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Caballeros de la Vera Cruz

Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:

Año 1187, Hattin (Tierra Santa): tras derrotar a la flor y nata del ejército cristiano, el sultán Saladino arrebata a los francos la Vera Cruz, el leño en que se crucificó a Cristo, que siempre había acompañado a los cristianos en sus combates. El caballero hospitalario Morgennes recupera la consciencia entre los caídos en el campo de batalla. Tras ser torturado por los sarracenos, acepta renegar de su fe y convertirse al islam.
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
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Su camino lo llevó, al final de un sendero escarpado, hasta una pequeña escalera tallada en la roca que conducía a una especie de promontorio. El acceso estaba guardado por dos estrechos muretes unidos por un arco de piedra, cubierto de líquenes y encajado en la montaña.

El jinete blanco lo esperaba en lo alto de los escalones. Emmanuel lo siguió, procurando no exigir demasiado a su montura, que se encontraba debilitada y perdía sangre. Cuando estuvo solo a unos pasos del arco, el jinete blanco se apartó para cederle el paso, y dejó ver tras él a otros ocho jinetes también vestidos de blanco. Emmanuel penetró entonces en una explanada natural que daba, a la derecha, al vacío de un precipicio, y a la izquierda, a una puerta de piedra empotrada en la ladera de la montaña. Frente a él, dos troneras servían de observatorio a un ballestero.

– ¡Bienvenido a El Khef! -dijo un hombre envuelto en una malla de cadenas y montado sobre un caballo rojo.

– ¿Con quién tengo el honor de hablar? -preguntó Emmanuel.

– Me llaman el Resucitado -dijo el jinete.

– Yo solo conozco a uno, y no sois vos. ¿Quién sois? ¿Qué queréis?

– Se lo dijimos a tus amigos, pero no nos escucharon. Sin embargo, si hubieran obedecido, no habrían recibido ningún daño.

A Emmanuel, aquella voz, aquel rostro, le recordaban a alguien. ¿Quién podía ser aquel hombre, y dónde lo había visto antes?

– ¿Qué les habéis hecho? -preguntó, con el puño crispado sobre su espada.

– ¡Pronto lo sabrás! -replicó el jinete negro, lanzando a los pies de Emmanuel las cabezas tonsuradas de tres hombres, ¡de tres hospitalarios!

Uno de los jinetes blancos se acercó lentamente a Emmanuel, con la lanza apuntando hacia adelante.

Emmanuel hizo dar un paso de lado a su montura y desvió el golpe utilizando la parte plana de la espada. Otros jinetes se adelantaron a su vez, amenazadores. Emmanuel retrocedió, pero unos gritos excitados al pie de la escalera lo alertaron: ¡cimitarra en mano, los asesinos se lanzaban al asalto!

De pronto, dos cuadrillos de ballesta salieron disparados al mismo tiempo de una de las troneras y le atravesaron el brazo derecho. Emmanuel estuvo a punto de caer de la silla y soltó la espada, que desapareció en el abismo a su lado.

Los asaltos de sus adversarios no cedían. Emmanuel paró con el escudo una segunda lanzada, y esquivó una tercera inclinándose tanto a la derecha que vio correr por debajo el río al-Assi, el «río rebelde», del que se decía que fluía a la inversa, del mar a la montaña.

La cuarta lanzada le abrió el muslo, la quinta alcanzó en el pecho a su caballo, y las patas del animal se doblaron. Su sufrimiento era tan grande y sus heridas tan profundas que ya era un milagro que hubiera aguantado hasta entonces.

La situación no era mala, era desesperada. Los jinetes blancos lo hostigaban con las lanzas, los asesinos lanzaban aullidos y el ballestero volvía a ajustar su arma.

Emmanuel observó por última vez al jinete negro y lo reconoció. Entonces exclamó:

– ¡Mi muerte no te pertenece!

Y se precipitó al vacío con su montura.

El misterioso jinete blanco se acercó al borde del precipicio y los vio hundirse en el río, donde Emmanuel y su caballo desaparecieron en un surtidor de espuma. Entonces se sacó el yelmo y se llenó los pulmones con el aire del anochecer. Era un hombre muy joven, de apenas dieciocho años, que a pesar de su edad había acompañado a Kunar Sell a Damasco. Se llamaba Simón, y apretaba tan fuerte el vexillum de san Pedro que tenía los nudillos blancos, tan blancos como los reflejos que corrían por la superficie del al-Assi.

16

Enitere ergo, miles Christi! («¡Levántate, pues, soldado de Cristo!»)

Gerberto de Aurillac, Correspondencia

Morgennes estaba sentado en una tina de madera con el interior guarnecido con un paño y se pasaba por la parte superior del cuerpo un pedazo de jabón de Alepo que el encargado de los baños le había entregado con la consigna de que lo gastara entero. «Orden del hermano comendador», había declarado. El caballero se jabonó el torso, los brazos, y luego la cara, la barba y los cabellos. Hecho esto, se levantó, y se lavó el vientre, las piernas y los pies. Finalmente volvió a sentarse, pensativo, y mordió un muslo de capón que un auxiliar había colocado sobre una mesa no lejos de él.

«Que este instante dure el mayor tiempo posible.» En eso estaba soñando. En un baño que durara toda una vida.

Cerró los ojos, saboreando la extraña acción del jabón sobre su piel. Tenía la impresión de que unos ángeles lo acariciaban, y sus párpados se hicieron cada vez más pesados. El día, sin embargo, estaba lejos de haber terminado. Morgennes inspiró una profunda bocanada de aire húmedo y se sintió colmado de una sorprendente felicidad, tranquila y egoísta. ¿Cuánto tiempo hacía que no había dormido en paz? Desde que había abandonado Francia, se dijo. Una noche, sin embargo, en Egipto… De pronto, un grito le hizo abrir los ojos de nuevo: los centinelas daban voces en las murallas.

Luego oyó otros gritos, cabalgadas, chirridos de rastrillos que se levantaban, puertas que se abrían y llamadas pidiendo ayuda.

Morgennes se levantó en su tina, rígido como un poste, cuando la puerta del baño se abrió: alguien se acercaba caminando a grandes zancadas. Una sombra atravesó los densos vapores, apartando a su paso las sábanas que habían colgado en la habitación para preservar la intimidad de los bañistas. Receloso, Morgennes buscó su espada al otro lado de la tina, no la encontró, se preocupó por su ausencia, y luego recordó que ya no la tenía. Poco importaba, pelearía con los puños si hacía falta. Cogió un poco de agua en el hueco de las manos, se roció el rostro con ella y salió del barreño.

– Quédate sentado, Morgennes, aprovecha el baño; tal vez sea el último.

Era Alexis de Beaujeu.

– ¿Qué noticias te traen? -le preguntó Morgennes.

– El hermano Emmanuel no ha vuelto, y el convoy encargado de traernos el oro tampoco ha llegado.

– ¿Crees que han sido atacados?

– Por desgracia, no lo creo -respondió Beaujeu-. Lo sé. Un hermano sargento de la patrulla ha llegado hace un instante…

– ¿Qué te ha dicho?

– Nada. Está muerto. Su caballo lo ha traído hasta nosotros.

Morgennes palideció y preguntó:

– ¿Emmanuel?

Beaujeu meneó tristemente la cabeza en silencio, mientras Morgennes se secaba sin decir palabra con un paño de sarga, antes de ponerse la camisa, las bragas y las calzas.

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