El Maestro y Margarita [es]
- Автор: Булгаков Михаил Афанасьевич
- Язык: испанский
- Переводчик: Amaya Lacasa Sancha
- Жанр: Советская классическая проза
Электронная книга - «El Maestro y Margarita [es]». Краткое содержание книги:
— Tengo fe — susurraba Margarita solemnemente—, ¡tengo fe! ¡Algo va a pasar! No puede dejar de suceder, porque si no, ¿por qué tengo que sufrir este dolor hasta el final de mis días? Confieso que he vivido una doble vida oculta a los demás, pero el castigo no puede ser tan cruel… Algo tiene que suceder inevitablemente, porque es imposible que esto dure siempre. Además estoy segura de que mi sueño ha sido profético, lo juraría…
Así hablaba Margarita Nikoláyevna, mirando las cortinas rojas inundadas de sol, mientras se vestía apresuradamente y peinaba su pelo rizado delante de un espejo de tres caras.
Aquella noche Margarita había tenido un sueño extraordinario. Durante su invierno de tortura no había soñado jamás con el maestro. De noche la abandonaba y sufría sólo por el día. Y aquella noche lo había visto.
Había soñado con un lugar desconocido: triste, desesperante, con un cielo oscuro de primavera temprana. Aquel cielo gris, como despedazado, y bajo el cielo una bandada de grajos silenciosos. Un puentecillo tortuoso cruzaba un río turbio, primaveral. Unos árboles desnudos, tristes y pobres. Un álamo solitario, y más lejos, entre los árboles, tras un huerto, una choza de madera, que podía ser una cocina o un baño público, ¡quién sabe! Todo parecía muerto, helaba la sangre en las venas y daban unas ganas tremendas de ahorcarse en ese mismo álamo junto al puente. Ni una brisa, ni un movimiento de las nubes, ni un alma. ¡Qué lugar más espantoso para un hombre vivo!
Y figúrense que de pronto se abría la puerta de la choza y aparecía él. Bastante lejos, pero se le distinguía bien. Andrajoso, vestido de una manera muy extraña. Despeinado y sin afeitar. Con los ojos enfermos, inquietos. Le hacía señas con la mano, llamándola. Ahogándose en aquel aire inhabitable, Margarita corría hacia él por la tierra desigual, cuando se despertó.
«Esto puede significar dos cosas — pensaba Margarita—: o está muerto y me llama, entonces es que ha venido a buscarme y pronto voy a morirme, o está vivo y el sueño es que quiere que le recuerde. Dice que pronto nos veremos… Sí, sí, ¡nos vamos a ver muy pronto!»
Margarita se vistió, excitada todavía; trataba de convencerse de que en realidad, todo se estaba arreglando muy bien y había que saber aprovechar los momentos propicios. Su marido se había ido en comisión de servicio por tres días. Durante tres días Margarita estaría completamente sola, nadie podría impedirle pensar en lo que quisiera y soñar con lo que le gustase. Las cinco habitaciones de la planta alta del palacete, que causarían la envidia a miles de personas de Moscú, estaban a su disposición.
Sin embargo, al sentirse libre por tres días en su precioso piso, Margarita eligió un lugar, que no era el mejor, ni mucho menos. Después de tomar el té, fue a una habitación oscura, sin ventanas, donde, en dos grandes armarios, se guardaban las maletas y toda clase de trastos. Se puso en cuclillas, abrió el cajón de abajo de un armario y, levantando un montón de retales de seda, sacó su único tesoro. Tenía en sus manos un viejo álbum de piel marrón, en que había una fotografía del maestro, la libreta de la caja de ahorros con el ingreso de diez mil rublos a su nombre, unos pétalos secos de rosa colocados entre papel de seda y una parte de un cuaderno in folio, escrito a máquina y con el borde inferior quemado.
Regresó a su dormitorio con el tesoro, colocó la foto en el espejo de tres caras, se sentó delante y así permaneció cerca de una hora, sosteniendo en las rodillas el quemado cuaderno, pasando las páginas y releyendo aquello, que ahora, quemado, no tenía principio ni fin: «…la oscuridad que llegaba del mar Mediterráneo cubrió la ciudad, odiada por el procurador. Desaparecieron los puentes colgantes que unían el templo y la terrible torre Antonia bajó del cielo el abismo, sumergiendo a los dioses alados del circo, el palacio Hasmoneo con sus aspilleras, bazares, caravanas, bocacalles, estanques. Desapareció Jershalaím, la gran ciudad, como si nunca hubiera existido…».
Margarita quería seguir leyendo, pero no había nada más, sólo unos flecos desiguales ennegrecidos.
Enjugándose las lágrimas, apartó el cuaderno, apoyó los codos en la mesa del espejo y se quedó mirando la foto, reflejada en el cristal. Poco a poco se le fueron secando las lágrimas. Margarita recogió cuidadosamente su tesoro y a los pocos minutos ya estaba todo enterrado bajo los trapos de seda. Sonó el candado en la habitación oscura.
Margarita Nikoláyevna estaba ya en el vestíbulo, poniéndose el abrigo para ir a dar un paseo. Natasha, su bella criada, preguntó qué tenía que hacer de segundo plato, y al oír que lo que quisiera, para distraerse, entabló conversación con su dueña, diciendo Dios sabe qué: que si el día anterior un prestidigitador había estado haciendo trucos en el teatro, que todos se quedaron con la boca abierta, que repartía gratis perfumes extranjeros y medias, y después, cuando terminó la sesión y el público salió a la calle, ¡zas!: todos estaban desnudos. Margarita Nikoláyevna se derrumbó en una silla, que había debajo del espejo, y se echó a reír.
—¡Natasha! pero ¿no le da vergüenza? — decía Margarita Nikoláyevna—. Es usted una chica inteligente, ha leído mucho… ¡Cuentan en las colas esos disparates y usted los repite!
Natasha se puso colorada y repuso, con mucho calor, que no era ninguna mentira, que ella misma había visto con sus propios ojos en la tienda de comestibles de Arbat a una ciudadana que llegó con zapatos y, cuando se acercó a la caja a pagar, los zapatos desaparecieron y se quedó sólo con las medias. ¡Con los ojos desorbitados y un agujero en el talón! Los zapatos eran mágicos, zapatos de la función.
—¿Así se quedó?
—¡Así mismo! — exclamó Natasha, poniéndose más colorada porque no la creían—. Sí, y ayer tarde las milicias se llevaron a unas cien personas. Unas ciudadanas que habían estado en la función y corrían por la Tverskaya en paños menores.
— Seguro que son cosas de Daria — dijo Margarita Nikoláyevna—, siempre me ha parecido que es una mentirosa.
La divertida conversación terminó con una agradable sorpresa para Natasha. Margarita Nikoláyevna se fue a su dormitorio y salió de allí con un par de medias y un frasco de colonia y, diciendo que también ella quería hacer un truco, se los regaló a Natasha, pidiéndole tan sólo una cosa: que no anduviera por Arbat en medias y que no hiciera caso de Daria. La dueña y su sirvienta se dieron un beso y se separaron.
Margarita se acomodó en el asiento de un trolebús que pasaba por Arbat, pensando en sus cosas, prestando atención de vez en cuando a lo que decían dos ciudadanos que iban delante de ella.
Los dos, mirando hacia atrás con temor de que alguien les oyera, discutían en voz baja algo absurdo. Uno de ellos, que iba junto a la ventanilla, enorme, rollizo, con unos ojillos de cerdo muy vivos, susurraba a su vecino pequeñito que tuvieron que tapar el ataúd con una tela negra…
—¡Pero si no puede ser! — decía el pequeño, asombrado—. ¡Si es algo inaudito!… ¿Y qué hizo Zheldibin?