El Maestro y Margarita [es]
- Автор: Булгаков Михаил Афанасьевич
- Язык: испанский
- Переводчик: Amaya Lacasa Sancha
- Жанр: Советская классическая проза
Электронная книга - «El Maestro y Margarita [es]». Краткое содержание книги:
Margarita se enfureció.
—¡Lo único que faltaba, una nueva especie de alcahuete callejero! — dijo incorporándose, dispuesta a marcharse, pero la detuvieron las palabras del pelirrojo:
— La oscuridad que llegaba del mar Mediterráneo cubrió la ciudad, odiada por el procurador. Desaparecieron los puentes colgantes, que unían el templo y la terrible torre Antonia… Desapareció Jershalaím, la gran ciudad, como si nunca hubiera existido… ¡Por mí, también usted puede desaparecer con su cuaderno quemado y la rosa disecada!
¡Quédese en ese banco sola, pidiéndole que le dé libertad para respirar, que se vaya de su memoria!
Margarita, muy pálida, volvió. El pelirrojo la miraba con los ojos en-tornados.
— No comprendo nada — dijo Margarita Nikoláyevna con voz débil—. Lo de las hojas, podía haberlo leído, espiado… ¿Pero cómo se ha enterado de lo que yo pensaba? — Y añadió con una expresión de dolor—: Dígame, ¿quién es usted? ¿A qué organización pertenece?
— Qué lata… — murmuró el pelirrojo, y habló fuerte—: Si ya le he dicho que no pertenezco a ninguna organización. Siéntese, por favor. Margarita le obedeció sin una sola objeción, pero al sentarse le preguntó de nuevo: —¿Quién es usted? — Bueno, me llamo Asaselo; pero eso no le dice nada. — Dígame, ¿cómo supo lo de las hojas y lo que yo pensaba? — Eso no se lo digo. — ¿Pero usted sabe algo de él? — susurró Margarita, suplicante. — Pongamos que sí. —Se lo ruego, dígame sólo una cosa: ¿vive? ¡No me haga sufrir! — Bueno, sí, está vivo — dijo Asaselo de mala gana. — ¡Dios mío! — Por favor, sin emociones ni gritos — dijo Asaselo, frunciendo el entre cejo.
— Perdóneme — murmuraba Margarita, dócil ya—, siento haberle irritado. Pero reconozca que cuando a una mujer la invitan en la calle a ir a una casa… No tengo prejuicios, se lo aseguro… — Margarita sonrió tristemente—, pero yo nunca veo a ningún extranjero y no tengo ningunas ganas de conocerlos. Además, mi marido… Mi tragedia es que vivo con un hombre al que no quiero, pero considero indigno estropearle su vida… Él no me ha hecho más que el bien…
Se veía que este discurso incoherente estaba aburriendo a Asaselo, que dijo con severidad: —Por favor, cállese un minuto. Margarita le obedeció. —La estoy invitando a casa de un extranjero que no puede hacerle nin gún daño. Además, nadie sabrá de su visita. Eso se lo garantizo yo. — ¿Y para qué me necesita? — preguntó tímidamente Margarita. — Lo sabrá más tarde. — Ya entiendo… Tengo que entregarme a él — dijo Margarita pensativa. Asaselo sonrió con aire de superioridad y contestó: —Cualquier mujer en el mundo soñaría con esto. Pero no tengo más remedio que defraudarla. No es eso.
—¿Pero quién es ese extranjero? — exclamó Margarita turbada, en un tono de voz tan alto, que se volvieron los que pasaban junto al banco—. ¿Y qué interés puedo tener en ir a verle?
Asaselo se inclinó hacia ella y susurró con aire significativo:
— Tiene mucho interés…, puede aprovechar la ocasión…
—¿Cómo? — exclamó Margarita con los ojos redondos—. Si no me equivoco, está usted insinuando que puedo saber algo de él.
Asaselo asintió con la cabeza en silencio.
—¡Vamos! — exclamó Margarita con fuerza, agarrando a Asaselo de la mano—. ¡Vamos a donde sea!
Asaselo se apoyó en el respaldo del banco, tapando con su espalda un nombre grabado con navaja, «Niura», y dijo con expresión irónica:
—¡Qué gente más difícil son las mujeres! — se metió las manos en los bolsillos y estiró las piernas—. ¿Por qué me habrán mandado a mí para resolver este problema? Podía haber venido Popota, que tiene mucho encanto…
Margarita habló con una sonrisa amarga y contrariada:
— Por favor, déjese de mixtificaciones y no me haga sufrir con sus misterios. Se está aprovechando de que soy una persona desgraciada… Me estoy metiendo en algo muy extraño, ¡pero le juro que ha sido nada más que porque usted me ha interesado hablándome de él! Estoy mareada con todas esas complicaciones…
—¡No dramatice! — repuso Asaselo con una mueca—. Trate de ponerse en mi lugar. Dar una paliza al administrador, echar al tipo del piso, pegar un tiro, u otra tontería por el estilo, todo esto es especialidad mía. ¡Pero hablar con mujeres enamoradas, eso sí que no! Estoy tratando de convencerla hace más de media hora. Entonces, ¿qué? ¿Se viene?
— Sí —repuso sencillamente Margarita Nikoláyevna.
— Entonces, haga el favor de coger esto — dijo Asaselo sacando una cajita redonda de oro del bolsillo y dándosela a Margarita—. Escóndala, que nos están mirando. Le servirá. Margarita Nikoláyevna, de tanto sufrir ha envejecido usted bastante en este medio año — Margarita se puso colorada, pero no contestó. Asaselo continuó—: Esta noche, a las nueve y media, haga el favor de desnudarse y untarse la cara y el cuerpo con esta crema. Después puede hacer lo que quiera, pero no se aparte del teléfono. Yo la llamaré a las diez y le daré instrucciones. Usted no tendrá que ocuparse de nada, la llevarán a donde haga falta, sin ninguna molestia para usted. ¿Está claro?
Margarita tardó en contestar. Luego dijo:
— Está claro. Esto es de oro puro, se ve por el peso. Veo que me están sobornando para complicarme en una historia turbia y luego tendré que pagarlo…
—¿Pero qué dice? — murmuró Asaselo, indignado—. ¿Otra vez?
— No, espere…
—¡Devuélvame la crema!
Margarita agarró la caja con todas sus fuerzas.
— No, no, espere… Sé perfectamente a lo que voy. Lo hago todo por él, porque ya no me queda ninguna esperanza. Pero quiero decirle que si yo muero ¡usted tendrá la culpa! ¡Se avergonzará de ello! ¡Muero por amor! — y dándose un golpe en el pecho Margarita miró hacia el sol.
—¡Devuélvala! — gritaba Asaselo—. ¡Devuélvala, y al diablo todo! ¡Que manden a Popota!
—¡Oh, no! — exclamó Margarita, sorprendiendo a los transeúntes—. ¡Es-toy dispuesta a todo, estoy dispuesta a hacer esa comedia de la crema, estoy dispuesta a irme al diablo! ¡No se lo doy!
—¡Vaya! — vociferó de pronto Asaselo con los ojos desorbitados, señalando algo detrás de la verja del jardín.
Margarita miró hacia donde le había indicado Asaselo, pero no descubrió nada de particular. Cuando volvió a mirar a Asaselo, como pidiendo una explicación por el absurdo «vaya», no había nadie que se lo pudiera explicar. El misterioso interlocutor de Margarita Nikoláyevna había desaparecido.
La mujer metió la mano en el bolso, donde acababa de guardar la cajita, y se convenció de que seguía allí. Sin pensar en nada, Margarita salió corriendo del jardín Alexándrovski.
20. LA CREMA DE ASASELO
Através de las ramas de un arce se veía la luna llena en el cielo limpio de la noche. Las manchas de luz que filtraban los tilos y las acacias dibujaban figuras complicadas. La ventana de tres hojas, abierta, pero con la cortina echada, brillaba con rabiosa luz eléctrica. En el dormitorio de Margarita Nikoláyevna todas las luces estaban encendidas, mostrando el gran desorden que reinaba en la habitación.
En la cama, encima de la manta, había blusas, medias y ropa interior; en el suelo, junto a una cajetilla de tabaco aplastada, más ropa amontonada en el barullo. En la mesilla de noche, un par de zapatos, junto a una taza de café sin terminar, un cenicero con una colilla humeante. En el respaldo de una silla, un vestido de noche negro. La habitación olía a perfume. Y de algún otro sitio penetraba el olor a plancha caliente.