Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
– Quiero ver a ese muerto, ¿es posible?
– Sí, si te acompaño.
– Vamos.
Al ver que Morgennes se dirigía apresuradamente hacia la puerta del baño, Beaujeu lo detuvo.
– Un instante, Morgennes. Tengo que hablarte.
– ¿Qué ocurre?
– Esta noche partirás en busca de la Vera Cruz.
– ¡Dios todopoderoso, te estaré eternamente agradecido por esto!
– Oficialmente vas a pedirle a Saladino que te desligue de tu juramento de fidelidad a la religión mahometana.
– Comprendo, hermano comendador. Pero ¿por qué tantas precauciones?
– Temo que exista un traidor entre nosotros…
– ¿Sospechas de alguien en particular?
– No.
– ¿Quién puede tener interés en robarnos el dinero del rescate?
– Los templarios, desde luego. Pero no son los únicos…
Beaujeu hablaba en voz baja y en tono grave. El hermano comendador sujetaba con la mano la muñeca de Morgennes y la apretaba tan fuerte como para hacerle daño, pero Morgennes no sentía nada.
– ¿De nuevo sufres de lepra, verdad?
Morgennes no respondió, y aquel silencio fue más elocuente que una larga perorata sobre lo que sentía… o, mejor dicho, sobre lo que no sentía ya.
– Cuando te vi anoche -continuó Beaujeu-, me dije: «¡Alabados sean el Señor e incluso esas misteriosas lágrimas de Alá que han tomado bajo su protección al noble y buen sire Morgennes!». Pero ya no eres de los nuestros, y ya no tienes tu espada. ¿Cuándo se reinició la enfermedad?
– Cuando estaba en prisión, en Damasco.
– ¿Sus médicos no vieron nada?
– El mal solo ha abierto un ojo. Apenas está despertando. Sin embargo, siento que se agita en mí y se apresta a renacer. La regla de la orden me da cuarenta días. Es bastante para llevar a cabo mi misión. De vuelta a Francia, me incorporaré a una leprosería del Hospital.
– Debes partir esta noche, ya ha sido demasiado haber venido hasta aquí…
– Pero yo no sangro, y este mal solo se transmite…
– ¡Ya sé lo que dicen los mahometanos! Y además, mírame: ¿tengo miedo de cogerte la mano? ¡Y Trípoli! ¡Te hubiera besado en la boca si hubiera tenido fuerzas para hacerlo!
– Lo sé -dijo Morgennes.
– Ya hemos hablado bastante. Llévate contigo a Masada, a Femia y al niño.
– Se hará según tus órdenes, noble y buen hermano comendador.
Cuando se disponían a salir del baño, Beaujeu añadió:
– Y encuentra tu espada.
– Crucífera, Crucífera… Tengo la impresión de haberme pasado la vida buscándola…
El cuerpo del sargento había sido colocado sobre una mesa, en la capilla del Krak. Algunos hermanos rezaban de rodillas por la paz de su alma. El hermano sargento sería enterrado enseguida en el pequeño cementerio del castillo, y después se diría una misa; las costumbres orientales exigían que se enterrara lo más deprisa posible a los muertos, cuyas carnes se descomponían con rapidez. A cada lado del cuerpo, a la luz de los cirios, el humo del incienso se elevaba de dos recipientes.
Una humareda compacta ascendía en el aire saturado de calor. Las moscas zumbaban sin que los sacerdotes se preocuparan por ahuyentarlas.
Beaujeu y Morgennes entraron, y el hermano capellán corrió a su encuentro. Parecía a la vez feliz por ver al hermano comendador y furioso por ver a Morgennes, que era a sus ojos peor que un infieclass="underline" un cobarde y un lapso.
– Está aquí porque yo lo deseo -dijo Beaujeu sin dar tiempo a abrir la boca al hermano capellán-. Llévanos junto al cuerpo.
– Aquí está -dijo el hermano capellán con la cabeza baja, señalando al desgraciado sargento.
Dos clérigos se afanaban en torno a él; los hombres lo sentaron sobre la mesa de madera para soltar las correas de su cota de malla y sacarle la camisa y las bragas ensangrentadas; después de hacerlo, lo lavarían y lo vestirían con la túnica de lino blanco con la que sería inhumado.
– ¿Se sabe qué lo ha matado? -preguntó el hermano comendador.
– Ha perdido demasiada sangre, noble y buen señor -respondió el hermano capellán.
Morgennes y Beaujeu se acercaron para examinarlo mejor.
– ¡Cuidado! -dijo de pronto Morgennes a los clérigos, que retiraban la armadura del difunto sin preocuparse por las flechas que la habían atravesado.
Azorados, los dos hombres interrumpieron sus maniobras, y Morgennes extirpó delicadamente del hermano sargento dos puntas de la longitud de una mano.
– Esto lo ha matado -dijo, presentando una de ellas a Beaujeu-. Estas flechas son especiales. Están bañadas en un veneno y son únicas en su género. Por lo que sé, solo los maraykhát son capaces de fabricarlas.
– ¡Los maraykhát! Pero ¿qué pueden hacer por aquí? -preguntó el hermano comendador.
– Habrán husmeado el oro -prosiguió plácidamente Morgennes.
Luego observó el cuerpo con atención, pasando la mano por encima de las heridas, examinándolas de forma minuciosa.
– Han atravesado la cota tan fácilmente, y… mirad.
Hundió el índice en una de las heridas, a la altura del pectoral derecho.
– Nunca había visto algo así…
Al retirar el dedo, un poco de sangre y líquido que parecía agua salió del pecho del muerto.
– Aún sangra… -dijo Beaujeu.
– ¿Lo que significa…? -preguntó el hermano capellán, que sin duda veía algo milagroso en aquel fenómeno.
– Habitualmente, pasado cierto tiempo, la sangre deja de manar. Es decir, bien este hermano sargento ha entregado su alma hace poco, bien su metabolismo ha sido modificado -dijo Morgennes.
– ¿Modificado? ¿Cómo modificado? -insistió el hermano capellán.
– Los maraykhát utilizan a menudo un veneno para fluidificar la sangre -explicó Morgennes-. Esto provoca hemorragias terribles que no siempre se perciben en el mismo momento. De hecho, es un milagro que, con todas estas heridas, haya quedado sangre suficiente en el cuerpo de este hombre para fluir en el momento en que he retirado mi dedo.
Alexis de Beaujeu parecía preocupado, a la vez que desconcertado e incómodo.