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El puente [The Bridge - es]

Электронная книга - «El puente [The Bridge - es]». Краткое содержание книги:

El hombre que se despierta en el mundo extraordinario del puente sufre amnesia, y su médico parece no querer curarlo. Pero?eso importa?
Explorar el puente ocupa la mayor parte de sus días. Pero por la noche están sus sueños. Sueños en los que los hombres desesperados conducen carruajes sellados a través de montañas yermas rumbo a un extraño encuentro; un bárbaro analfabeto asalta una torre encantada mediante una tormenta verbal; y hombres destrozados caminan eternamente sobre puentes sin fin, atormentados por visiones de una sexualidad que los lleva a la perdición.
Yacer en cama inconsciente después de sufrir un accidente no parece muy divertido a simple vista.?Y si lo es? Depende de quién seas y de lo que hayas dejado atrás.
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La señora y la señorita Cramond sacaron el máximo partido de su gran casa; organizaban eventos sociales muy agradables y sus fiestas se popularizaron notablemente. Alojaban a gente; poetas que recitaban su obra en la universidad, un pintor que intentaba vender sus cuadros a una galería, un escritor invitado por la librería para una firma de ejemplares… Algunas tardes, él se encontraba con todo un círculo de personas a las que no conocía en la casa; normalmente parecían menos acomodados que los amigos de Andrea, y solían comer y beber bastante más. La señora Cramond, aparentemente, pasaba la mitad del día preparando pasteles, panes y quiches. A él le preocupaba que, incluso en su viudedad, la señora estuviese todo el tiempo haciendo cosas para los demás, pero Andrea le dijo que no fuera estúpido; a su madre le encantaba ver cómo la gente disfrutaba con algo que ella había hecho. Él lo aceptó, pero observaba cómo los huéspedes itinerantes se llenaban los bolsillos de pasteles y de alguna que otra botella de vino con un persistente sentido de la explotación ajena.

– Estas personas son intelectuales -le dijo en una ocasión a Andrea-. ¡Estás fundando una especie de club social de esnobs!

Ella se limitó a sonreír.

Andrea compró una camada de cuatro gatos siameses a una amiga. Uno murió, y ella bautizó a los dos machos Franklin y Phineas, y a la elegante hembra Fat Freddie, por culpa de la maldita nostalgia, según sus propias palabras. A la señora Cramond le regalaron un cavalier king charles spaniel al que llamó Cromwell.

A él, solo el hecho de prepararse para ir a la casa le hacía sentir bien; conducir hasta allí le creaba una excitación casi infantil; la casa era otro hogar, un lugar cálido y acogedor. En ocasiones, especialmente si había tomado alguna que otra copa, debía combatir contra un absurdo sentimiento de ternura ante la visión del vínculo entre madre e hija.

Añadió un Citroën CX al GTI y al Range Rover, y luego vendió los tres y compró un Audi Quattro. Viajó a Yemen por trabajo y visitó las ruinas de Moca, en la costa del Mar Rojo; sintió el cálido viento de África que levantaba los granos de arena, y experimentó la constante y dura indiferencia del desierto, su tranquila continuidad, el espíritu de aquellas tierras antiguas. Acarició con sus manos las piedras erosionadas por el paso del tiempo, y observó cómo las olas azules rompían en brotes de seda blancos sobre la solidez dorada de la cosa.

Los acontecimientos siguieron sucediéndose; Lennon recibió un disparo, Dylan sucumbió a la religión. Nunca supo determinar cuál de los dos hechos lo deprimió más. Estaba trabajando en Yemen cuando los israelíes invadieron el sur del Líbano porque habían disparado a un hombre en Londres, y cuando los argentinos desembarcaron en Port Stanley. No supo que su hermano Sammy formaba parte del destacamento militar hasta que este no hubo zarpado. Cuando regresó a Edimburgo, discutió con sus amigos, defendió que los argentinos merecían las malditas islas, decía, y se preguntaba cómo diablos los partidos revolucionarios podían apoyar el imperialismo de una junta fascista. ¿Por qué siempre tenía que haber un lado equivocado y otro correcto?

Su hermano volvió sano y salvo. Él todavía discutía sobre la guerra con su padre, con Sammy y con sus amigos radicales. Cuando se convocaron las siguientes elecciones, empezó a plantearse si sus compañeros tenían razón después de todo.

– Oooh, ¡venga ya! -exclamó con desesperación. Otra mayoría laborista vapuleada, el SDP chupando votos; otra sorprendente victoria conservadora. Los expertos habían predicho que los tories seguirían en la línea de resultados de la última vez, pero aumentarían su número de escaños-. ¡Menuda mierda!

– Esto ya se está haciendo repetitivo -dijo Andrea, alargando el brazo hasta la botella de whisky. Margaret Thatcher apareció en la pantalla del televisor, radiante ante su victoria.

– ¡Fuera! -gritó él, ocultándose bajo las sábanas. Andrea apretó con fuerza el botón del mando a distancia y la televisión se apagó-. Oh…, Dios -murmuró él desde su guarida-. Y no me digas nada sobre el tipo de gravamen.

– No he dicho una palabra, muchacho.

– Dime que esto solo es una pesadilla.

– Esto es solo una pesadilla.

– ¿En serio?

– Pues no. Es la realidad. Solo te decía lo que querías escuchar.

– ¡Panda de idiotas! -le espetó a Stewart-. Otros cuatro años con esos peleles al mando. ¡Me cago en todo! ¡Un payaso senil rodeado de reaccionarios xenófobos!

– Reaccionarios xenófobos no electos -apuntó Stewart. Ronald Reagan había sido reelegido para la siguiente legislatura, y la mitad de los votantes potenciales no había acudido a las urnas.

– ¿Por qué no puedo votar yo? -rugió-. Mi padre vive a tiro de piedra de Coulport, Faslane y el Holy Loch; si el bufón de turno aprieta un botón, mi viejo la palma. Y seguramente nosotros también; tú, yo, Andrea, Shona y los niños; toda la gente a la que quiero… Así que no sé por qué cono no puedo votar yo.

– No existe aniquilación sin representación -sentenció Stewart pensativamente-. Y volviendo al tema de los reaccionarios no electos, ¿qué crees que es el Politburó?

– Una perspectiva más responsable que esa cuadrilla de mierdosos alucinados.

– Vale, suficiente. Pon otra ronda.

La casa de Moray Place, residencia de la señora y la señorita Cramond, ya era de sobra conocida, especialmente en épocas de fiesta. No se podía entrar en el lugar sin tropezar con algún artista o alguna nueva autoridad en ficción escocesa, o algún cabreado adolescente con acné arrastrando sintetizadores y amplificadores de un lado al otro.

«El Club de las Últimas Oportunidades», llamaba él a la casa. Andrea se había encauzado en una vida que le parecía notablemente agradable; seguía trabajando en la librería, traduciendo libros rusos, escribiendo artículos, tocando el piano, dibujando y pintando, socializándose, visitando a amigos, viajando a París, acudiendo a conciertos, obras y estrenos de películas con él, y también a la ópera y al ballet con su madre.

Un día, fue a buscarla al aeropuerto. Volvía de París. La miró; caminaba segura de sí misma, con la cabeza bien alta, saliendo de aduanas; lucía un gran sombrero rojo, una chaqueta azul, una falda roja, medias azules y unas botas rojizas de piel. Sus ojos brillaban, su tez estaba resplandeciente; su rostro se transformó en una amplia sonrisa cuando lo vio. Tenía treinta y tres años y nunca había estado tan hermosa. En aquel instante, él sintió una extraña amalgama de emociones. Envidió su felicidad, su seguridad, su proceder tranquilo ante los problemas y los traumas de la vida, la forma en que lo trataba todo, como se trata a un niño que se ilusiona con una historia; sin condescendencia, con esa graciosa seriedad, la misma mezcla irónica de indiferencia y afecto, incluso amor. Él recordó sus conversaciones con el abogado, y pudo ver parte del carácter de aquel hombre en su hija Andrea.

Eres una mujer afortunada, Andrea Cramond, pensó mientras ella le tomaba el brazo, en el vestíbulo del aeropuerto. No por mí, y no tan afortunada como yo de alguna forma, porque disfruto de más tiempo contigo que cualquier otra persona, porque si no…

Dejemos que fluya, pensó. No hay que permitir que los idiotas vuelen el mundo, ni que ocurra nada terrible. Tranquilo, muchacho. ¿Con quién estamos hablando en realidad? No tardó demasiado en poner la moto en venta.

Aquel invierno, su padre se cayó y se rompió la cadera. Parecía muy pequeño y frágil cuando fue a verlo al hospital, y también mucho más viejo. La primavera siguiente, se sometió a una operación por una hernia y volvió a caerse poco después de abandonar el hospital. Se rompió la pierna y la clavícula. Pero no aceptó trasladarse a vivir a Edimburgo con su hijo, porque tenía cerca a todos sus amigos. Morag y su marido también se ofrecieron para alojarlo, y Jimmy escribió desde Australia para proponerle pasar unos meses con él allí. Pero el viejo no quería moverse de donde estaba. Aquella vez estuvo más tiempo ingresado y, cuando le dieron el alta, no logró recuperar el peso que había perdido. Una enfermera de asistencia domiciliaria acudía a ayudarlo cada mañana. Un día, lo encontró junto a la chimenea, aparentemente dormido, con una suave sonrisa en el rostro. También había sido el corazón. El doctor dijo que, probablemente, no se había enterado de nada.

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