
– Así que Zachary West… le conozco de oídas. Trabaja para una compañía de aviación, ¿verdad? Si algún día viene a verle, me gustaría saludarle. En cuanto a sus vacaciones, no habrá problema. Páseme la solicitud con los días que piensa estar fuera y se la firmaré.
Carmen no podía creerse que estuviese haciendo planes para viajar a Nueva York. Para ella, América no era sólo un país distinto: era otro mundo, ajeno y distante, un mundo inaccesible al que había renunciado de la misma forma que hoy nadie haría planes para viajar a Saturno o a los fondos abisales. Te había hablado de Carmen, ¿verdad? Una chica estupenda, muy guapa, muy joven. Estudiaba mecanografía en una academia polvorienta de la calle de Alcalá, y allí la recogía yo la tarde de los jueves para llevarla a merendar. A ella y a sus dos primas, claro. En 1946, una chica decente no podía salir sin carabina, y en este caso las escopetas eran dos hermanas gemelas, deslenguadas y feúchas, que de vez en cuando nos hacían el favor de sentarse en otra mesa para que Carmen y yo pudiésemos charlar con cierta intimidad.
A Carmen la había conocido porque era la hija de un superior del ministerio. La primera vez que la vi, caminado junto a sus padres por el paseo de Recoletos, me llamó la atención por su tristeza: su hermano había muerto en la guerra, y la familia entera arrastraba desde entonces una pena infinita y un luto orgulloso, pues el chico en cuestión había caído por la patria y en el lugar correcto. Eran familia de un héroe del ejército vencedor, y eso daba a su pérdida una aureola épica, aunque vistiesen todos de negro cerrado, como cuervos tristes, y la madre siguiese prohibiendo a su hija que escuchase música en casa, pues le parecía un desdoro para la memoria del soldado muerto.
La primera vez que salimos juntos, Carmen se presentó a la cita con sus dos primas y luciendo un pañuelo morado alrededor del cuello. Lo tomé como una señal. Aquella chica había visto en mí una posibilidad de redención de la amargura familiar cuidadosamente conservada durante casi ocho años. Ahora sé que hubiese debido reflexionar acerca de todo aquello, sobre aquel pañuelo malva y sobre la infinita responsabilidad que estaba asumiendo al aceptar la condición de acompañante de una muchacha guapa y triste que estaba deseando poner punto y final al luto que llevaba por fuera y por dentro. Pero no lo hice. Tampoco para mí era un buen momento, así que seguí adelante con las citas, las meriendas, los paseos por el Botánico y las sesiones de cine junto a media docena de amigas.
Le hablé de Zachary y de Elijah omitiendo algunos detalles de nuestra relación, y le hice creer que habíamos seguido en contacto epistolar durante los últimos años. No mencioné a Ithzak, ni tampoco a Hannah Bilak, y evité así explicar cómo mis amigos judíos habían sido víctimas de la barbarie de los nazis. Carmen no hubiera entendido esas cosas. Sólo tenía veinte años, un abrigo negro cerrado hasta el cuello y el pobre honor de ser la hermana de un caído por Franco y por España. Y un pañuelo morado que se ponía para acudir a nuestras citas y le iluminaba el rostro. Cuando le dije que estaba a punto de marcharme a América para asistir a la boda del que había sido mi mejor amigo, abrió mucho los ojos. Tenía unos ojos preciosos, de un color marrón muy claro, que a la luz parecía amarillo.
– ¿A América? ¿Y no te da miedo?
– No, ¿por qué?
– Porque está muy lejos. -Revolvió su café con leche-. ¿Te vas mucho tiempo?
– Todavía no lo sé. Un par de semanas, quizá un poco más.
– A lo mejor no vuelves… mi madre siempre contaba que un tío suyo se fue a América y nunca más supieron de él. Creen que vive en Buenos Aires, pero ni siquiera de eso están seguros, fíjate tú.
Me eché a reír, y Carmen también se rió.
– Bueno, pero yo no me voy a Buenos Aires. Me voy a Nueva York, y te prometo que no voy a quedarme. Pero la verdad es que tengo ganas de ver a Elijah. Hace casi diez años desde la última vez. Y a ti ¿te gustaría ir a Nueva York?
Se encogió de hombros.
– No sé. Es que está tan lejos… adonde me gustaría ir es a París. Lo he visto en las películas. Debe de ser muy bonito. Cuando nos casemos, tienes que llevarme a París.