El puente [The Bridge - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Paula Gamissans Serna
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El puente [The Bridge - es]». Краткое содержание книги:
Explorar el puente ocupa la mayor parte de sus días. Pero por la noche están sus sueños. Sueños en los que los hombres desesperados conducen carruajes sellados a través de montañas yermas rumbo a un extraño encuentro; un bárbaro analfabeto asalta una torre encantada mediante una tormenta verbal; y hombres destrozados caminan eternamente sobre puentes sin fin, atormentados por visiones de una sexualidad que los lleva a la perdición.
Yacer en cama inconsciente después de sufrir un accidente no parece muy divertido a simple vista.?Y si lo es? Depende de quién seas y de lo que hayas dejado atrás.
«Ah», asintió él.
Vendió el apartamento y compró una casa en Leith, con vistas al estuario del río Forth. Tenía cinco dormitorios y un gran garaje de dos plazas: compró un nuevo GTI y un Range Rover, para tener contento a su asesor y para llenar el garaje. En realidad, el coche grande le resultaba muy útil en las visitas de obras. Aquel año, habían trabajado mucho con empresas de Aberdeen, con lo que se reunió en varias ocasiones con la familia de Stewart. En una de sus visitas, terminó en la cama con una hermana de Stewart, una profesora divorciada. Nunca se lo contó a su amigo, aun sin la certeza absoluta de que le hubiese importado. Pero sí se lo dijo a Andrea.
– ¡Una profesora! -exclamó ella con una sonrisa-. ¿Ha sido una experiencia educativa? -Él le sugirió no comentarle nada a Stewart-. Muchacho… -respondió ella sujetándole el mentón con una mano y mirándolo muy seria-, eres tonto.
Andrea lo ayudó a decorar la casa y le aportó en esquemas completamente nuevos.
Una tarde, él se había subido a una escalera para pintar el techo de color rosa, cuando experimentó un repentino déjà vu. Dejó de dar brochazos. Andrea se encontraba en la habitación de al lado, silbando distraídamente. Él reconoció la melodía: The River. Permaneció en la cima de la escalera, en la estancia vacía y resonante, y se recordó a sí mismo de pie, en una amplia habitación llena de muebles cubiertos con sábanas en la casa de Moray Place un año antes, ataviado con la misma ropa manchada de pintura, escuchándola silbar desde el dormitorio contiguo, y sintiendo una enorme y simple felicidad. Tengo la mayor de las suertes, pensó. Tengo tantas cosas buenas… pero todavía quiero más, probablemente más de lo que puedo abarcar; en realidad, anhelo cosas que seguramente no me harían feliz aunque las consiguiera. Pero, aun así, las quiero. Forma parte de la satisfacción.
Si mi vida fuese una película, pensó, ahora saldrían los títulos de crédito, con un fundido de esta sonrisa beatífica en una habitación vacía, el hombre encaramado en la escalera improvisando, renovando, mejorando. Corten. Fin.
Bueno, se dijo a sí mismo, pero no es una película. En aquellos momentos, se encontraba inmerso en una oleada de pura alegría, el simple placer de estar donde quería estar y de ser quien quería ser, y de conocer a quien quería conocer. Lanzó la brocha a una esquina de la habitación, saltó de la escalera y fue en busca de Andrea, que trabajaba con el rodillo sobre una pared.
– ¡Dios mío! Creía que te habías caído… ¿Se puede saber qué significa esa sonrisa?
– Me acabo de acordar -respondió él, quitándole el rodillo de las manos y tirándolo tras él- de que no hemos estrenado esta habitación.
– Ya no me acordaba del efecto que te produce el olor a pintura.
Follaron contra la pared, por cambiar un poco. La camisa de Andrea se quedó pegada a la pintura húmeda; no pudo parar de reír hasta que le cayeron las lágrimas.
Él se había aficionado al cine. Durante el último festival, ambos habían asistido a más proyecciones que a obras o conciertos, y de repente, se dio cuenta de que se había perdido cientos de películas que deseaba ver. Se unió a una sociedad cinéfila, se compró un vídeo y rastreó diversas tiendas en busca de buenos largometrajes. Si por casualidad tenía que viajar a Londres por trabajo, intentaba empaparse de cine todo lo que podía. Le gustaba casi todo; en realidad, le gustaba ir al cine.
Un grupo musical escocés, llamado The Tourists, triunfó notablemente en las listas de éxitos. Su cantante terminó convirtiéndose en la voz femenina solista de Eurythmics. La gente le preguntaba si tenían algún parentesco. «Desgraciadamente, no», suspiraba él.
Andrea tuvo varias aventuras amorosas y él intentó no sentir celos. En realidad, no son celos, se decía a sí mismo; es algo más parecido a la envidia. Y al miedo. Alguno podría ser mejor hombre y mejor amante que yo.
En una ocasión, ella estuvo fuera de circulación durante casi dos semanas seguidas, intervalo de tiempo durante el que mantuvo una relación con un joven profesor de la universidad Heriot-Watt, que empezó con un flechazo y terminó con portazos, lanzamiento de objetos y cristales rotos en un lapso de doce días. Él la echaba mucho de menos. Se tomó la segunda semana libre y salió a pasar unos días fuera. El Range Rover y el GTI se habían complementado con una Ducati; tenía una tienda de campaña individual, un saco de dormir y el mejor equipamiento de excursionismo. La moto salió rugiendo hacia el oeste y lo llevó a varios días de caminatas solitarias por las colinas.
Cuando regresó, ella ya había terminado con el profesor. Hablaron por teléfono, pero ella se mostraba extrañamente reticente a verlo. Él se quedó preocupado y le costó dormir durante unos días. Cuando finalmente se reunieron una semana más tarde, él vio restos de una marca amarillenta en el ojo izquierdo de ella. Se dio cuenta porque ella olvidó no quitarse las gafas oscuras en el pub.
– ¿Por eso no querías verme? -preguntó él.
– No hagas nada -respondió ella-. Por favor. Ya se ha terminado todo. Podría haberlo estrangulado, pero ahora ya está. Si le pones un dedo encima, no te vuelvo a hablar en la vida.
– No todos recurrimos a la violencia con tanta facilidad – repuso él fríamente-. Tendrías que habérmelo contado. Llevo una semana muy preocupado.
Entonces, deseó no haber dicho todo aquello, porque ella se desmoronó, lo abrazó y rompió a llorar, y él se dio cuenta de lo mal que lo debía de haber pasado. Se sintió egoísta y mezquino por suponer una preocupación más para ella. Le acarició los cabellos mientras ella sollozaba en su pecho.
– Vamos a casa -susurró.
Él salió de acampada a las colinas en varias ocasiones más, aprovechando las estancias de ella en París para escapar de Edimburgo y visitar las islas y las montañas, parándose a ver a su padre, tanto a la ida como a la vuelta. Un atardecer, había acampado en la ladera de la montaña Beinn a' Chaisgein Mor -había un refugio cerca, pero prefería dormir al aire libre si el clima era agradable- con vistas al Fionn Loch y a la calzada elevada que cruzaría al día siguiente, en dirección a las montañas más lejanas, cuando de pronto pensó que, lo mismo que él nunca había ido a París en todos aquellos años, Gustave tampoco había visitado Edimburgo.
Ah. Tal vez solo fueran los efectos del último porro, pero en aquel momento, aunque estaban a mil kilómetros de distancia y con muchos años sin compartir, se sintió extrañamente cerca del francés al que jamás conoció. Rió en voz alta bajo el frío aire de los montes escoceses, mientras la brisa movía el cuerpo de la tienda de campaña como si respirase con vida propia.
Uno de sus primeros recuerdos era una cadena de montañas y una isla. Su madre y su padre, su hermana pequeña y él habían ido a Arran de vacaciones; él tendría unos tres años. Mientras el barco chapoteaba sobre las resplandecientes aguas del río en dirección a la lejana masa de tierra de la isla, su padre le mostró al Guerrero Durmiente; la forma de la cresta de la montaña del extremo norte de la isla se asemejaba a un soldado tumbado sobre el paisaje, heroico y caído. Nunca olvidaría aquella visión y tampoco la mezcla de sonidos que la acompañaban: el graznido de las gaviotas, el chapoteo de las hélices de los barcos, un grupo de acordeonistas tocando en cubierta, las risas de los pasajeros. Aquello le proporcionó también su primera pesadilla; su madre tuvo que despertarlo y sacarlo de la cama que compartía con su hermana en la casa donde se alojaban, porque llevaba un rato llorando y quejándose. En su sueño, el gran guerrero de piedra se había despertado y se dirigía lentamente, con paso firme y pesado, a asesinar a sus padres.