En tiempo de prodigios
- Автор: де ла Круз Марта Ривера
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:
Sí, claro, jugar con ellos. Aitor se pone hasta arriba de perica, y luego, a mitad del viaje, se tira al suelo con los chavales para hacer el indio y ellos, que no saben de la misa la media, se quedan tan contentos con ese adulto capaz de ponerse una tarta de sombrero, o meterse en la ducha vestido, como hizo una vez durante una fiesta de cumpleaños. Berta no quiere darse cuenta de que, a pesar de los pesares y del rol de padre enrollado que tanto le gusta a Aitor, cada vez hay menos niños a quienes permiten a ir a jugar a su casa. La gente habla, los padres hablan, y a nadie le agrada que sus hijos se pasen las horas confraternizando con un adicto a la coca.
– … Pero claro, eso a mi madre no le importa. Es el problema de quedarse en provincias, que todo es muy limitado, todo es sota, caballo y rey, todo es blanco o negro. Mi madre no ve más allá de sus narices. El pobre Aitor tiene problemas, sí, pero eso no es motivo para tratarle como a un pervertido. Es un enfermo, Cecilia. Lo que pasa es que hay que haber vivido mucho para entender esas cosas. Y mi madre, qué quieres que te diga: la casa, la casa, y la casa, limpiar culos, hacer la compra, aguantar a mi padre, cocinar, y en un exceso, aprender macramé. Y así no se puede comprender a alguien como Aitor. Es una persona muy inteligente, pero también muy complicada. Tiene una sensibilidad distinta, percibe la realidad de un modo que no está al alcance de todo el mundo, y mucho menos de mi madre, que no lee más que el Hola, y su concepto del arte es colgar en el comedor una lámina de Monet de las que se regalan con el periódico. Claro, para ella Aitor es sólo un drogadicto. Nunca se le ha ocurrido pensar en él como un artista con talento, que es tan distinto a las demás personas que, no te voy a decir que no, a veces tiene que recurrir a… a otros estímulos. Pero él controla perfectamente. No es un yonqui de las Barranquillas, por el amor de Dios. Y mi madre, dale que te pego, hablando de él como si fuese un heroinómano. Ella, que ni siquiera es capaz de entender la diferencia entre las distintas drogas.
La sangre había empezado a golpearme en las sienes con tanta fuerza que pensé que se me iba a nublar la vista. Pensaba en la madre de Berta, una mujer tímida, muy agradable, sin ínfulas, que se pasó la vida sacrificándose para que no tuvieran que hacerlo sus cuatro hijos. Una vez, cuando éramos muy pequeñas, nos hizo a Berta y a mí unos disfraces de don Quijote. Qué curioso, llevaba años sin acordarme de aquel disfraz que tenía incluso un yelmo con la visera móvil, pero ahora la imagen de la madre de Berta confeccionando aquellos cascos lo llenaba todo y se superponía a la imagen de mi propia madre. La madre de Berta. Mi madre. La enfermedad de mi madre, el dolor de mi madre, la muerte de mi madre, su ausencia tangible. La madre de Berta, protestando débilmente por la visita de su yerno mientras su hija desgranaba ante ella horribles acusaciones de provincianismo, de ausencia de sensibilidad, de burramia. Era Berta quien le estaba haciendo despreciar la vida modesta y sin pretensiones que, seguramente, ella siempre había considerado satisfactoria y feliz. Frente a mí, Berta seguía echando sapos y culebras sobre la figura de su madre, y yo no fui capaz de contenerme más. Llevaba diez años mordiéndome la lengua, haciéndome la tonta, echando mano del concepto de respeto para no decir a Berta lo que pensaba de su marido. Pues había llegado el momento de lanzar los fuegos artificiales. Miré a mi amiga con los ojos duros de una extraña.
– ¡Ay, Berta -me costó trabajo identificar mi propia voz, y tuve la sensación de estar sacándola del fondo de un pozo profundísimo-, me das tanta lástima!
Berta soltó la cucharilla del café. Tenía los labios muy pálidos.
– No, Cecilia, ahora las cosas son distintas. Aitor está mejorando. Ya casi no consume… Si acaso una raya, cuando no puede con el trabajo en el estudio… es que está hasta arriba de encargos, sabes…
Levanté la mano para detenerla.
– No van por ahí los tiros, Berta. Yo creo que cada uno es muy libre de joderse la vida como quiera, con un marido drogadicto, jugando al bingo o montando una casa de putas. Pero lo que le has dicho a tu madre…
– Cecilia…
– No, no, escúchame. -El corazón había dejado de latir con fuerza, y ahora me sentía sorprendentemente tranquila-. El día que tu madre se muera (y se va a morir antes que tú, a no ser que al pobre Aitor se le vaya la mano en la próxima paliza) vas a recordar una por una todas las cosas horribles que le has dicho. Y te puedo asegurar que las seguirás recordando toda la vida. Y ¿sabes qué? Te va a doler tanto cada insulto, cada falta de respeto, vas a tener unos remordimiendos tan tremendos, que es muy posible que te vuelvas loca. Por eso me das lástima. No porque estés colgada de un miserable.
Me levanté, cogiendo el bolso de un zarpazo, y pagué la cuenta de ambas en la caja del restaurante. Berta se quedó allí, asombrada y sola, sin entender muy bien lo que había pasado. Algún día lo comprenderá todo. Sólo espero que no sea demasiado tarde, ni para su madre ni para ella.
– Llega tarde, señorita Cecilia. Acabo de servirle la merienda al señor Silvio.
Lucinda reprochándome un retraso… era evidente que se habían producido avances notables en nuestra relación. Silvio me esperaba en la sala. Sobre la mesa había un sobre amarilleado por el paso del tiempo y dos fotografías a las que, en cuanto me vio entrar, dio la vuelta con una sonrisa maliciosa, como si quisiese prolongar el misterio.
– A ver qué te parece esto -dijo, y me tendió las dos imágenes. Una era un daguerrotipo familiar de los Rendón, en el que distinguí los rostros ya conocidos de los padres de Silvio y el de un joven muy guapo, seguramente Efraín. La otra era un fascinante retrato de bodas, donde un detalle llamaba la atención, pero preferí no anticiparme con preguntas a la historia que iba a escuchar.
¿Recuerdas dónde lo dejamos? ¿Sí? Bueno, volví a ver a Zachary West dos o tres días más tarde, cuando le invité a almorzar en una taberna del Madrid de los Austrias. Pensé que iba a darme instrucciones concretas para llevar a cabo mi misión en el ministerio, pero para mi sorpresa sólo me dijo que debía tomar clases de alemán.
– Es un poco tarde para que aprendas a hablar otro idioma perfectamente, pero será bueno que adquieras ciertos conocimientos.
– ¿Eso es todo?
– De momento. No seas impaciente, estas cosas son lentas. Además, sabemos que el desembarco de nazis no va a producirse hasta que terminen los juicios de Alemania. Mientras, puedes emplear el tiempo en prepararte para lo que venga. Y ahora, vamos a pedir. Qué bien, tienen pepitoria de gallina… hace años que no la pruebo. ¿Tomarás vino?
Dos días después recibí la llamada de un hombre con fuerte acento germano, Heinrich Spiegel, que se convirtió en mi profesor y también en mi particular pesadilla. A pesar de que Zachary aseguraba que mi dominio del inglés me sería muy útil para las lecciones de alemán, yo tenía la sensación de que aquel idioma terrible era un completo galimatías y me decía a mí mismo, de un modo un tanto frívolo, que no era extraño que Alemania hubiese perdido dos guerras consecutivas: un país con una lengua tan monstruosamente complicada no puede aspirar a dominar el mundo. El señor Spiegel venía a mi casa tres veces por semana a torturar mi pobre cerebro con declinaciones y listas de verbos, y yo hacía lo que podía, pero acababa cada clase bastante descorazonado. Por fortuna, no se me cobraban las lecciones: «Herr West ya se ha ocupado de eso», me dijo mi profesor, y cuando insistí ante Zachary en abonar los honorarios de Spiegel, aquél dijo que «la Organización» corría también con ese tipo de gastos.
«La Organización.» No hice preguntas. Intuía que no me serían contestadas, y además me traían sin cuidado lo que yo consideraba detalles menores. Estaba tan contento de haberme recuperado a mí mismo que no tenía tiempo para nada más que para agradecer mi suerte, como meses atrás sólo encontraba ocasiones para rumiar mi amargura.