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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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"Por el tiempo en que el fugitivo Presidente había sido llevado al vapor Minerva, la suerte de la refriega estaba ya decidida contra el populacho, que, arrojado del puerto y de las principales calles de la ciudad, tuvo que replegarse a su laberinto de ruinas y a sus tolderías. Ya comprenderás que este alboroto, enderezado a apoderarse de la plata de Santo Tomé almacenada en los sótanos de la Aduana (y saquear además todas las casas de los ricos), había adquirido color político por el hecho de haberse puesto a la cabeza del movimiento dos miembros de la Diputación provincial, los señores Camacho y Fuentes, ambos representantes del Bolsón. Lo hicieron ya tarde, es verdad, cuando la multitud, defraudada en sus esperanzas de saqueo, se había hecho fuerte en las callejuelas, gritando: '¡Viva la Libertad! ¡Abajo el feudalismo! (¿Qué entenderá esa gente por feudalismo?) ¡Abajo los godos y los paralíticos!' Me figuro que los señores Camacho y Fuentes no ignoraban lo que se hacían. Son personas prudentes. En la Diputación se daban a sí propios el nombre de moderados, y defendiendo una filantropía romántica, se oponían a toda determinación enérgica de buen gobierno. Al circular los primeros rumores de la victoria de Montero, empezaron a modificar sus ideas utópicas con sutiles distinciones y a insultar al pobre don Justo López en su tribuna presidencial con una desvergüenza a la que el abochornado presidente no acertó a responder más que atusándose la barba y agitando la campanilla. Después, al confirmarse sin el menor linaje de duda la caída de la causa riverista, se han declarado sin rodeos liberales convencidos, procediendo de común acuerdo, como si fueran los gemelos siameses, y acabando con ponerse al frente del levantamiento en nombre de los principios monteristas.

"Su última evolución política a las ocho de la noche pasada consistió en organizarse en Comité Monterista, que, según mis noticias, tiene su domicilio en la posada de un torero retirado, de Méjico, gran político también, cuyo nombre he olvidado. Desde allí nos han enviado una comunicación a nosotros, los godos paralíticos del Club Amarillo (que tenemos también nuestro comité), invitándonos a concertar un arreglo provisional para una tregua, a fin de que -han tenido la impudencia de decirlo- 'la noble causa de la Libertad ¡no se manche con los criminales excesos del egoísmo conservador!' Cuando salí para ir a sentarme con Nostromo en las escaleras de la catedral, el club se ocupaba en considerar la respuesta adecuada, en la sala principal, cuyo piso se hallaba cubierto de casquillos de cartuchos disparados, vasos rotos, candeleras, rastros de sangre, y toda clase de muebles y utensilios, hechos pedazos.

"Pero todo esto es tonto. En la ciudad los únicos que poseen verdadera fuerza son los ingenieros del ferrocarril, cuyos obreros ocupan las casas desmanteladas que la Compañía ha comprado para su estación en un lado de la plaza, y Nostromo, capataz de los cargadores, que duermen en las Arcadas a lo largo de las tiendas de Anzani. En la plaza ardía una hoguera, hecha con muebles rotos, en su mayoría dorados, procedentes de los salones de la Intendencia; y la llama subía recta hasta tocar la estatua de Carlos IV. En las escaleras del pedestal yacía el cadáver de un hombre, boca arriba, los brazos abiertos y tendidos, cubierto el rostro con su sombrero -por la atención quizá de algún amigo. El resplandor del fuego doraba el follaje de los primeros árboles de la Alameda y proyectaba movedizos reflejos en la boca de una callejuela próxima, bloqueada por una aglomeración de carretas de bueyes y toros muertos. Sentado sobre uno de éstos, un revolucionario, enteramente embozado, fumaba un cigarrillo.

Como comprenderás, era una tregua.

"El único ser viviente que había en la plaza, además de nosotros, era un cargador, que iba y venía con un largo cuchillo desnudo en la mano, haciendo centinela delante de las Arcadas, donde sus compañeros estaban durmiendo. Y en el resto de la ciudad, envuelto en tinieblas, no brillaba otra luz que la de las ventanas del club en la esquina de la calle."

Después de escribir este largo relato, don Martín Decoud, el exótico dandy del bulevar parisiense, se levantó y cruzó el enarenado piso del café, situado en el extremo del Albergo d'Italia Una, del que era patrón Giorgio Viola, el antiguo compañero de Garibaldi. La litografía, crudamente coloreada, del Héroe Leal parecía mirar con sombría expresión, a la luz de la candela, al hombre que no creía en nada fuera de la verdad de sus propias sensaciones. Al asomarse por la ventana, Decoud tropezó con una oscuridad tan impenetrable, que no pudo divisar ni las montañas ni la ciudad, ni siquiera los edificios cercanos al puerto. No se percibía el menor sonido, como si la tremenda oscuridad del Golfo Plácido, saliendo del agua y derramándose por el interior de la costa, la hubiera dejado muda y ciega. Poco después, el joven sintió un ligero temblor del piso y percibió un ruido lejano de chocar de hierro. Una brillante luz blanca agujereó la oscuridad, y creció entre un fragor estruendoso. Era el material rodante, conservado en el apartadero de Rincón, traído ahora para mayor seguridad a los cercados de la estación del puerto. Como estremecimiento misterioso de las tinieblas, al ser rasgadas por el farol de la locomotora, el tren pasó en una ráfaga de atronador ruido junto al extremo de la casa haciéndola vibrar hasta en sus cimientos. Y nada se divisó con claridad, excepto la última plataforma donde iba un negro en calzoncillos, desnudo de la cintura arriba, que agitaba incesantemente con movimiento circular una antorcha, mantenida a distancia de su cuerpo con el brazo tendido. Decoud no se movió.

Detrás de él, sobre el respaldo de la silla de donde se había levantado, descansaba doblado su elegante abrigo parisiense, con forro de seda gris perla. Pero cuando se volvió para llegarse a la mesa, la luz de la candela le iluminó el rostro, que aparecía cubierto de tizne y arañazos. Sus sonrosados labios estaban ennegrecidos por el calor y el humo de la pólvora. Suciedad y roña empañaban el lustre de la corta barba. El cuello y los puños de la camisa se le habían arrugado; la corbata de seda azul le caía sobre el pecho como un pingajo; un barniz grasiento cruzaba su blanca frente. En el transcurso de unas cuarenta horas no se había mudado de ropa, ni usado el agua más que para beber un trago de prisa. La terrible inquietud de que estuvo dominado había dejado sobre él las huellas de una lucha desesperada, y puesto en sus ojos una expresión de aridez e insomnio. Con voz ronca y entre dientes murmuró: "No sé si habrá pan aquí", echó una mirada vaga a su alrededor, y luego se dejó caer en la silla, tomando de nuevo el lapicero. El estómago le avisaba de que habían transcurrido muchas horas sin tomar alimento.

Vínole a las mientes que nadie podía entenderle tan bien como su hermana. En el corazón más escéptico se insinúa, en trances de grave peligro de la vida, el deseo de dejar una impresión justa de los propios sentimientos, a modo de una luz que ponga al descubierto la personalidad arrebatada a otro mundo, adonde la investigación humana no puede llegar para descubrir la verdad que se llevan consigo los muertos. Por eso, en vez de buscar algo que comer, o dedicar algunas horas al sueño, Decoud siguió llenando las páginas de un grueso cuaderno con la carta para su hermana.

En la intimidad de aquella confidencia no le era dable hacer caso omiso de su abatimiento, extrema fatiga y apremiantes necesidades físicas. Recomenzó su escritura como si hablara con aquella a quien iba dirigida, y con la ilusión de tenerla ante sí, trazó la frase: "Tengo mucha hambre.

"Me siento oprimido angustiosamente por la soledad que me rodea -prosiguió- ¿Será tal vez por ser yo el único que conserva en su cerebro una idea concreta en medio del hundimiento general de todas las resoluciones, planes y esperanzas concebidas? Pero esta soledad es también muy real. Todos los ingenieros están fuera, desde hace dos días, velando por los intereses del Ferrocarril Central Nacional, la gran empresa de Costaguana, que ha de llenar de dinero los bolsillos de ingleses, franceses, norteamericanos, alemanes y Dios sabe cuántos más. Reina a mi alrededor un silencio fatídico. Sobre la parte media de esta casa se levanta una especie de primer piso, que tiene por ventanas unas aberturas estrechas parecidas a saeteras. Probablemente se usaron para defenderse a cubierto contra los salvajes en siglos pasados, cuando la persistente barbarie de nuestro país natal no se disfrazaba con las negras levitas de los políticos, sino se mostraba en los aullidos de hombres medio desnudos, con arcos y flechas en las manos.

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