Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
"Me llegué a la mesa, ciego de indignación y tambaleándome con los vaivenes de un borracho. '¿Es posible que discutan ustedes la rendición?', exclamé. Todos permanecieron mudos, inclinada la cabeza sobre la hoja de papel, que cada uno tenía delante, Dios sabe para qué. Únicamente don José se tapó la cara murmurando: '¡Jamás!, ¡jamás!' Pero, al mirarle, me pareció que podía hacerle volar de un soplo: tan frágil, débil y agotado se encuentra. Suceda lo que quiera, no sobrevivirá al golpe recibido. El desengaño es demasiado terrible para un hombre de su edad. ¿No ha visto los pliegos de Cincuenta Años de Desgobierno que habíamos empezado a publicar en la imprenta de El Porvenir, alfombrando la plaza, flotando en las acequias, usados como tacos en los trabucos, después de cargarlos con tipos de imprenta, volando por el aire, pisoteados en el lodo? Hasta en el agua del puerto he visto flotar algunas páginas. No cabe esperar razonablemente que sobreviva. Sería una crueldad.
"¿Saben ustedes -les grité- lo que significa la rendición para ustedes, para sus mujeres, sus hijos, sus bienes?
"Declamé por espacio de cinco minutos sin tomar aliento, insistiendo en la espléndida ocasión que se nos ofrecía de conquistar nuestra independencia y en la ferocidad de Montero, de quien tengo averiguado que es tan gran bestia, como sin duda le gustaría serlo si poseyera inteligencia bastante para concebir un reinado sistemático de terror. Y luego, por otros cinco minutos o más, dirigí un llamamiento apasionado a su valor y virilidad con toda la vehemencia de mi ardiente amor a Antonia. Porque nunca habla un hombre con mayor elocuencia que cuando se inspira en un sentimiento personal, denunciando a un enemigo, defendiéndose a sí mismo o abogando por lo que ama en realidad más que a su vida. Troné contra ellos, querida mía. Hubiérase dicho que mi voz amenazaba con hender las paredes del salón, y cuando cesé de hablar, vi que todos miraban acobardados con expresión de desconfianza. ¡Y a eso se redujo todo el efecto de mi perorata! Únicamente don José había dejado caer la cabeza sobre el pecho. Acerqué mi oído para percibir lo que murmuraban sus labios y me pareció entender: '¡En el nombre de Dios, pues, Martín, hijo mío!' No sé si fue eso precisamente, pero estoy cierto de que mentó el nombre de Dios. Creí haber recogido su último aliento -el soplo de su alma que escapaba de sus labios.
"Verdad es que vive aún. Le he visto después, pero es sólo un cuerpo senil, descansando sobre la espalda, cubierto hasta la barba, con los ojos abiertos, y tan inmóvil, que ni respirar parece ya. Así le dejé con Antonia arrodillada junto a su cama, poco antes de venir a la posada italiana, donde aguarda también la muerte, que ronda por todas partes. Pero tengo por cierto que don José murió realmente allí, en la casa Gould, con aquel susurro en que me instaba a intentar lo que sin duda su alma, envuelta en la santidad de los tratados diplomáticos y de las declaraciones solemnes, debe haber aborrecido. Yo había exclamado en voz muy alta: '¡Un país donde los hombres no se ayudan a sí mismos no puede pensar en invocar la ayuda de Dios!'
"Entre tanto don Justo había dado principio a un grave discurso, cuyo efecto solemne resultaba destruido por el estado ridículamente desastroso de su barba. No aguardé a enterarme. Al parecer sostenía que las intenciones de Montero (él le llamaba el general) probablemente no eran malas, aunque 'el ilustre soldado' (hace sólo ocho días le trataba de gran bestia) se equivocaba tal vez en cuanto a los medios más adecuados. Como comprenderás, no me detuve a oír el resto. No se me ocultan las intenciones del hermano de Montero, Pedrito, el guerrillero, a quien puse en evidencia, hace algunos años, en París, en un café frecuentado por estudiantes sudamericanos, donde pretendía hacerse pasar por secretario de una legación. Entraba comúnmente allí y charlaba durante horas, retorciendo el sombrero flexible en sus peludas manos: la ambición del hombre le llevaba a querer ser un Duque de Morny cerca de una especie de Napoleón. Ya entonces solía hablar de su hermano en términos ampulosos. Se creía sin duda seguro de no ser descubierto, porque los estudiantes, todos de familias pertenecientes al partido blanco, no frecuentaban la legación, según puedes figurarte. Pero no contó con la huéspeda, como se dice vulgarmente, y esta huéspeda fue Decoud, el hombre motejado habitualmente de no tener fe ni principios, y que se metía en aquel sitio algunas veces a divertirse, como si asistiera a una reunión de monos sabios. Repito que conozco sus intenciones. Le he visto servir platos. Los demás podrán vivir en el régimen de terror; a mí me espera la muerte con toda seguridad.
"No, no quise quedarme para oír hasta el fin a don Justo López, procurando persuadirse, con graves razones, de la clemencia, justicia, honradez e integridad de los hermanos Montero. Salí bruscamente en busca de Antonia y la vi en la galería. Al entrar extendió hacia mí sus manos cruzadas.
– "¿Qué están haciendo allí? -preguntó.
– "Hablando -respondí, con mis ojos fijos en los suyos.
– "Sí, sí, pero…
– "Discursos vanos -la interrumpí-. Se esfuerzan por ocultar sus temores tras de estúpidas esperanzas. En aquella reunión todos son grandes parlamentarios, al estilo inglés, ¿sabe usted?
"Tan furioso estaba que apenas podía hablar. Ella hizo un gesto de desesperación.
"Por la puerta que dejé entreabierta a mi espalda, llegaba a nosotros el monótono discursear de don Justo, en tono mesurado, frase tras frase, como una especie de delirio terrible y solemne.
– "Al fin y al cabo, las aspiraciones democráticas pudieran tener su legitimidad. Los caminos del progreso humano son inescrutables, y si los destinos del país están en manos de Montero, nuestro deber es…
"Cerré de golpe la puerta al oír esto; era bastante; era demasiado. Jamás rostro alguno hermoso expresó más horror y desesperación que el de Antonia. No pude soportar su vista, y la así de las muñecas.
– "En esa junta han matado a mi padre; ¿no es cierto?-preguntó.
"Sus ojos centelleaban de indignación, pero al mirarla yo fascinado, su fulgor se extinguió.
– "Es una rendición -dije. Y recuerdo que le sacudía las muñecas, que retenía en mis manos separadas-. Pero algo más ha habido que charla inútil. Su padre de usted me ha dicho que siga adelante con mi provecto en nombre de Dios.
"Hermana querida, hay en Antonia algo que me hace creer en la posibilidad de todo. Me basta mirarla a la cara para sentir arder mi cerebro. Y, no obstante eso, la amo, como lo haría otro cualquiera… con el corazón, y sólo con el corazón. Antonia es para mí más que la Iglesia para el padre Corbelán (el vicario general desapareció de la ciudad la noche pasada, tal vez para ir a incorporarse a la banda de Hernández). Es para mí más que su preciosa mina para ese inglés sentimental. No quiero hablar de su mujer, que quizá lo fue en otro tiempo. Ahora la mina de Santo Tomé es un muro interpuesto entre los dos consortes. 'Su mismo padre de usted, Antonia-repetí-, su padre, ¿comprende usted?, me ha dicho que siga con mi plan.'
"Ella volvió la cara a un lado y preguntó con acento apenado:
– "¿De veras lo ha dicho? Entonces temo que no volverá a hablar más.
"Desasió sus muñecas de mis manos y, llevándose el pañuelo a los ojos, empezó a llorar. No me inmuté al contemplar su dolor: prefiero verla, aunque sea afligida, a no verla de ningún modo y por siempre. Ora huya de Sulaco, ora me quede para ser fusilado, no podremos encontrarnos juntos, no habrá futura unión. Por lo mismo no gasté el tiempo en compadecer su tristeza del momento. La envié llorando a buscar a doña Emilia y a don Carlos. Para la existencia misma de mi proyecto es necesario el sentimentalismo de esas dos personas, incapaces de hacer nada en favor de un deseo apasionado, mientras no se les presente revestido con el bello atavío de una idea. ¿Qué es para ellos mismos mi pasión por Antonia? Nada. Pero si se disfraza con el propósito de crear un Estado nuevo, la cuestión varía de aspecto.